Mares de bronce

Mares de bronce

Autor/a : Bernardo Souvirón

Una travesía intelectual y marítima por uno de los grandes enigmas de la cultura occidental: cuánto hay de historia, memoria y geografía real bajo los versos de Homero.

Calendario romano (I)

calendario romano
Fragmento de un calendario romano.

Utilizamos un calendario que, con levísimas alteraciones, debemos a Julio César. Nuestro calendario está entre los mejores legados que heredamos de Roma, y ha facilitado nuestra vida de una manera decisiva.
El empeño de los hombres por controlar y dirigir el paso y la distribución del tiempo es muy antiguo, y siempre ha resultado difícil y complejo. Los calendarios más antiguos estaban basados en los ciclos de la luna, no del sol, y solían estar divididos en períodos de diez meses, lo que propiciaba un desplazamiento constante de las fechas, de manera que una fiesta de otoño podía, con el paso de los años, acabar celebrándose en verano o en primavera.
La necesidad de ajustar el tiempo real con las necesidades de los hombres sin la exigencia de hacer ajustes permanentes, se consiguió finalmente en Roma, en tiempos de Julio César. Veamos.

El año y los meses


En un principio, el calendario romano estaba basado en los ciclos de la luna. Se trataba, pues, de un calendario lunar, dividido en años de diez meses, que estaba atribuido, como tantas otras cosas, a Rómulo, el legendario fundador de la ciudad. Los meses tenían los siguientes nombres:

1º.   Martius (nuestro Marzo). En honor al dios Marte, padre de Rómulo y Remo, fue dedicado el primer mes del calendario.
2º.   Aprilis (Abril). Este segundo mes del año estaba consagrado a Apru, nombre etrusco de la diosa Venus.
3º.   Maius (Mayo). Todavía hoy se discute la atribución de este mes. Puede estar dedicado a Maya, la madre del dios Mercurio, diosa agraria identificada con el crecimiento de la vegetación. Sin embargo, hay autores que defienden que este mes está dedicado a los Maiores, igual que el mes siguiente a sus descendientes, los Iuniores. Éste punto de vista es defendido por Plutarco en su obra Cuestiones romanas, 86.
4º.   Iunius (Junio). Consagrado a la diosa Juno, esposa de Júpiter.
A partir de aquí, los meses deben su nombre al lugar que ocupan en la sucesión del calendario: Quintilis (quinto), Sextilis (sexto), September (séptimo), October (octavo), Nouember (noveno) y December (décimo).

Con esta distribución, el año tenía 304 días, lo que planteaba numerosos problemas prácticos, entre los que estaba el desplazamiento de las fechas de las estaciones. La mentalidad práctica de los romanos intentó buscar una solución.

La reforma de Numa Pompilio


Numa fue uno de los legendarios reyes de Roma. Su origen es sabino y reinó, según la tradición, desde el año 717 hasta el 673 a. C. Hizo una reforma muy importante que dividió el año en doce meses. El historiador Tito Livio nos lo cuenta:
Como la luna no cubre 30 días completos cada mes y faltan 6 días para la totalidad del año determinado por el movimiento del sol, intercaló unos meses complementarios y consiguió que cada 20 años los días coincidieran con la misma posición del sol con que se había empezado... También estableció unos días fastos y otros nefastos, porque algunas veces habría de ser útil no llevar asuntos ante el pueblo. (T. Livio, Historia de Roma desde su fundación, 1.19.6 y ss.)
La reforma de Numa consistió, fundamentalmente en la adición de dos meses más: el 11º llamado Ianuarius (Enero), en honor de Jano, y el 12º llamado Februarius (Febrero), en honor de Februo, dios de las purificaciones. El año terminaba, pues, con un mes dedicado a las purificaciones y, de paso, a los buenos deseos de cara al nuevo año.
La reforma también determinaba el número de días correspondiente a cada mes, de manera que el calendario romano pasó a distribuirse de la siguiente manera:

1º.  Martius, 31 días
2º.  Aprilis, 29 días
3º.  Maius, 31 días
4º.  Iunius, 29 días
5º.  Quintilis, 31 días
6º.  Sextilis, 29 días
7º.  September, 29 días
8º.  October, 31 días
9º.  Nouember, 29 días
10º. December, 29 días
11º. Ianuarius, 29 días
12º. Februarius, 28 días

