“Nosotros hemos experimentado una gran época de racionalismo, marcada por adelantos científicos más allá de todo lo que en épocas anteriores se hubiera creído posible, y que ha enfrentado a la humanidad con la esperanza de una sociedad más abierta que ninguna otra que jamás haya conocido.Y en los últimos cuarenta años hemos experimentado asimismo algo más: los síntomas inequívocos de un retraimiento ante esta perspectiva.¿Qué significan este retraimiento y esta duda? ¿Es la vacilación que precede al salto, o el comienzo del pánico fugitivo? Sobre una cuestión de tal naturaleza un simple profesor de griego no es quién para opinar. Pero puede hacer una cosa. Puede recordar a sus lectores que una vez en la historia un pueblo cabalgó hacia ese mismo salto, cabalgó hacia él y rehusó darlo. Y puede rogar a sus lectores que examinen todas las circunstancias de esa negativa.¿Fue el caballo el que se negó, o el jinete? Esta es en realidad la cuestión crucial. Personalmente creo que fue el caballo, es decir, los elementos irracionales de la naturaleza humana que gobiernan sin nuestro conocimiento una parte tan grande de nuestra conducta y una parte tan grande de lo que creemos nuestro pensamiento. Y si tengo razón en esto, puedo ver en este hecho razones para esperar.Los hombres que crearon el primer racionalismo europeo no fueron nunca ‘meros’ racionalistas, es decir, fueron profunda e imaginativamente conscientes del poder, el misterio y el peligro de lo irracional. Pero sólo podían describir lo que acontecía por debajo del umbral de la conciencia en un lenguaje mitológico o simbólico; no tenían instrumento alguno para entenderlo, menos aún para controlarlo, y en la Época Helenística muchos de ellos cometieron el error fatal de creer que podían ignorarlo.El hombre moderno, por el contrario, está empezando a adquirir ese instrumento. Está todavía muy lejos de ser perfecto, y no siempre se le maneja con habilidad. En muchos campos, incluso en el de la historia, sus posibilidades y sus limitaciones están aún por probar. No obstante, parece ofrecer esperanzas de que, si lo usamos sabiamente, llegaremos por fin a comprender mejor a nuestro caballo; de que, comprendiéndolo mejor, podremos, mediante un entrenamiento mejor, vencer su miedo, y de que, venciendo el miedo, caballo y jinete darán un día ese salto decisivo, y lo darán con éxito”.
κτῆμά τε ἐς αἰεὶ μᾶλλον ἢ ἀγώνισμα ἐς τὸ παραχρῆμα ἀκούειν ξύγκειται
Los griegos y lo irracional
Ulises, Alfred Lord Tennyson (1809-1892)
![]() |
| Alfred Lord Tennyson (1809-1892) |
Solón de Atenas
Constitución de Solón
Cavafis
altas y sólidas murallas me han levantado en torno.
Y ahora, aquí estoy, quieto y desesperándome.
No pienso en otra cosa: este destino me devora el alma;
porque yo muchas cosas tenía que hacer fuera.
¡Ay, cuando levantaban las murallas, cómo no me di cuenta!
Pero nunca oí ruido ni voces de albañiles.
Imperceptiblemente me encerraron fuera del mundo.
(C. Cavafis).
La Grecia clásica
Los hijos de Ulises
En cuanto la oscuridad se espesaba, una multitud de historias y leyendas que nos contaban nuestros padres y nuestros abuelos se arremolinaba en nuestra mente; ante nuestros maravillados ojos, resucitaban épocas y civilizaciones muy antiguas; en torno nuestro se perfilaban mundos inmateriales y fabulosos… Y de repente, mientras los mirábamos fascinados, se encendían soles invisibles y los bañaban de luz como si formaran los decorados de un gigantesco teatro al aire libre, y entonces distinguíamos una multitud de héroes clásicos, de ilustres guerreros y de reyes mitológicos seguidos por sus ejércitos, sus pueblos, semidioses legendarios que para placer nuestro regresaban a habitar su palacio y su tierra, y repetían sus hazañas.
