Mares de bronce

Mares de bronce

Autor/a : Bernardo Souvirón

Una travesía intelectual y marítima por uno de los grandes enigmas de la cultura occidental: cuánto hay de historia, memoria y geografía real bajo los versos de Homero.

Los griegos y lo irracional

Hola, buenos días. Ayer, durante la clase, cité de pasada un pasaje del profesor Dodds. Cuando, hace tiempo, trataba yo de comparar lo que sucedió en nuestro mundo durante los años 80 con lo sucedido en la Atenas de finales del s. V, este párrafo de Dodds me resultó maravillosamente clarificador.
En los años 80 se produjeron en el mundo movimientos políticos que supusieron, a mi juicio, una inflexión en nuestra historia reciente. Movimientos conservadores que renegaron del camino iniciado tras la Segunda Guerra Mundial (R. Reagan en EEUU, M. Thatcher en Inglaterra, el giro capitalista en China, la destrucción de toda esperanza de paz en Oriente Medio, la revolución de los ayatolas en Irán, el principio del integrismo radical en el mundo musulmán...) terminaron con la esperanza que, como yo, tenían muchos jóvenes en todas partes del mundo.
Se produjo una desesperanza muy profunda entre quienes creíamos que el mundo iba a cambiar para mejor, pues estábamos inmersos en la creencia de que somos un planeta, una especie, y soñábamos con la desaparición de las fronteras.
Fue entonces cuando leí este texto de Dodds, que imaginaba a un jinete (la humanidad) sobre un caballo (la historia); ambos se encaminaban a dar el salto decisivo hacia un mundo nuevo. Pero el salto no se produjo.

“Nosotros hemos experimentado una gran época de racionalismo, marcada por adelantos científicos más allá de todo lo que en épocas anteriores se hubiera creído posible, y que ha enfrentado a la humanidad con la esperanza de una sociedad más abierta que ninguna otra que jamás haya conocido.

Y en los últimos cuarenta años hemos experimentado asimismo algo más: los síntomas inequívocos de un retraimiento ante esta perspectiva. 

¿Qué significan este retraimiento y esta duda? ¿Es la vacilación que precede al salto, o el comienzo del pánico fugitivo? Sobre una cuestión de tal naturaleza un simple profesor de griego no es quién para opinar. Pero puede hacer una cosa. Puede recordar a sus lectores que una vez en la historia un pueblo cabalgó hacia ese mismo salto, cabalgó hacia él y rehusó darlo. Y puede rogar a sus lectores que examinen todas las circunstancias de esa negativa.

¿Fue el caballo el que se negó, o el jinete? Esta es en realidad la cuestión crucial. Personalmente creo que fue el caballo, es decir, los elementos irracionales de la naturaleza humana que gobiernan sin nuestro conocimiento una parte tan grande de nuestra conducta y una parte tan grande de lo que creemos nuestro pensamiento. Y si tengo razón en esto, puedo ver en este hecho razones para esperar.

Los hombres que crearon el primer racionalismo europeo no fueron nunca ‘meros’ racionalistas, es decir, fueron profunda e imaginativamente conscientes del poder, el misterio y el peligro de lo irracional. Pero sólo podían describir lo que acontecía por debajo del umbral de la conciencia en un lenguaje mitológico o simbólico; no tenían instrumento alguno para entenderlo, menos aún para controlarlo, y en la Época Helenística muchos de ellos cometieron el error fatal de creer que podían ignorarlo. 

El hombre moderno, por el contrario, está empezando a adquirir ese instrumento. Está todavía muy lejos de ser perfecto, y no siempre se le maneja con habilidad. En muchos campos, incluso en el de la historia, sus posibilidades y sus limitaciones están aún por probar. No obstante, parece ofrecer esperanzas de que, si lo usamos sabiamente, llegaremos por fin a comprender mejor a nuestro caballo; de que, comprendiéndolo mejor, podremos, mediante un entrenamiento mejor, vencer su miedo, y de que, venciendo el miedo, caballo y jinete darán un día ese salto decisivo, y lo darán con éxito”.

(E.R. DODDS, Los griegos y lo irracional)


Son palabras escritas hace tiempo, cuando la revolución tecnológica que vivimos hoy ni siquiera podía imaginarse. Pero, en mi opinión, son palabras sabias, con las que, una y otra vez, me siento identificado.
Quizá os ayuden también a comprender ese mundo de quienes "crearon el primer racionalismo europeo", en el que vamos a sumergirnos.
Un abrazo. Y salud.
E.R. DODDS, Los griegos y lo irracional

Ulises, Alfred Lord Tennyson (1809-1892)

De nada sirve que viva como un rey inútil
junto a este hogar apagado, entre rocas estériles,
consorte de una anciana,
inventando y decidiendo leyes arbitrarias para un pueblo bárbaro,
que acumula, y duerme, y se alimenta,
y no sabe ya quién soy.
[…]
No encuentro descanso al no viajar; quiero beber
la vida hasta las heces. Siempre he gozado mucho,
he sufrido mucho, con quienes me amaban o en soledad;
en la costa y cuando con veloces corrientes
las constelaciones de la lluvia irritaban el mar oscuro.
Y he llegado a ser famoso, pues siempre en camino,
impulsado por un corazón hambriento
he visto y conocido mucho […]
y he bebido el placer del combate junto a mis iguales,
allá lejos, en las resonantes llanuras de la lluviosa Troya.

Formo parte de todo lo que he visto;
y, sin embargo, toda experiencia es un arco a través del cual
un mundo ignoto se vislumbra,
un horizonte que huye
una y otra vez mientras avanzo.
¡Qué cansancio es detenerse, terminar,
oxidarse sin brillo, no resplandecer con el ejercicio!
Como si respirar fuera la vida.
Una vida sobre otra
sería del todo insuficiente,
y de la única que tengo poco ya me resta.
Pero cada hora me rescata del silencio eterno,
añade algo, trae algo nuevo;
y sería despreciable […]
refrenar este espíritu ya viejo, pero que arde en el deseo
de seguir aprendiendo como se sigue a una estrella que cae
más allá del límite más recóndito del pensamiento humano.
[…]
Allí está el puerto; el barco extiende sus velas;
allí llama el amplio y oscuro mar.
Vosotros, mis marineros, almas que habéis trabajado
y sufrido y pensado junto a mí,
y que siempre recibisteis con alegre bienvenida
al trueno o al día despejado,
recibiéndolos con corazones libres
e inteligencias libres,
vosotros y yo hemos envejecido.
Mas la ancianidad tiene todavía su honra y su trabajo.
La muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin,
alguna labor excelente y notable, todavía puede realizarse,
no indigna de quienes compartieron el campo de batalla con los dioses.