El resultado de esta distribución de los meses era un año de 355 días. Evidentemente el problema del desplazamiento de las fechas, aunque menor, seguía produciéndose, a pesar de que se intercalaban días para compensar tal desplazamiento. Durante mucho tiempo Roma se rigió por este calendario, basado en las reformas de Numa Pompilio.
Mis lectores se preguntarán entonces, con razón, cuál es la causa por la que en el calendario actual hay algunos meses que han sido desplazados de su lugar, de manera que nuestro Octubre, por ejemplo, no es el octavo mes, como correspondería a su nombre, sino el décimo. Es más ¿por qué Noviembre (el 9º) es el 11º? ¿Y por qué Diciembre (el 10º) es actualmente el 12º? La respuesta nos lleva a la Hispania del siglo II a. C.

Los sucesos de Hispania y el cambio en el orden de los meses


Después del gobierno de Tiberio Sempronio Graco, la provincia de Hispania se había mantenido en calma. En el año 170 a. C., Graco había llegado a ser un gobernador popular entre la nobleza y las tribus hispanas, a quienes trató con decencia. Sin embargo, las cosas cambiaron mucho con la llegada de otros gobernadores, menos sensibles que Graco con los problemas locales. El hecho es que en el año 154 estalló una revuelta en el país de los lusitanos, parte de la actual Portugal. La semilla de la rebelión prendió pronto entre los celtíberos de la Hispania central y otras tribus, y llegó a ser tan fuerte que el senado romano se alarmó ante la posibilidad de que los suministros llegados de Hispania, vitales para Roma, pudieran verse afectados.
Así pues, un decreto del propio senado ordenaba el envío a Hispania de uno de los dos cónsules del año 153 a. C. Su nombre era Quinto Fulvio Nobilior y sus órdenes, acabar con la revuelta. Y éste es el momento en que surge el problema con el calendario. Intentaré explicarlo.
Corría el mes de Diciembre, es decir, el décimo mes del calendario romano. Este hecho planteaba un conflicto muy importante para la mentalidad ultraconservadora del senado romano, pues la urgencia de mandar al cónsul a Hispania chocaba con el hecho, establecido fuertemente por la mos maiorum (la ‘costumbre de los antepasados’) de que la toma de posesión de los nuevos cónsules debía hacerse indefectiblemente en el primer mes del nuevo año, es decir, el mes de Martius (Marzo).
El nuevo cónsul debía esperar, pues, más de dos meses antes de partir a Hispania. Este hecho resultaba suicida en relación con la situación explosiva de la provincia, de manera que el senado romano tomó una decisión que caracteriza muy profundamente su mentalidad: aunar las necesidades prácticas con la mos maiorum de manera tal que la costumbre, la sagrada costumbre transmitida por los padres de Roma, no se viera alterada.
La decisión fue cambiar el orden de los meses. Dado que era Diciembre y urgía la partida del cónsul, se decretó que el mes siguiente fuera considerado a partir de entonces como el primer mes del año. De esta manera, Ianuarius (Enero) pasó a ser el primer mes del año, y el cónsul Nobilior pudo partir a Hispania con todas las de la ley, pues el día en que debía asumir el cargo, fijado en Marzo, se adelantó al 1 de Enero, día que, a partir de ese momento, quedó establecido para siempre como el primer día del año.
El nombre de los meses, sin embargo, se mantuvo por inercia (a pesar de que alguno de ellos resultaba claramente incongruente), y se fijó de la manera en que, todavía hoy, lo seguimos utilizando.
Ésta es la razón por la que octubre, noviembre y diciembre no son el octavo, noveno y décimo meses del año. El orden de los meses quedó establecido de la siguiente manera:

1º.   Ianuarius
2º.   Februarius
3º.   Martius
4º.   Aprilis
5º.   Maius
6º.   Iunius
7º.   Quintilis
8º.   Sextilis
9º.   September
10º.   October
11º.   Nouember
12º.   December

Los sucesos de Hispania cambiaron el calendario de todo occidente para siempre.
Pero el deseo de hacer que el calendario reflejase con exactitud la correspondencia de los días y la sucesión de las estaciones propició nuevos cambios que, finalmente, lo consiguieron por completo.
Éste será el motivo de un próximo artículo.