Su presencia nos encantaba, nos hechizaba, no nos aterraba nunca: estábamos acostumbrados desde nuestra más tierna infancia a vivir entre los monumentos dejados a su paso, las columnas de sus templos salpicaban nuestro país. En algunos rincones, al trabajar viñas y campos, los cultivadores descubrían trozos de estatua, jarrones, estelas funerarias, jarras llenas de monedas. No pasaba un solo año sin que se supiera que un campesino había desenterrado con su pico o su arado un esqueleto intacto en su tumba, y que había reunido piadosamente los objetos mortuorios y los presentes ofrecidos al difunto por sus allegados. En la escuela, los maestros nos decían que, a pesar de los milenios transcurridos, hablábamos la misma lengua que hablaban nuestros antepasados, nos llevaban a los museos para hacernos leer en los mármoles los decretos de la Asamblea del pueblo y las diferentes inscripciones, y comprobábamos que después de tantísimos siglos ni una sola letra de nuestro alfabeto había cambiado.
Los Antiguos no nos soltaban, por así decirlo, jamás; encontraban mil maneras de inmiscuirse en nuestra vida, de recordarnos su existencia. Al atardecer, en casa, cuando llegaba el momento de hacer los deberes para el día siguiente, su mitología y su historia nos daban mucho quehacer; nos ocupábamos de los grandes hombres políticos que habían gobernado sus ciudades, nos enredábamos en las querellas, las rivalidades y las maquinaciones de sus dioses. Mi padre cogía de una estantería a Esopo, Heródoto o Hesíodo, y comenzaba el control, la lectura o la recitación. Cuando me olvidaba de un nombre o me saltaba una línea, mi padre, para refrescarme la memoria, levantaba la vara de olivo que reservaba para este uso: delgada, flexible, cimbreante. Casi al mismo tiempo, desde las casas vecinas llegaban, consolándome un poco, los gritos y lloros de mis camaradas que sufrían tormentos semejantes a los míos, oía los pescozones y las broncas que acompañaban la descripción de la batalla de Maratón, el relato de la expedición de los Argonautas, los versos de la Ilíada.
Estrella de la tarde
φέρεις ὄιν,
φέρεις αἶγα,
φέρεις ἄπυ μάτερι παῖδα,
Estrella de la tarde que a casa llevas cuanto dispersó la Aurora clara,
llevas la oveja,
llevas la cabra,
y de su madre a la niña separas.
(Safo, 104a LP).
Un poco más
θά ιδοῦμε τίς αμυγδαλιές ν’ ἀνθίσουν,
τά μάρμαρα νά λάμπουν στόν ἥλιο
τή θάλασσα νά κυματίζει.
Λίγω ἀκόμα
νά σηκωθοῦμε λίγο ψηλότερα.
Un poco más
y veremos florecer los almendros,
los mármoles brillar al sol
y mecerse las olas del mar.
Un poco más
elevémonos todavía un poco más.
(G. Seferis)
Memoria
Las calles de Roma, las paredes de sus templos y el mármol de sus edificios públicos se tiñeron de sangre romana. Invocando el recuerdo, la memoria de afrentas recibidas en otro tiempo o de crímenes cometidos por una u otra facción, los ciudadanos se convirtieron en delatores, torturadores o asesinos de otros ciudadanos. En cada calle, en cada casa, la memoria del horror fue invocada como coartada de actos sin nombre.
Mario convirtió Roma en un escenario de caza. Las cabezas de sus enemigos políticos fueron clavadas en picas y expuestas en medio del foro romano, para que la evocación de aquel acto propio de bárbaros, perdurará en la memoria de las generaciones venideras.