Las estrellas comienzan a brillar sobre las rocas:
el largo día avanza hacia su fin; la lenta luna asciende;
los hondos lamentos son ya de muchas voces.
Venid, amigos míos, no es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo.
Zarpemos, y sentados en perfecto orden
hiramos los resonantes surcos, pues me propongo
navegar más allá del poniente y el lugar en que se bañan
todos los astros del occidente,
hasta que muera.
Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan;
es posible que demos con las Islas Venturosas,
y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos.

A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho;
y, a pesar de que no tenemos ahora el vigor
que antaño movía la tierra y los cielos, lo que somos, eso somos:
un espíritu ecuánime de corazones heroicos,
debilitados por el tiempo y el destino,
pero con una voluntad decidida
a combatir, buscar, encontrar y no ceder.
(A. TENNYSON, Ulises, 1833).

Alfred Lord Tennyson
Alfred Lord Tennyson (1809-1892)


Solón de Atenas

Cada cual a su modo se afana. Uno recorre el mar rico en peces deseando llevar en sus naves riqueza a su casa. Azotado por terribles vientos no busca abrigo ninguno para su vida. Otro [...] en cambio, ara la tierra llena de árboles y trabaja a jornal todo un año. Otro [...] se gana el sustento con sus manos, otro conociendo las normas del arte poética. A otro lo hizo adivino el rey Apolo, el flechador, y ve la desgracia que desde lejos a un hombre lo acecha [...] Otros, los médicos [...]
(SOLÓN, Fr. 1 D v. 43 y ss.)

Y vosotros, los que siempre hasta hartaros tuvisteis riquezas, sosegando el violento corazón dentro del pecho, contened vuestra arrogancia. Pues son ricos muchos malvados y hay muchos buenos que de todo carecen. Mas nosotros no cambiaremos la virtud por la riqueza, pues aquella está firme, mientras que la riqueza ora uno, ora otro la posee.
(SOLÓN, Fragmento 5D)
Kaspar von Zumbusch
Representación alegórica de la fuerza. Kaspar von Zumbusch, Munich 1875. Memorial, Maximiliano II de Baviera

Arranqué de la negra tierra los mojones hincados por todos los lugares; de una tierra que antes era esclava y ahora libre. A Atenas, nuestra patria [...] devolví a muchos hombres que habían sido vendidos con razón o sin ella y a otros que, obligados a exiliarse por su extrema pobreza, habían olvidado ya la lengua de Atenas. A otros que aquí mismo sufrían vergonzosa esclavitud, temblando ante el humor de sus amos, los hice libres. Todas estas cosas las hice poniendo en armonía la fuerza y la justicia [...] También escribí leyes igual para el plebeyo que para el noble, aplicando a ambos una justicia recta [...] Si yo hubiera hecho un día lo que a unos agradaba, y lo que a los contrarios al día siguiente, de muchos hombres esta ciudad hubiera quedado viuda. Así que, buscando ayuda en todas partes, me revolví como un lobo en medio de los perros.
(SOLÓN, Fragmento 24D)
Constitución de Solón


Constitución de Solón

Cavafis

Sin miramientos, sin pudor, sin lástima
altas y sólidas murallas me han levantado en torno.
Y ahora, aquí estoy, quieto y desesperándome.
No pienso en otra cosa: este destino me devora el alma;
porque yo muchas cosas tenía que hacer fuera.
¡Ay, cuando levantaban las murallas, cómo no me di cuenta!
Pero nunca oí ruido ni voces de albañiles.
Imperceptiblemente me encerraron fuera del mundo.
(C. Cavafis).


La Grecia clásica

Presentación: 
CURSO - HISTORIA DE GRECIA (Febrero-mayo 22)
LA GRECIA CLÁSICA
Bernardo Souvirón le está invitando a una reunión de Zoom programada.
Unirse a la reunión Zoom:

Martes, 1/Febrero 2022, a las 18.00

Bernardo Souvirón Guijo
bsouvironguijo@gmail.com

Bernardo Souvirón

Los hijos de Ulises

En cuanto la oscuridad se espesaba, una multitud de historias y leyendas que nos contaban nuestros padres y nuestros abuelos se arremolinaba en nuestra mente; ante nuestros maravillados ojos, resucitaban épocas y civilizaciones muy antiguas; en torno nuestro se perfilaban mundos inmateriales y fabulosos… Y de repente, mientras los mirábamos fascinados, se encendían soles invisibles y los bañaban de luz como si formaran los decorados de un gigantesco teatro al aire libre, y entonces distinguíamos una multitud de héroes clásicos, de ilustres guerreros y de reyes mitológicos seguidos por sus ejércitos, sus pueblos, semidioses legendarios que para placer nuestro regresaban a habitar su palacio y su tierra, y repetían sus hazañas.

Su presencia nos encantaba, nos hechizaba, no nos aterraba nunca: estábamos acostumbrados desde nuestra más tierna infancia a vivir entre los monumentos dejados a su paso, las columnas de sus templos salpicaban nuestro país. En algunos rincones, al trabajar viñas y campos, los cultivadores descubrían trozos de estatua, jarrones, estelas funerarias, jarras llenas de monedas. No pasaba un solo año sin que se supiera que un campesino había desenterrado con su pico o su arado un esqueleto intacto en su tumba, y que había reunido piadosamente los objetos mortuorios y los presentes ofrecidos al difunto por sus allegados. En la escuela, los maestros nos decían que, a pesar de los milenios transcurridos, hablábamos la misma lengua que hablaban nuestros antepasados, nos llevaban a los museos para hacernos leer en los mármoles los decretos de la Asamblea del pueblo y las diferentes inscripciones, y comprobábamos que después de tantísimos siglos ni una sola letra de nuestro alfabeto había cambiado.