La amenaza de la democracia (IV)

En los tres artículos precedentes he ido desgranando alguna de las ideas que, según creo, pueden ayudar a comprender el proceso que ha llevado a las sociedades avanzadas, como la europea, a una situación de crisis generalizada como la actual. En el último de esos artículos decía que la solución de esta situación (que en algunos países, como Grecia, empieza a ser casi de emergencia) pasa por la democracia y la educación.
En las líneas que siguen intentaré explicar las razones que me han llevado a esta convicción, aunque voy a detenerme hoy un poco en la historia moderna de Europa. No quiero alargar desmesuradamente la extensión de estos artículos. Ésta es la razón por la que los estoy publicando en una serie de la que éste artículo es la cuarta entrega. Confío en no alargarme mucho más y en no aburriros demasiado.

Del siervo al trabajador. La irrupción de la izquierda


Desde siempre, pero especialmente a partir de la gran revolución industrial del siglo XIX, la base del desarrollo económico y de la riqueza ha estado asentada en lo que conocemos por economía productiva. Por esta razón, el equilibrio político y social de los países occidentales se ha sustentado, desde finales del siglo XIX y principios del XX, en el pacto, más o menos explícito, entre quienes creaban riqueza invirtiendo su capital y quienes la producían, invirtiendo la fuerza de su trabajo. Esta oposición entre capital y trabajo ha conseguido equilibrarse a lo largo de los últimos cien años de la historia de Europa Occidental de una manera lenta y, a veces, dolorosa, basada en la mutua dependencia entre el capital y el trabajo, de manera que ambos han entendido que el modelo de crecimiento, de progreso y de generación de  riqueza y bienestar era imposible sin llegar a una cierta armonía entre las fuerzas del capital y del trabajo.
Naturalmente, tal equilibrio no se ha conseguido de manera voluntaria. Los poseedores del capital, miembros de las clases dominantes desde tiempos inmemoriales, no cedieron, como ha ocurrido en todas las épocas de la historia, parte de su poder sin graves disturbios sociales, protagonizados por trabajadores organizados en sindicatos que, conscientes de su posición clave dentro del esquema de la economía productiva, iniciaron en toda Europa una serie de movilizaciones reivindicativas que, en último término, están en la base de una de las conquistas más nobles de la humanidad: la desaparición del esclavo y el nacimiento del trabajador.
Los antiguos aristócratas, terratenientes, nobles y toda clase de poseedores de riqueza, no tuvieron más remedio que aceptar, a medio plazo, una situación que les era impuesta no por el hecho de que los antiguos esclavos estuvieran cargados de razón, sino porque sin la mano de obra, sin la fuerza del trabajo, toda economía productiva era imposible.
Los poseedores de las tierras, de las minas, de las fábricas, no aceptaron, pues, la nueva situación gracias a un proceso de reflexión que les hiciera asumir que la explotación del trabajo de esclavos era moral y éticamente inasumible; aceptaron la nueva situación porque, de no hacerlo, su posición política y social, y, especialmente, su riqueza, habrían de venirse abajo sin la participación de una mano de obra prestada por trabajadores con derechos, no por esclavos.
Sin embargo, no toda la nobleza europea fue capaz de entender este proceso inevitable. En la Rusia zarista los nobles llevaron la situación hasta el extremo, incapaces de comprender y aceptar que el esquema medieval, basado en la posesión de la vida, el cuerpo y el alma del siervo, había llegado definitivamente a su final. Mientras la mayor parte de la población moría de hambre, de frío o de enfermedades, en el palacio del zar y en las mansiones de los nobles el caviar se servía en cuencos de plata mientras la música vienesa llenaba de un eco incomprensible las heladas calles de San Petersburgo. Pocos nobles fueron capaces de prever la tempestad que, nacida de vientos que ellos mismos habían sembrado a lo largo de siglos de completa arrogancia, se les venía encima.
La revolución bolchevique de 1917 convirtió Rusia en la Unión Soviética. Todas las potencias occidentales se pusieron en guardia, especialmente Inglaterra, Francia y Alemania, alarmadas por la irrupción de un nuevo poder que amenazaba con exportar hacia occidente la revolución bolchevique. Ese nuevo poder fue canalizado a través de los partidos comunistas que, poco a poco, empezaron a penetrar en el sustrato ideológico de los nuevos trabajadores que, en toda la Europa occidental, se habían agrupado en torno a los llamados partidos socialistas.
La izquierda, aglutinada fundamentalmente en torno a las ideologías socialista y comunista, había echado raíces en toda Europa.