Sila ultrajó el cadáver de Mario, su enemigo, invocando el recuerdo de afrentas pasadas y, una vez ubicado en un poder casi absoluto, promulgó leyes que convirtieron a los ciudadanos que se habían opuesto a su política en reos de una justicia sumarísima. Por todas partes se utilizó el recuerdo y se esgrimió la memoria como armas arrojadizas forjadas en los rescoldos de sucesos antiguos, de pasadas ofensas. Los partidarios de Mario fueron declarados enemigos de Roma y sus bienes fueron confiscados o adjudicados a otros ciudadanos cuando el calor todavía no se había extinguido en sus cuerpos destrozados.
El paso del tiempo no ha ocultado los ecos de aquellos sucesos. En realidad, cualquier ciudadano, partidario de Sila o de Mario, noble o plebeyo, tuvo durante varias generaciones algún familiar por el que llorar, alguna muerte injusta que recordar o alguna historia de ejecuciones sumarias, sin juicio ni piedad, que guardar en su memoria.
Todos los pueblos, no sólo Roma, han dejado atrás sucesos dolorosos. Ninguna ley resuelve ni restaña las heridas que su recuerdo sigue produciendo. La memoria de los pueblos necesita de una gran dosis de generosidad por parte de todos los que sufrieron la desgracia y la injusticia, compañeras siempre inseparables de las contiendas civiles. Sin esa generosidad, sin el ejercicio del perdón y de la indulgencia, algunas páginas del libro de la historia nunca dejan de escribirse, y los acontecimientos que llenaron de luto las casas de tantos ciudadanos parecen estar siempre dispuestos a emerger de nuevo.
La memoria debe servirnos para comprender los sucesos del pasado, para evitar que en el futuro se repitan y para entender que, pasado el tiempo, nadie vence en una guerra civil. La memoria nos abrirá las puertas del futuro si no nos detenemos demasiado en ajustar las cuentas con un pasado que ya se ha perdido para siempre.
La fragilidad de la memoria
Tiberio, como su hermano Gayo, más joven, era hijo de Cornelia, hija, a su vez, de Publio Cornelio Escipión, “El Africano”, vencedor de Aníbal. Creció viendo cómo se transformaba Roma, convertida en una potencia mundial, y cómo el éxito económico aniquilaba por completo la economía tradicional, basada en la pequeña propiedad de la tierra, detentada por ciudadanos libres, y convertía el suelo de Italia en una sucesión de grandes latifundios, propiedad de unos cuantos grandes propietarios que cultivaban sus tierras con mano de obra esclava.
Tiberio pudo comprobar esta realidad cuando, camino de Hispania, vio los campos de Etruria abandonados o atestados de esclavos que trabajaban para los grandes propietarios.
Corría el año 133 a. C. cuando fue elegido tribuno de la plebe, el sagrado representante de la plebe romana, obligado a defenderla y auxiliarla ante los abusos de los poderosos patricios. Decidido a detener el drama social que estaba produciendo el éxito económico, presentó ante el pueblo romano un proyecto de ley que pretendía repartir la tierra, en pequeños lotes, entre todos los ciudadanos necesitados.
El día de la votación, Roma se llenó de campesinos pobres, de aliados itálicos y de esa masa de plebe urbana inmigrante, desclasada, que veía en aquel proyecto de ley una oportunidad de supervivencia. Las palabras con que Tiberio presentó la ley, afortunadamente conservadas, siguen emocionándome todavía hoy:
“Las fieras que discurren por los bosques de Italia tienen cada una su guarida y su cueva. Mas aquellos que luchan y mueren por Italia sólo participan del aire y de la luz, y de ninguna otra cosa más, puesto que, sin techo y sin casas, andan errantes con sus hijos y sus mujeres.
Mienten los caudillos cuando en las batallas exhortan a sus soldados a combatir contra el enemigo por sus aras y sus sepulcros, porque, de un gran número de romanos, ninguno tiene ara, patria, ni sepulcro de sus antepasados, sino que por la codicia y la riqueza de otros luchan y mueren. Y cuando se dice que son señores de todo el mundo, ni siquiera tienen un puñado de tierra propio”.