Los Antiguos no nos soltaban, por así decirlo, jamás; encontraban mil maneras de inmiscuirse en nuestra vida, de recordarnos su existencia. Al atardecer, en casa, cuando llegaba el momento de hacer los deberes para el día siguiente, su mitología y su historia nos daban mucho quehacer; nos ocupábamos de los grandes hombres políticos que habían gobernado sus ciudades, nos enredábamos en las querellas, las rivalidades y las maquinaciones de sus dioses. Mi padre cogía de una estantería a Esopo, Heródoto o Hesíodo, y comenzaba el control, la lectura o la recitación. Cuando me olvidaba de un nombre o me saltaba una línea, mi padre, para refrescarme la memoria, levantaba la vara de olivo que reservaba para este uso: delgada, flexible, cimbreante. Casi al mismo tiempo, desde las casas vecinas llegaban, consolándome un poco, los gritos y lloros de mis camaradas que sufrían tormentos semejantes a los míos, oía los pescozones y las broncas que acompañaban la descripción de la batalla de Maratón, el relato de la expedición de los Argonautas, los versos de la Ilíada.

(ARIS FAKINOS, Los hijos de Ulises)
Céfiro

Estrella de la tarde

᾿Έσπερε πάντα φέρων ἴοσα φαίνολις ἐσκέδασ' Αὔως,
φέρεις ὄιν,
φέρεις αἶγα,
φέρεις ἄπυ μάτερι παῖδα,

Estrella de la tarde que a casa llevas cuanto dispersó la Aurora clara,
llevas la oveja,
llevas la cabra,
y de su madre a la niña separas.
(Safo, 104a LP).
Safo de Militenes

Un poco más

Λίγω ἀκόμα
θά ιδοῦμε τίς αμυγδαλιές ν’ ἀνθίσουν,
τά μάρμαρα νά λάμπουν στόν ἥλιο
τή θάλασσα νά κυματίζει.
Λίγω ἀκόμα
νά σηκωθοῦμε λίγο ψηλότερα.

Un poco más
y veremos florecer los almendros,
los mármoles brillar al sol
y mecerse las olas del mar.
Un poco más
elevémonos todavía un poco más.

(G. Seferis)
La insoportable levedad del ser

Memoria

Durante más de cien años, el espectro de la guerra civil se deslizó por todos los rincones de Roma. Atraídos por una u otra causa, alistados en las filas de uno u otro contendiente o reducidos en sus pueblos y ciudades a la condición de sujetos pasivos de la historia de su patria, hombres y mujeres romanos sufrieron en sus carnes la furia desencadenada por quienes creen que la historia debe escribirse con la sangre de sus compatriotas.
Las calles de Roma, las paredes de sus templos y el mármol de sus edificios públicos se tiñeron de sangre romana. Invocando el recuerdo, la memoria de afrentas recibidas en otro tiempo o de crímenes cometidos por una u otra facción, los ciudadanos se convirtieron en delatores, torturadores o asesinos de otros ciudadanos. En cada calle, en cada casa, la memoria del horror fue invocada como coartada de actos sin nombre.
Mario convirtió Roma en un escenario de caza. Las cabezas de sus enemigos políticos fueron clavadas en picas y expuestas en medio del foro romano, para que la evocación de aquel acto propio de bárbaros, perdurará en la memoria de las generaciones venideras.
Sila ultrajó el cadáver de Mario, su enemigo, invocando el recuerdo de afrentas pasadas y, una vez ubicado en un poder casi absoluto, promulgó leyes que convirtieron a los ciudadanos que se habían opuesto a su política en reos de una justicia sumarísima. Por todas partes se utilizó el recuerdo y se esgrimió la memoria como armas arrojadizas forjadas en los rescoldos de sucesos antiguos, de pasadas ofensas. Los partidarios de Mario fueron declarados enemigos de Roma y sus bienes fueron confiscados o adjudicados a otros ciudadanos cuando el calor todavía no se había extinguido en sus cuerpos destrozados.
El paso del tiempo no ha ocultado los ecos de aquellos sucesos. En realidad, cualquier ciudadano, partidario de Sila o de Mario, noble o plebeyo, tuvo durante varias generaciones algún familiar por el que llorar, alguna muerte injusta que recordar o alguna historia de ejecuciones sumarias, sin juicio ni piedad, que guardar en su memoria.
Todos los pueblos, no sólo Roma, han dejado atrás sucesos dolorosos. Ninguna ley resuelve ni restaña las heridas que su recuerdo sigue produciendo. La memoria de los pueblos necesita de una gran dosis de generosidad por parte de todos los que sufrieron la desgracia y la injusticia, compañeras siempre inseparables de las contiendas civiles. Sin esa generosidad, sin el ejercicio del perdón y de la indulgencia, algunas páginas del libro de la historia nunca dejan de escribirse, y los acontecimientos que llenaron de luto las casas de tantos ciudadanos parecen estar siempre dispuestos a emerger de nuevo.
La memoria debe servirnos para comprender los sucesos del pasado, para evitar que en el futuro se repitan y para entender que, pasado el tiempo, nadie vence en una guerra civil. La memoria nos abrirá las puertas del futuro si no nos detenemos demasiado en ajustar las cuentas con un pasado que ya se ha perdido para siempre.