El capitalismo humano: la socialdemocracia y la democracia cristiana


El equilibrio entre el trabajo y el capital ha sido verdaderamente difícil e inestable a lo largo de toda la historia del siglo XX. En muchos aspectos, la búsqueda de este equilibrio me recuerda, salvando mucha distancia y no pocas disimilitudes, a otra búsqueda que, en realidad, estuvo presente siempre a lo largo de la historia de la antigua Roma. También fue la búsqueda de un equilibrio, el que inevitablemente debía producirse entre los patricios y los plebeyos romanos.
En el caso de la Europa del siglo XX, la necesidad de tal equilibrio vino impuesta, a mi juicio, por dos razones. Una de naturaleza económica; la otra política y social. Veamos.
No es posible, en efecto, una economía productiva sin la presencia del capital y del trabajo. La aparición de los partidos socialistas y de las organizaciones sindicales obligó a los patronos a llegar a acuerdos con sus trabajadores, que presionaron con el ejercicio de una nueva práctica letal para toda economía productiva: la huelga. En este sentido, las huelgas de los mineros en Gales, por ejemplo, y la aparición en el parlamento inglés del partido del trabajo (el actual Partido Laborista), modificaron para siempre el panorama económico no sólo de Inglaterra, sino de toda Europa. Eran los tiempos de la Primera Guerra Mundial.
La otra razón (política y social, como decía) tuvo que ver con el miedo que en toda Europa occidental produjo la posibilidad de que la influencia del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) se extendiera, como una mala hierba, por todo el territorio de los países europeos. Tal miedo hizo que en el prólogo de la Segunda Guerra Mundial las potencias occidentales estuvieran dispuestas, incluso, a considerar a Hitler un mal menor frente a Stalin y el PCUS.
Así pues, una necesidad económica (aunar los intereses del capital y del trabajo como único medio de mantener una economía productiva) y otra política (evitar la penetración de las ideas comunistas propiciadas por el PCUS) hicieron que, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, se desarrollara en Europa una tercera vía política dispuesta a consagrar para siempre los derechos de los trabajadores a cambio de evitar, también para siempre, el peligro de los partidos comunistas y de una ideología que, a la luz  de los crímenes cometidos en la Unión Soviética por Stalin, debía desecharse por completo. Mis lectores saben que en la Historia rara vez de consigue algo “para siempre”.
Esta tercera vía, empero, tuvo dos versiones, ambas caracterizadas por una doble idea de base: de un lado, hacer desaparecer el rostro inhumano de un pasado caracterizado por el abuso de una nobleza política y militar que había sumido a Europa en un período terrible de hambre, explotación y guerras. Es la vía de la llamada Democracia Cristiana, surgida en el seno de la llamada doctrina social de la Iglesia y basada en la encíclica Rerum Novarum, publicada por el Papa León XIII en el año 1891. En torno a esta vía se agrupa, todavía hoy, la derecha europea.
De otro lado, hacer desaparecer también la práxis que caracterizaba al comunismo practicado por Stalin en la Unión Soviética. En una palabra, conseguir una dignificación de la izquierda, que hiciera olvidar en occidente el llamado “socialismo real”. Esta alternativa apareció en el seno del movimiento obrero y el socialismo, y aceptaba (y postulaba a la vez) que no existe conflicto entre la economía capitalista de mercado y lo que, a partir de entonces, comenzó a llamarse sociedad o estado de bienestar, siempre que el Estado tenga poder y medios suficientes para garantizar a todos los ciudadanos una amplia protección social. Ésta es la propuesta de la llamada Socialdemocracia.
Ambas corrientes tuvieron, como decía, una característica común: centrar todo su modelo en el ser humano; dignificar el concepto del hombre e intentar que todos los ciudadanos, fuera cual fuese su condición económica o social, viesen en el poder del Estado un halo protector, no opresor ni perseguidor. Por eso ambas corrientes hicieron de la democracia no sólo su bandera, sino su credo político irrenunciable.
La irrupción de la Democracia Cristiana acabó con la derecha fascista que, con algunas excepciones (España y Portugal) fue barrida del mapa político de la nueva Europa surgida de la Segunda Guerra Mundial.
La irrupción de la Socialdemocracia y su llegada al gobierno en algunos países europeos (especialmente los llamados países nórdicos) puso en dificultades a los partidos comunistas, que, ya desde 1956, cuando comenzaron a conocerse algunos contenidos del famoso “informe secreto” de N. Jrushchov en el seno XX Congreso del PCUS (en el que se denunciaban sin tapujos los excesos criminales de Stalin), se vieron gravemente heridos. En la medida en que la socialdemocracia parecía imponer su modelo, los partidos comunistas hicieron un último esfuerzo por sobrevivir, creando la famosa corriente “eurocomunista” que, en cualquier caso, sólo fue el preludio de su práctica desaparición de la escena política europea, polarizada entre estas dos grandes corrientes políticas: la socialdemócrata y la democratacristiana.
Éste ha sido, a grandes rasgos, el origen de la Europa moderna. Y la verdad es que la aplicación de modelos políticos basados en el respeto por el ser humano, y la creación de un Estado, llamado de bienestar, caracterizado por la extensión de los servicios sociales básicos (educación, sanidad, justicia) a todos los ciudadanos, han hecho de la llamada Europa Occidental un referente ético y moral en todo el mundo.
¿Qué ha ocurrido para que quienes se siguen llamando hoy socialdemócratas y cristianodemócratas hayan decidido renunciar a los principios que los hicieron nacer, primero, y triunfar, después?
¿Qué clase de ataque está haciendo tambalearse a la Europa que nuestros abuelos y padres crearon después de sufrir innumerables horrores en los campos de batalla, en los campos de exterminio, en las cárceles de Hitler o en los Gulags de Stalin?
La clase de ataque que Europa ha empezado a sufrir desde hace unos años es muy difícil de parar. No tenemos la suerte de poder mirar a los ojos de nuestro enemigo y combatirlo de frente. Es un ataque que tiene que ver con las leyes de la Historia y se dirige contra la democracia y la educación.
Intentaré explicarlo en el próximo artículo.