Días después, fracasados todos los intentos de acuerdo, Tiberio recurrió de nuevo a la asamblea, pronunciando un discurso de eterna vigencia, emocionante, profundo, que debería ser leído en todos los parlamentos del mundo hoy día. Fue un discurso contra su colega Octavio, que había impedido con su veto la aprobación de su ley agraria:
“Un tribuno es sacrosanto e inviolable, a causa de que se consagra al pueblo y es del pueblo defensor. Mas, si cambiando de conducta, ofende al pueblo, ese tribuno disminuye su poder; él mismo es quien se despoja de su dignidad, no haciendo aquello para lo que fue elegido. ¿Y no sería cosa repugnante que el pueblo no pueda despojar de su autoridad al tribuno cuando éste abusa de ella contra el mismo de quien la recibió? No es, pues, conforme a justicia que el tribuno que comete injusticia contra el pueblo conserve la inviolabilidad que en favor del pueblo le es dada, porque él mismo destruye la autoridad que le hace poderoso”.¡Cuánto pienso en estos días en Tiberio Graco! ¡Cómo me gustaría poder viajar en el tiempo y escuchar esas palabras, pronunciadas hace más de dos mil cien años ante los comicios! ¡Qué frágil nuestra memoria al olvidar lecciones como ésta!
Tiberio fue reelegido y, en medio de grandes dificultades, puso en marcha la comisión que habría de hacer el reparto de las tierras. Pero el senado consideró que su reelección era inconstitucional y, con todos sus recursos, se dispuso a combatir lo que consideraba un movimiento sedicioso. Hubo tumultos. Hubo acusaciones falsas. Hubo rumores y, finalmente, Tiberio fue arrollado por la multitud que huía de la turba que, al mando de Escipión Nasica, atacó a los partidarios del tribuno.
Se le negó el derecho de un entierro digno. Su cuerpo, maltrecho, y el de muchos de sus partidarios, fue arrojado de noche a las aguas del Tíber.
Hoy recuerdo con emoción a Tiberio Graco. Hoy cuento un poco de su historia, con la esperanza de que nuestra memoria no sea tan frágil, no dure tan poco.
Claves del pasado para entender el presente.
Organizado por Andrea Souvirón M. y Gabriel Lucas B.
Auriga de Delfos
Sueño
¿No siente el plomo piedad de estos hombros
de leche rosada, de estas sangrecitas dulces, de estas
pieles de labios? ¿Ningún aviador enemigo tiene
niñitos que levanten sus manos al viento de las hélices?
No. El enemigo no parece padre
y acaso es huérfano también.
(Carmen Conde, Mientras los hombres mueren)
Futuro
Nostalgia
Agustín García Calvo. In Memoriam
![]() |
| Agustín García Calvo |
Los orígenes de Europa
La civilización minoica: el recuerdo de la paz
Minos fue, de entre todos de quienes conservamos recuerdo, el primero en hacerse con una escuadra. Dominando la mayor parte de los mares griegos, gobernó sobre las islas Cíclades y llegó a ser el primer colonizador de la mayor parte de ellas.[1]
El amanecer de la Europa moderna: el mundo micénico
- La preponderancia del varón.
- La práctica sistemática de la guerra.
- La conquista de territorios y la consiguiente esclavización de sus habitantes.
- Y, especialmente, la desaparición social y política de la mujer, que quedó confinada, como Penélope, al estrecho mundo de la vida doméstica.
- Son jueces, depositarios de una autoridad que viene de los dioses, cuya voluntad deben interpretar en ausencia de leyes escritas.
- Son sacerdotes o jefes supremos del culto debido al dios o dioses que protegen la ciudad. En este campo tienen ayudantes a los que solemos llamar sacerdotes, aunque se trata más bien de magos o adivinos, bendecidos por el don adivinatorio.
- Finalmente, son también jefes militares y caudillos del ejército.
La guerra es el padre de todos, el rey de todos. A unos los hace dioses, a otros hombres. A unos los hace libres, a otros esclavos. [4]







.jpg)