La fragilidad de la memoria

En estos días de relativo descanso, oyendo a los comentaristas políticos y a los propios políticos, representantes del pueblo, no he podido evitar pensar, de nuevo, en el último tercio del siglo II a. C., una época enormemente parecida a la nuestra, y en uno de sus protagonistas, el tribuno de la plebe Tiberio Graco.
Tiberio, como su hermano Gayo, más joven, era hijo de Cornelia, hija, a su vez, de Publio Cornelio Escipión, “El Africano”, vencedor de Aníbal. Creció viendo cómo se transformaba Roma, convertida en una potencia mundial, y cómo el éxito económico aniquilaba por completo la economía tradicional, basada en la pequeña propiedad de la tierra, detentada por ciudadanos libres, y convertía el suelo de Italia en una sucesión de grandes latifundios, propiedad de unos cuantos grandes propietarios que cultivaban sus tierras con mano de obra esclava.
Tiberio pudo comprobar esta realidad cuando, camino de Hispania, vio los campos de Etruria abandonados o atestados de esclavos que trabajaban para los grandes propietarios.
Corría el año 133 a. C. cuando fue elegido tribuno de la plebe, el sagrado representante de la plebe romana, obligado a defenderla y auxiliarla ante los abusos de los poderosos patricios. Decidido a detener el drama social que estaba produciendo el éxito económico, presentó ante el pueblo romano un proyecto de ley que pretendía repartir la tierra, en pequeños lotes, entre todos los ciudadanos necesitados.
El día de la votación, Roma se llenó de campesinos pobres, de aliados itálicos y de esa masa de plebe urbana inmigrante, desclasada, que veía en aquel proyecto de ley una oportunidad de supervivencia. Las palabras con que Tiberio presentó la ley, afortunadamente conservadas, siguen emocionándome todavía hoy:
“Las fieras que discurren por los bosques de Italia tienen cada una su guarida y su cueva. Mas aquellos que luchan y mueren por Italia sólo participan del aire y de la luz, y de ninguna otra cosa más, puesto que, sin techo y sin casas, andan errantes con sus hijos y sus mujeres.
Mienten los caudillos cuando en las batallas exhortan a sus soldados a combatir contra el enemigo por sus aras y sus sepulcros, porque, de un gran número de romanos, ninguno tiene ara, patria, ni sepulcro de sus antepasados, sino que por la codicia y la riqueza de otros luchan y mueren. Y cuando se dice que son señores de todo el mundo, ni siquiera tienen un puñado de tierra propio”.
La ley iba a aprobarse, pero uno de sus colegas, el tribuno Octavio, al servicio de los intereses del senado, levantó el brazo y utilizó el sagrado derecho de veto, propio del tribuno. La ley no se discutió. La asamblea se disolvió.
Días después, fracasados todos los intentos de acuerdo, Tiberio recurrió de nuevo a la asamblea, pronunciando un discurso de eterna vigencia, emocionante, profundo, que debería ser leído en todos los parlamentos del mundo hoy día. Fue un discurso contra su colega Octavio, que había impedido con su veto la aprobación de su ley agraria:
“Un tribuno es sacrosanto e inviolable, a causa de que se consagra al pueblo y es del pueblo defensor. Mas, si cambiando de conducta, ofende al pueblo, ese tribuno disminuye su poder; él mismo es quien se despoja de su dignidad, no haciendo aquello para lo que fue elegido. ¿Y no sería cosa repugnante que el pueblo no pueda despojar de su autoridad al tribuno cuando éste abusa de ella contra el mismo de quien la recibió? No es, pues, conforme a justicia que el tribuno que comete injusticia contra el pueblo conserve la inviolabilidad que en favor del pueblo le es dada, porque él mismo destruye la autoridad que le hace poderoso”.
¡Cuánto pienso en estos días en Tiberio Graco! ¡Cómo me gustaría poder viajar en el tiempo y escuchar esas palabras, pronunciadas hace más de dos mil cien años ante los comicios! ¡Qué frágil nuestra memoria al olvidar lecciones como ésta!
Tiberio fue reelegido y, en medio de grandes dificultades, puso en marcha la comisión que habría de hacer el reparto de las tierras. Pero el senado consideró que su reelección era inconstitucional y, con todos sus recursos, se dispuso a combatir lo que consideraba un movimiento sedicioso. Hubo tumultos. Hubo acusaciones falsas. Hubo rumores y, finalmente, Tiberio fue arrollado por la multitud que huía de la turba que, al mando de Escipión Nasica, atacó a los partidarios del tribuno.
Se le negó el derecho de un entierro digno. Su cuerpo, maltrecho, y el de muchos de sus partidarios, fue arrojado de noche a las aguas del Tíber.
Hoy recuerdo con emoción a Tiberio Graco. Hoy cuento un poco de su historia, con la esperanza de que nuestra memoria no sea tan frágil, no dure tan poco.
Bernardo Souvirón

Claves del pasado para entender el presente. 
Organizado por Andrea Souvirón M. y Gabriel Lucas B.

Auriga de Delfos

Auriga de Delfos

El rostro enigmático y melancólico del Auriga de Delfos. "Somos polvo de estrellas que ha tomado las riendas de su destino". Carl Sagan

Sueño

niños palestina

¿No siente el plomo piedad de estos hombros
de leche rosada, de estas sangrecitas dulces, de estas
pieles de labios? ¿Ningún aviador enemigo tiene
niñitos que levanten sus manos al viento de las hélices?
No. El enemigo no parece padre
y acaso es huérfano también.
(Carmen Conde, Mientras los hombres mueren)

El muchacho dormía profundamente. Cada día, con el ocaso, su cuerpo joven, de adolescente, se rendía a las sombras del sueño vencido más por la tristeza que por el cansancio. Desde el día de su nacimiento su vida había transcurrido por la senda de la supervivencia y no había conocido otro mundo que el del sufrimiento y la precariedad; para él, todo era eventual, inestable. Sus ojos no habían visto otro mundo que aquella tierra en la que vivía. Creía que las fronteras las marcaban el hambre, la desolación, la guerra.
Desde que el ejército de Israel había tomado su tierra todo estaba siendo más difícil. Cada día ansiaba que la noche le permitiera dormir, cerrar los ojos, soñar.
Cada noche, entre los ruidos de la guerra y los olores del infortunio y la fatalidad, deseaba con ansia el momento en que su cuerpo, abrazado por el sueño, daba vida a su otro yo interior pues, una vez dormido, aquel muchacho vivía realmente otra vida y se hacía protagonista de un mundo en el que todo era distinto: nadie ocupaba la tierra de Palestina, nadie demolía las casas de sus familiares, nadie deportaba a sus compatriotas. Los muchachos de su edad no se inmolaban para conseguir hacer daño a un ejército infinitamente superior.
Mientras dormía, el futuro era posible...
Había conseguido invertir el tiempo, la sucesión de las horas: la realidad era lo que vivía en sus sueños. Las pesadillas empezaban con cada amanecer, cuando se veía obligado a vivir como inquilino en su propia tierra, pasando controles a cada paso, siendo registrado por las patrullas del ejército de ocupación a cada instante antes de poder franquear el muro gris que dividía la tierra.
Ésa no era la realidad, pensaba, sino la pesadilla de la que, en el futuro, podría despertar para siempre. Algún día los ocupantes se irían de su tierra y los habitantes de toda Palestina podrían vivir en paz, alejados de la guerra constante, de la injusticia de la ocupación y de la pesadilla del odio. Algún día él no necesitaría soñar para poder pensar en el futuro: podría trabajar, tener hijos, caminar sobre campos empapados por el rocío del amanecer y no por las lágrimas de las viudas y de los huérfanos.
Aquella noche durmió profundamente. Vivía su sueño como si fuese, de nuevo, su propia vida, y se sumergía en él como en un mar templado y transparente. Se sentía mecido, acariciado por los hilos de una brisa suave y envolvente que iba sacando poco a poco de su cabeza los helados recuerdos de la pesadilla.
Y en medio de esa vida contempló a una mujer que abrazaba a sus dos hijos pequeños. Su atención no se fijó tanto en ella como en los niños, que le parecieron idénticos. Los dos jugaban, se abrazaban, se tiraban del pelo y, a veces, lloraban escandalosamente. Su madre, tranquila, serena, los contemplaba llena de complacencia, sin temor alguno, sin miedo a ningún peligro. Alrededor de ellos no se veían soldados, ni murallas, ni se oían llantos de luto ni gritos de niños aterrorizados por el estruendo de las armas de guerra.
El muchacho sintió una honda felicidad pues supo que aquella mujer era la tierra de Palestina. Con el rostro sereno contemplaba, complacida, los juegos de sus dos hijos gemelos: Abraham e Ibrahim.