Violencia de guante blanco

Ayer, una vez más, los informativos de medio mundo transmitieron la imagen de una Atenas en llamas y exhibieron el rostro compungido de algunos políticos condenando la violencia. Esa violencia que condenan –y que, en el fondo les favorece–, la hemos condenado repetidamente, no sólo con palabras sino también con actos, quienes acudimos una y otra vez a manifestarnos desde la no-violencia contra la desmedida violencia de guante blanco ejercida impunemente por quienes de iure y de facto nos gobiernan.
Ayer, desde las cinco de la tarde, había en la plaza Syntagma de Atenas más de cien mil personas tratando de impedir de forma no violenta que avanzara aún más el funesto plan que está dejando a Grecia hundida en la miseria y sometida a la voluntad de sus controvertidos acreedores. Esa no-violencia no llenó las pantallas ni los periódicos. Sin ir más lejos, pasó desapercibida la imagen de los ancianos Mikis Theodorakis y Manolis Glezos tratando de hablar con los antidisturbios y teniendo que ser evacuados entre una nube de gases lacrimógenos. Yo estaba allí, a su lado, junto a otros muchos que tragamos de lleno la primera bocanada. Corrimos todos haciendo arcadas y tratando de abrir paso para sacar a Theodorakis en su silla de ruedas pegado a una máscara antigás.
Media hora después, ya recuperados, los dos respetados personajes trataron de acercarse de nuevo mientras, en uno y otro punto de la plaza, la policía continuaba lanzando gases contra una masa compacta de manifestantes pacíficos que retrocedía y volvía a avanzar según la densidad del humo, sin intención de abandonar la plaza. Todo esto –de lo que poco se informa–, sucedió mucho antes de los disturbios en las calles circundantes, mucho antes de que cayera la noche y, lamentablemente, instigadores y alborotadores –cuya tesitura moral guarda nula relación con la del grueso de los manifestantes– hicieran arder varios edificios del centro.
Esta violencia de reyerta la condenamos todos. Pero hay que condenar también la otra: la de un gobierno que, lejos de garantizar el derecho a la manifestación pacífica, gasea sistemáticamente a quienes tratan de ejercerlo para no sentirse cómplices de la injusticia; la de unos “representantes” de oídos sordos que no se atreven a asomarse siquiera a la ventana del parlamento para ver que, desde hace ya tiempo, gobiernan de espaldas a una ciudadanía cada vez más desesperada; la violencia de estar mintiendo reiteradamente a esa ciudadanía y de escamotearle un referéndum para pronunciarse sobre pactos que la comprometerán durante largos años y que están siendo firmados en su nombre por un gobierno colaboracionista de muy dudosa legitimidad democrática; la violencia de haber dejado a 30.000 personas sin hogar durmiendo entre cartones este invierno; la violencia de haber situado ya al 28% de la población del país bajo el umbral de la pobreza; la violencia de condenar a una generación al paro, o a la miseria de ser contratado por 500 euros y acribillado a impuestos; la violencia de cortar el suministro eléctrico a las familias mientras se subvenciona a fondo perdido a la banca; la violencia de estar desmantelando el Estado social y democrático para pagar la insensatez de los políticos y el descontrol de la especulación. Esta es la violencia que hay que condenar, la impune violencia de guante blanco, la violencia impoluta de los hipócritas que callan sabiéndose cómplices de un sistema que produce a manos llenas misera, explotación, colonialismo, guerra y muerte, y, sin embargo, hacen un consternado gesto de repulsa cuando ven arder un contenedor de basura.
Pedro Olalla. Atenas, 13/02/2012

Estupidez

La naturaleza de algunos hombres, especialmente los que se han entregado a la tarea política, propende a la corrupción. Basta con el hecho de que el poder los roce o que las elecciones los santifiquen para que sus ideas, intenciones y deseos, se conviertan en materia, en la seca y mísera materia con que se destruyen todas las ilusiones.
El pueblo parece haberse acostumbrado al diario saqueo al que es sometido por unos políticos rapaces que conciben su actividad como la de un depredador siempre dispuesto a exprimir, hasta la última gota, la sangre de sus presas.
Mas, a pesar de que la actividad política parece atraer a toda una larga lista de rufianes, a pesar de que la corrupción produce repugnancia en la conciencia de cualquier persona honrada y marchita a diario la raíz de todo estado de derecho, hay algo que me parece todavía más grave, más decisivo, que demuestra casi definitivamente el curso final de la historia de una sociedad.
No es fácil definirlo con una sola palabra ni precisarlo con una frase sencilla y certera. Los síntomas son varios y, con demasiada frecuencia, se camuflan con los que producen otras enfermedades de origen político: desencanto, resignación, pesimismo... El pueblo parece entregado, dispuesto, decidido a soportar toda la carga de iniquidad que la casta política le obliga a llevar sobre sus espaldas.
En el punto álgido su enfermedad, la gente común, aquella sobre la que se asienta todo el poder de los estados y de los gobiernos, parece inclinarse a admirar a los políticos corruptos, parece incluso envidiarlos, deslumbrada por la magnitud de sus ganancias, por el descaro de su riqueza y la dimensión de su poder. Entonces, febril como un enfermo incurable, los vota de nuevo, los defiende de los tímidos intentos del estado por poner coto a sus iniquidades y, finalmente, se deja gobernar de nuevo con resignación, pasivamente, por los mismos hombres que no sólo la engañan sin el más mínimo pudor, sino que la despojan, poco a poco, de todo ápice de dignidad.
No es fácil comprender la razón por la que esto sucede. Sin embargo, si cualquiera de nosotros estudia con calma los datos cotidianos, habla con la gente sobre los sucesos que caracterizan su vida diaria, y observa la pasión con que casi todo el pueblo vuelca sus afectos y frustraciones en las actividades privadas de aquellos que se autodefinen como famosos, comprueba rápidamente cómo la capacidad crítica ha sido completamente desactivada por un poder que fomenta, complacido, unos espectáculos públicos masivos basados en la más vergonzosa venalidad.
También es relativamente fácil constatar que la mayor parte de las personas valiosas, íntegras, capaces y sabias huye de la política como de una enfermedad incurable.
Si cualquiera de nosotros reflexiona un momento e intenta interpretar los síntomas que nos permiten identificar la enfermedad que parece haber hecho presa en nuestra sociedad, es muy posible que llegue a esta conclusión: la enfermedad no es desencanto, ni resignación ni pesimismo. La ascensión de los políticos corruptos, su permanencia en el poder, su inmunidad, están basadas en una enfermedad menos perceptible, pero mucho más grave: la estupidez.
Por eso la clase política cultiva con mimo el terreno sobre el que crece la droga de la estupidez.