Futuro

cayucos

Todavía era joven y nunca había sido capaz de imaginarse lejos de las llanuras salpicadas de palmeras que rodeaban la choza en la que vivía con toda su familia. Ese era su mundo. Se había acostumbrado al hambre, al frío y a la húmeda mirada que, cada día, lanzaban sobre su aldea los ojos velados de la muerte. Había visto esos ojos cada día de su vida y había aprendido a evitarlos casi por despecho, como quien cumple una rutinaria obligación consigo mismo.
Mas al otro lado del mar había otro mundo. Algunos de sus vecinos contaban que en él no había chozas sino casas, calientes en invierno; que las enfermedades eran vencidas gracias a la magia de personas poderosas; que los niños no morían de frío ni de hambre; que, a cambio del trabajo cotidiano, cualquiera (incluso un extranjero) podía conseguir cobijo, comida y salario; que había normas que protegían a todos por igual, ricos y pobres, jóvenes o ancianos.
Efectivamente aquel debía ser un mundo de prodigios, pensaba, un mundo en el que incluso alguien como él podía vivir lo que hasta entonces apenas había podido vislumbrar en sus sueños. Quizá allí, en ese mundo, lograría pensar en el futuro.
Su esposa no se extrañó al verle el rostro bañado con la luz de la esperanza. Conocía su inquietud y sus ilusiones, su espíritu indómito, sus ansias de felicidad. Notaba que esta vez se iría. Se iría a Europa.
Una noche cogió las pocas cosas que le ayudarían a no sentirse perdido en ese nuevo  mundo. Besó a sus hijos dormidos, apretujados sobre el suelo, y miró a su esposa con los ojos húmedos, luchando por contener el llanto y la tristeza. Nada se dijeron con palabras.
Tardó muchos días en llegar al puerto. Nunca se había alejado demasiado de su aldea y se sentía abrumado, fascinado por las construcciones portuarias, las enormes grúas, los chirridos de los engranajes. Por primera vez contemplaba las naves atracadas en los muelles, sus enormes cascos, sus sólidas cubiertas, sus desconocidos nombres dibujados en las amuras o esculpidos en las popas. Pero era imposible embarcarse en ninguna de ellas. Jamás podría pagar el precio de un pasaje.
Vagando por el puerto, se fijó en una escena que ya había visto en sus sueños. En un muelle alejado, sórdido, un hombre estaba embarcando a gente de su raza. Se acercó a él. Apenas hablaron. Los gestos eran explícitos; su significado, indudable.
Miró al hombre a los ojos (brillantes como los de un chacal) y le entregó lo único que llevaba que podía valer algo: una pieza de marfil y oro que había encontrado hacía mucho tiempo en el desierto. Algunos en su aldea le habían dicho que era antigua, hecha por extranjeros que habían ocupado su país hacía mucho tiempo, en la época en que ni siquiera existían sus antepasados. Nunca supo por qué razón la había guardado durante tanto tiempo. Tras unos instantes, el tipo con el que negociaba la aceptó como pago. “La venderé cuando vuelva de este viaje. Embarca”, le dijo secamente.
Se sentó sobre el húmedo y maloliente suelo de la barca. Aunque apenas podía ver el cielo por encima de la borda, no pudo evitar pensar que estaba ya en la antesala del futuro. Aquél era el último paso, el último fleco de sus desgracias.
Zarparon de noche, a escondidas. La nave era pequeña, con una corta vela oscura y un motor oxidado que gruñía con desgana. El mar le pareció inhóspito, frío, preñado de peligros.
No supo con claridad qué es lo que sucedió, pero pronto percibió que algunos de los hombres y el piloto estaban preocupados. Algo relacionado con el viento. Cuando notó el agua fría no sintió miedo. Una maravillosa paz lo fue envolviendo poco a poco, una paz que no había conocido hasta entonces.
Cerró los ojos y se dejó arropar por un sueño dulce mientras su cuerpo se hundía hacia un abismo desconocido: el abismo del futuro.

Nostalgia

Palmira. Siria. El valle de las tumbas
Al amanecer, el cielo y la tierra se funden en una misma luz en el Valle de las Tumbas de Palmira.

A todos, con frecuencia, nos aborda la nostalgia. Repentinamente, como si los nublados recuerdos de un mundo distante nos asaltaran, una tristeza sutil ablanda nuestro corazón y hace que nuestros ojos se encojan, vencidos por una luz que no sabemos definir.
Los hombres siempre hemos sentido nostalgia, una palabra griega que nos evoca el dolor por un regreso imposible. Nostalgia es el sentimiento que poseyó a Ulises durante los veinte años que pasó combatiendo en Troya y vagando por el mar. Nostalgia por Ítaca, por su esposa Penélope y por el recuerdo de un hijo que apenas pudo conocer. Nostalgia por no poder regresar a un mundo del que formaba parte.
Eneas sintió nostalgia por Troya, la lejana ciudad cuyas murallas sólo fueron burladas por la inteligencia. En las noches pasadas en el lecho de Paris, también Helena sintió que su corazón se perdía entre los valles del Peloponeso y los olores fugaces de la tierra de Esparta. Cuando el fuego de su amor se fue marchitando, sintió la nostalgia de una tierra que, al cabo, perduró en su recuerdo más que el hermoso rostro de Paris.
Todo el que ha sido viajero, a pesar de su amor por los cielos hermosos, a pesar de su irrefrenable impulso por conocer el semblante y las lenguas de otros hombres, a pesar de su deseo por sentirse ciudadano de todos los mundos, ha sentido alguna vez nostalgia al recordar el olor de su hogar en invierno, el rostro de sus hijos dormidos al calor de los cuentos o el dulce sabor de unos labios perdidos ya en el bosque de la memoria.
Quienes se ven forzados a abandonar su mundo, quienes son obligados a huir de sus tierras o quienes viven en ellas acuciados por la necesidad, agobiados por el presente y olvidados por el futuro, también sienten una irrefrenable nostalgia que les punza el alma, como una herida.
Mas hay quien siente una nostalgia extraña por una tierra que desconoce, por un cielo que sólo puede intuir y por un mar tranquilo y transparente del que nace una luz que sus ojos no pueden esquivar. Es una nostalgia inexplicable que ataca a quienes, aun estando en el suelo de su patria, perciben que están lejos, como si no supieran dónde nacieron sus recuerdos.
Cuando esa nostalgia nos atrapa, el viaje es nuestra patria. Cada rincón del camino se nos aparece entonces como un rincón de nuestra casa; cada hombre o mujer que se nos cruza, parece nuestro hermano.
Todos venimos de otra parte. Todos sentimos nostalgia de un mundo que no sabemos que fue el nuestro. Todos somos inmigrantes llegados de un lugar por el que sentimos nostalgia en nuestros sueños.

Agustín García Calvo. In Memoriam

Agustín García Calvo. In Memoriam
Agustín García Calvo

Agustín García Calvo ha muerto. No pretendo hacer un homenaje a su figura (algo imposible, desde luego), sino dejar constancia de alguno de los recuerdos que guardo de él y, sobre todo, de la deuda que, personalmente, aún le debo.
Conocí a Agustín cuando era estudiante de Doctorado, durante los años setenta. El régimen de Franco estaba agonizando y el paisaje gris, de película en blanco y negro, que había teñido durante décadas cada rincón de nuestro país, comenzaba a llenarse de algún tímido color, un fleco apenas, desprendido de la luz de una esperanza que nos alimentaba a todos.
Estaba en el aula, esperando que D. Agustín García Calvo, el maestro del que se contaban mil anécdotas (algunas de ellas pintorescas) apareciera para comenzar un curso de doctorado titulado “Hipérbaton en latín”. Recuerdo muy bien la agitación con que esperaba ver a aquel hombre, represaliado por el régimen franquista, desposeído de su cátedra (junto con Enrique Tierno Galván, J. Luis López-Aranguren y Santiago Montero) por apoyar públicamente el movimiento de estudiantes en el año 1965. Eran otros tiempos. Tiempos difíciles en que la Universidad Complutense de Madrid, como las otras de nuestro país, solían poblar los pasillos y las aulas con los ecos de las voces de los sabios.
Miraba con frecuencia hacia la puerta del aula, nervioso, con el miedo de que, finalmente, aquel maestro al que admiraba sin apenas conocerlo, decidiera no ir a clase, pues las convenciones del mundo académico, entre las que se encontraban los horarios, nunca le merecieron demasiado respeto.
Por aquellos días yo me sentía ya un privilegiado. Había recibido clase de algunos profesores a los que, ya por entonces, consideraba como auténticos maestros: F. R. Adrados, M. S. Ruipérez, J. A. Lasso de la Vega, Luis Gil, Sebastián Mariné, Lisardo Rubio, A. Ruíz de Elvira…, pero me quedaba por escuchar a García Calvo, el hombre que tenía, además, la aureola de quienes se habían enfrentado, con sus ideas, al régimen franquista.
Cuando entró en el aula me quedé atónito. Vi a un hombre lleno de energía, vestido con un atuendo que parecía sacado de una película de John Ford, con dos trenzas deslizándose sobre sus hombros y una mirada casi ausente, como si estuviera contemplando un mundo que sólo él fuera capaz de percibir.
Recuerdo muy bien sus clases. Recuerdo muy bien la impresión que me causó su personalidad, su coherencia, su permanente estado de guardia para no contaminarse con nada que pudiera atraparlo dentro de un sistema que, hasta el último día de su vida, tuvo en él, en su pensamiento y en su obra, un sistemático e inasequible crítico.
Aunque nunca sentí por él la fascinación casi religiosa que ha atrapado a buena parte de sus seguidores y discípulos, su obra siempre me ha merecido mucho más que respeto. Y de toda ella, aunque sé que esto parecerá excesivo a más de uno, la traducción de la Ilíada sigue fascinándome hasta un extremo que no ha conseguido ninguna de sus otras obras.
He utilizado esa traducción permanentemente: en clase, en mis libros y artículos, en cursos y seminarios… y en lugares en los que parecía que no habría, ni siquiera, de entenderse. He sentido una emoción casi física al leer sus versos en los foros más dispares, en los lugares más inhóspitos, y he gozado de su compañía a diario. Nunca, ni en los primeros días de mi fascinación estudiantil por el mundo homérico, he tenido la certeza de leer al mismo Homero, salvo cuando he tenido delante de mis ojos los versos traducidos por Agustín.
En estos días tan cercanos a su muerte, he vuelto a leerlos en alto, tratando de atrapar en cada una de las palabras la música eterna, el ritmo inmortal del genio capaz de captar, con las recias y duras palabras del castellano, el alma inasible de los versos griegos.
Descansa en paz, Agustín, e intenta no poner patas arribas los usos y costumbres de la otra vida.

Los orígenes de Europa

Micenas. Puerta de los Leones
Los imponentes bloques ciclópeos de la muralla parecen engullir la famosa puerta de los leones, símbolo eterno de la ciudad de Agamenón.

Reproduzco hoy este artículo, publicado en la revista MUY Historia en Mayo de 2011.

En los orígenes de Europa pugnaron dos patrones diferentes de civilización; uno matriarcal y pacífico, más antiguo, cuyas raíces pueden verse todavía hoy en los restos minoicos de la isla de Creta; otro patriarcal y violento, simbolizado por Micenas, la patria del rey que atacó Troya al frente de un ejército plagado de héroes que la literatura ha hecho inmortales.
El mito nos cuenta que Europa era hija de Agénor, rey de Tiro, ciudad fenicia situada en la costa de Siria. Una tarde, mientras jugaba con sus amigas entre la arena de la playa, el gran dios Zeus la entrevió por un instante, recortada entre los flecos de dos nubes. Deslumbrado por aquella belleza fugaz, suspendido del cielo como un águila, fijó su mirada en el hermoso cuerpo de la muchacha.
Adoptó Zeus la forma de un hermoso toro blanco, de cuernos de luna creciente, y apareció en la playa con gesto manso y ojos confiados. Avanzó hacia el lugar en que la sorprendida Europa estaba sentada y se tumbó a su lado, rozándola  con su blanco lomo.
Acaricia ella la testuz del animal, rodea con sus dedos los cuernos suaves y, ante el asombro de sus amigas, se encarama, incauta, a su lomo y se tumba sobre él, como si fuera el lecho de su amante.
Entonces el toro se levanta y se lanza al mar con la aterrorizada Europa asida a sus cuernos. Muge el toro del mar, navega entre las olas hacia el sol poniente y arriba por fin a una costa desconocida, abrupta y solitaria. Europa no sabe que está pisando la tierra de Creta.
Una vez allí, en la ciudad de Gortina, Zeus se une a la doncella a la sombra de un plátano, y deja en ella la semilla de un triple embarazo, los primeros hijos de Europa: Radamantis, Sarpedón y Minos que, instalado en Cnoso, la ciudad más importante de la isla, habría de dar su nombre a la civilización minoica, antecedente inmediato de la primera civilización genuinamente europea.
El mito nos hace descendientes de una inmigrante asiática, llevada a la fuerza hasta las costas de Creta, el lugar donde, a mi juicio, empieza la historia de Europa en un sentido profundo.