Delfos: el ombligo del mundo

Delfos. Templo de Apolo
Delfos. Templo de Apolo.
El templo de Apolo visto desde su lado oeste. Este es uno de los lugares más impresionantes del mundo antiguo. Las Fedríades, rocas de aspecto amenazante, parecen rodear el templo con su manto de piedra.
La historia ha ocurrido en lugares que no siempre parecen reflejar los sucesos que se fraguaron sobre ellos, como si no estuvieran a la altura de su fama. Con frecuencia, el viajero que busca algo más que la vacía contemplación de un paisaje, de un templo o de un campo de batalla, parece no reconocer el lugar que tiene delante de sus ojos, defraudado quizá por la magnitud de lo que había imaginado y desorientado por la austeridad, la pequeñez o la aparente fragilidad de lo que contempla.
Mas éste no será el caso de quien contemple Delfos por primera vez, pues quizá ningún lugar de Grecia refleja tan imponentemente la importancia que la historia habría de reservarle. Delfos, el ombligo del mundo, el santuario panhelénico al que acudían gentes, ciudades y Estados de todo el mundo, la sede del oráculo más importante de la Antigüedad, el hogar del enigmático dios Apolo, se alza sobre uno de los emplazamientos geográficos más impresionantes de toda Grecia, flanqueado al norte por las nevadas cumbres del monte Parnaso y al sur por un mar de olivos que se extiende inmenso hasta las costas del golfo de Crisa, un lugar de aguas transparentes, un pequeño paraíso acariciado por las olas del mar Jónico.
En este lugar, antiguo y desconcertante, se escribió buena parte de la historia de la antigua Grecia.

1.- MITO
El ombligo del mundo


Después de su nacimiento en la inhóspita isla de Delos y de su viaje al lejano país de los hiperbóreos, en el lejano norte, Apolo buscaba un lugar en el que fijar la sede de su culto. Deambuló por toda Grecia sin saber con claridad dónde habría de escribirse su destino. Su padre Zeus, que contemplaba los afanes de su hijo con la calma de quien conoce el significado de las cosas, decidió ayudarlo en la elección del lugar en que habría de levantar su templo.
Tomó en sus manos dos águilas: lanzó una hacia poniente y otra hacia el sol naciente. Las dos aves volaron raudas como el viento, impulsadas por el poderoso remar de sus alas: atravesaron mares, océanos, tierras habitadas y desiertos, y, a punto de encontrarse, lanzaron sus agudos gritos al sobrevolar una las cumbres del Parnaso, otra los campos y barrancos del golfo de Corinto. Justo sobre Delfos, las dos águilas de Zeus juntaron sus garras y danzaron en círculo, anunciando a todos que aquel lugar en el que se habían encontrado después de rodear con su vuelo el orbe entero de la tierra, era el centro, el ombligo del mundo.
Delfos era ya la sede de un pequeño y modesto santuario, vinculado a Gea, la Tierra, y a Temis, la diosa de las leyes eternas, la sabia consejera del propio Zeus. Sobre ella había recaído hasta entonces la dura tarea de predecir el futuro, de adentrarse en los secretos del porvenir para comunicárselos a hombres y dioses que, confiados en su sabiduría, acudían a ella, agobiados por los trabajos del presente y los enigmas del futuro.
Apolo vio el encuentro de las dos aves encima del cielo de Delfos. Eufórico y agradecido, dijo:
“Aquí me procuraré un templo hermosísimo que sea por siempre oráculo para los hombres. Aquí vendrán todos los hombres, ya desde el sur, del fértil Peloponeso, ya desde Europa, la fértil, o desde las islas ceñidas por las corrientes del mar. Todos vendrán a mi oráculo a consultarme y yo les mostraré mi infalible determinación”. [1]