La civilización minoica: el recuerdo de la paz


Es muy difícil establecer en el tiempo el origen de la civilización minoica. Quizá la historia de la Creta minoica comenzó en los albores del año 3200 a. C., en el llamado “período minoico antiguo” o “prepalacial”, con la llegada a la isla de algunos grupos humanos procedentes de Anatolia y/o Siria y Palestina. Entre los años 2000 y 1700/1600 a. C. el registro arqueológico detecta cambios significativos, especialmente la construcción de los primeros palacios, singularmente en Cnoso, Festo y Maliá. Este período ha sido llamado “minoico medio” o “protopalacial. Finalmente, entre los años 1700/1600 y 1050 a. C. se desarrolla el último período de la civilización minoica, llamado “minoico reciente” o “palacial”. El dato más relevante de esta fase es que en torno al año 1450 a. C. el trono del palacio de Cnoso, del que hay una copia en madera en la Corte Internacional de La Haya, es ocupado por un monarca que ya no es minoico.
Los habitantes de Creta evolucionaron de tal manera que dieron lugar a una civilización que sigue impresionando hoy por la belleza de sus restos y el refinamiento de algunos de sus edificios, a los que la historiografía moderna ha llamado con razón palacios. En el más importante de ellos, el de Cnoso, los griegos situaron al rey Minos, hijo de Europa, y en sus laberínticos sótanos al Minotauro, el monstruo nacido de los extraños amores de Pasífae, esposa de Minos, con un toro enviado, de nuevo desde el mar, por Poseidón.
Un rasgo que caracteriza a todos los palacios de la isla es la ausencia de murallas. Durante todo el desarrollo de la civilización minoica, los habitantes de Creta consiguieron, a diferencia de lo que ocurría en el continente, hacer práctica y cotidiana una convivencia pacífica. Los minoicos, quienesquiera que fueran, nunca se vieron amenazados hasta el punto de tener que construir murallas para defenderse.
Las implicaciones que este hecho tiene son verdaderamente inquietantes, pues nos llevan, inevitablemente, a preguntarnos si una civilización puede alcanzar altos grados de desarrollo sin verse implicada en prácticas de guerra. Y si es esto cierto  la siguiente pregunta ha de ser por qué razón la guerra se generalizó después como práctica habitual, manteniéndose así hasta nuestros días.
Pues bien, la realidad histórica de una Creta pacífica resultó casi inasumible para los propios griegos, que intentaron justificar este hecho con suposiciones más o menos fundadas. La más afortunada de estas suposiciones es la que aventura Tucídides, el gran historiador ateniense del siglo V a. C., cuando afirma lo siguiente:
Minos fue, de entre todos de quienes conservamos recuerdo, el primero en hacerse con una escuadra. Dominando la mayor parte de los mares griegos, gobernó sobre las islas Cíclades y llegó a ser el primer colonizador de la mayor parte de ellas.[1]
Éste texto ha servido de base a toda explicación sobre la ausencia de murallas en Creta: el dominio del mar, la llamada talasocracia minoica, hacía innecesarias las murallas en tierra. La verdadera muralla de Cnoso era el mar, vigilado por su poderosa flota.
A pesar de que no pocos historiadores han abrazado esta teoría con entusiasmo, no hay una sola prueba que la avale. De hecho, a pesar del mar y de la supuesta flota minoica, en el año 1450 a. C., como decía antes, el monarca de Cnoso no es minoico sino micénico, es decir, griego.  En efecto, ¿cómo podría ser el mar un obstáculo para hombres que empleaban la palabra póntos, es decir, ‘puente’, para designarlo? ¿Cómo podría el mar impedir que quienes lo consideraban un puente entre islas, transitaran por él con la conciencia de que, al navegar, recorrían los territorios de su propia patria?
Además, en perfecta coherencia con la ausencia de murallas, todos los hallazgos materiales minoicos parecen alejarse de la estética de la guerra o del guerrero: no hay armas, no hay representaciones de batallas ni escenas de combates; al contrario, la decoración de los palacios y de los vasos de cerámica nos muestran escenas de la naturaleza: delfines, pulpos, algas y, singularmente, serenos paisajes submarinos, acciones de caza y pesca, composiciones relacionadas con las estaciones, toros con los que juegan hombres y mujeres; representaciones, en suma, en las que la guerra está irremediablemente ausente.
Junto a todos estos hallazgos, hay una ausencia especialmente notable: la figura del guerrero. Ninguna de las imágenes masculinas que nos ha regalado el arte minoico tiene algo que ver con el  modelo de héroe que saturará toda la iconografía del arte europeo posterior, sea cual sea la época. Por el contrario, lo que registran los hallazgos arqueológicos es la presencia de una estatuilla pequeña que representa a una mujer con los pechos desnudos. Tiene dos serpientes en las manos y un felino sobre su cabeza. La ciencia historiográfica la ha llamado “Señora de las fieras”.
Quizá esta mujer sea el símbolo de una civilización caracterizada por una ausencia, la guerra, y dos presencias: la mujer y un tipo de hombre muy alejado del prototipo del guerrero.
En la isla de Creta están las pruebas de un modelo de vida pacífico que, como decíamos, no logró perpetuarse. Al contrario, fue sustituido para siempre por otro modelo radicalmente distinto que estableció los patrones de conducta (masculinos y femeninos) que han caracterizado hasta el día de hoy a la llamada civilización occidental.

El amanecer de la Europa moderna: el mundo micénico


El modelo minoico fue barrido por otro que penetró en toda Europa con fuerza incontenible. En efecto, unos años después de sacar a la luz los restos de Troya, H. Schliemann decidió dirigirse a Micenas, la ciudad de la que había sido rey Agamenón, el jefe de las fuerzas atacantes de Troya. Enseguida encontró seis tumbas excavadas en la roca: contenían los cuerpos de nueve hombres, ocho mujeres y dos niños. Asombrado, contempló que los rostros de cinco de esos hombres estaban cubiertos por máscaras de oro, como si hubiesen querido perpetuar los rasgos de sus rostros. A su alrededor había multitud de objetos valiosos, especialmente armas: puñales y espadas de bronce, señas de identidad de estos hombres cuya vida y cuya gloria estaba basada en la práctica de la guerra.
Schliemann, en efecto, había descubierto tumbas de guerreros, excavadas en una fortaleza rodeada por murallas imponentes, colosales, que los antiguos llamaban “ciclópeas”, pues el enorme tamaño de sus sillares parecía que sólo podía haber sido movido por los gigantescos cíclopes monóculos. ¡Qué diferencia con los palacios minoicos, donde ni murallas ni armas tienen sitio!
La importancia de Micenas es tan grande que ha dado nombre a todo un período de la historia conocido como “micénico”: una civilización de guerreros indoeuropeos, que aparecen en la Península Balcánica en torno al año 1700 / 1600 a. C [2]. Homero los llamó aqueos (Achaioí), y sus nombres siguen resonando en nuestros recuerdos: Aquiles, Ulises, Agamenón, Áyax...
Cuando los aqueos o micénicos consiguieron asentarse en territorio balcánico, pusieron en marcha un modelo de sociedad que ha tenido un éxito verdaderamente extraordinario. En realidad, las bases que establecieron en su sistema de convivencia perduran hasta el día de hoy, vigentes y pujantes. Estas bases tenían como objeto demoler la antigua sociedad minoica, matriarcal y pacífica, y establecer un modelo de estado y de sociedad basado en:
  • La preponderancia del varón.
  • La práctica sistemática de la guerra.
  • La conquista de territorios y la consiguiente esclavización de sus habitantes.
  • Y, especialmente, la desaparición social y política de la mujer, que quedó confinada, como Penélope, al estrecho mundo de la vida doméstica.
En virtud de los datos que poseemos [3], sabemos que la sociedad micénica se organizó para conseguir estos objetivos. Podemos afirmar que las ciudades-estado micénicas eran gobernadas por reyes (basileîs) que llegaban al trono por herencia, aunque no hay una línea hereditaria constante; unas veces el rey es el más venerado de los ancianos, como ocurre con Néstor, rey de Pilo, otras veces el rey es el jefe del clan familiar más poderoso, como Agamenón en Micenas o Menelao en Esparta.
El poder de estos basileîs abarca tres ámbitos:
  • Son jueces, depositarios de una autoridad que viene de los dioses, cuya voluntad deben interpretar en ausencia de leyes escritas.
  • Son sacerdotes o jefes supremos del culto debido al dios o dioses que protegen la ciudad. En este campo tienen ayudantes a los que solemos llamar sacerdotes, aunque se trata más bien de magos o adivinos, bendecidos por el don adivinatorio.
  • Finalmente, son también jefes militares y caudillos del ejército.
Mas estos reyes están lejos de ser monarcas absolutos. Cuando deben tomar una decisión importante, especialmente en relación con la guerra, escuchan a los ancianos y a los jefes de las familias más importantes y, con frecuencia, convocan y consultan a la asamblea de los ciudadanos en armas, vasallos obligados a servir en el ejército pero, también, hombres libres que ejercen su derecho a opinar con libertad. Sin duda se trata del embrión de lo que después habría de ser la asamblea popular de un estado democrático como el ateniense.
Mas de este mundo hay dos grupos excluidos: los esclavos y las mujeres. En el caso de los esclavos, no tengo ninguna duda de que son una de las consecuencias más notables de la guerra. Heráclito lo vio con claridad cuando, ya en el siglo VI a. C. afirmaba:
La guerra es el padre de todos, el rey de todos. A unos los hace dioses, a otros hombres. A unos los hace libres, a otros esclavos. [4]
En relación con las mujeres la sociedad micénica fue verdaderamente diligente, pues la clave del éxito del modelo patriarcal que pretendía perpetuar estaba en la desaparición social de las mujeres. En mi libro Hijos de Homero (Alianza Editorial, Madrid, 2006, 2008) he tratado con calma este asunto decisivo, a mi juicio, por lo que remito a sus páginas al lector interesado. Sólo diré aquí que si los griegos micénicos y los griegos posteriores no hubieran logrado este objetivo, su modelo de sociedad se hubiera visto seriamente comprometido y, probablemente, hubiera fracasado.
El hecho relevante es que hoy nuestra globalizada sociedad sigue siendo igual que era la de ellos: explota los frutos de la guerra, excluye a verdaderas multitudes de los beneficios de la riqueza, esclaviza sin piedad a quienes están destinados a producir bienes de consumo y, a pesar de algunos indicios aparentemente optimistas, sigue excluyendo a las mujeres de los ámbitos decisorios.
Ciertamente, la progresiva incorporación de la mujer a la vida social, política, empresarial e, incluso, militar, es a mi juicio un dato objetivo, aunque engañoso, pues se está produciendo sólo cuando las propias mujeres parecen haber aceptado el modelo masculino de éxito social, lo que supone que ninguna de ellas, en disposición de tomar decisiones políticas de alto nivel, podría hacerlo si, por ejemplo, cuestionara la guerra como mecanismo de resolución de conflictos.
El éxito del modelo micénico de sociedad patriarcal ha ido probablemente mucho más allá de lo que sus propios inventores imaginaron pues, tres mil seiscientos años después, muchas mujeres (a cuya costa se construyó tal sociedad) han asumido e interiorizado ese modelo incluso cuando creen oponerse a él.



[1] Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, 1.4.
[2] Los primeros indoeuropeos aparecen en Asia, especialmente en la península de Anatolia sobre el año 2300 a. C. Su integración, pacífica o no, con las poblaciones preindoeuropeas es, como en Europa, una de las claves más importantes de la historia antigua.
[3] Proporcionados esencialmente por los poemas homéricos y por las tablillas escritas en el llamado silabario minoico lineal B, un sistema de escritura minoico que los griegos micénicos adoptaron para escribir por primera vez su lengua, es decir, el griego.
[4] Fragmento 761 de Los filósofos presocráticos (I), Gredos, Madrid, 1978.