Lucha por la posesión de Delfos


Mas el dios, joven todavía, ignoraba que su templo habría de levantarse sobre los ecos de una dura lucha. En efecto, no lejos del lugar en el que había decidido edificarlo, una grieta penetra en la tierra. De ella brota un manantial fresco y cristalino que desciende desde el Parnaso por una fisura que se asienta entre los escarpados picos de Nauplia e Hiamia. El lugar invita a los caminantes a calmar la sed y el calor, pues, al lado del camino, brota una fuente de aguas transparentes, frías y dulces. Mas al lado de la fuente [2], junto a su corriente, vivía una gigantesca serpiente, de nombre Pitón. Apolo supo en seguida que aquella serpiente representaba un peligro mortal para su santuario y, a la vez, un  recuerdo incómodo del mundo del pasado. Decidió enfrentarse a ella y comenzar su dominio sobre Delfos con un gesto incuestionable de autoridad y de poder.
Fue una decisión que todos habrían de aplaudir, especialmente los asustados habitantes de aquellas tierras, pues Pitón, hija de Gea, cruel y sanguinaria, ocupaba su tiempo exterminando a todo aquel que se acercaba a la fuente, enturbiando las aguas de los otros manantiales que fluían desde el Parnaso y asustando a las ninfas, habitantes de los sombreados parajes de los cercanos bosques. Acechaba el ganado, quebraba las cepas de las viñas y las ramas de los olivos.
Apolo, acompañado por su hermana Ártemis, se acercó a la fiera con una flecha dispuesta sobre la tensada cuerda de su arco. Sin mediar palabra, sin dedicar a la bestia un solo gesto, disparó certero. Herida de muerte, Pitón comenzó a jadear profusamente y, rodando por el suelo, abrumada por los dolores de la muerte, lanzó un grito indescriptible, exhalando su último aliento con la boca ensangrentada. [3]
Entonces, lleno de orgullo, se jactó Apolo, poseído por la gloria de aquella primera victoria. Con displicencia, sin un ápice de piedad, mirando a la serpiente con el desprecio de quien se siente superior, le dirigió estas palabras:
“Púdrete [4] ahora sobre la tierra que nutre a los hombres. Ya no serás más una carga aciaga para los hombres, que, comiendo los frutos de la fértil tierra, me harán aquí hermosos sacrificios. En este lugar te pudrirá la negra tierra y los radiantes rayos del sol”. [5]
Una alegría sin nombre invadió el corazón de quienes poblaban la fértil llanura de Crisa. Agradecidos, instauraron en honor del dios que había liberado sus tierras unos juegos que recibieron, en recuerdo de la hazaña de Apolo, el sobrenombre de “píticos”. Durante siglos, gente procedente de todos los rincones de Grecia habría de viajar a Delfos para conmemorar esta prueba del afán civilizador de Apolo: la derrota y muerte de la serpiente Pitón, símbolo del pasado, de un mundo que ya no habría de volver nunca.
Vencida Pitón, nada detuvo al dios. Delfine, el otro ser guardián de Delfos, huyó sin enfrentarse con Apolo. Su cuerpo mitad mujer, mitad serpiente, desapareció para siempre de los recuerdos de la gente.
Temis tampoco opuso resistencia, vencida por el convencimiento de que su tiempo había terminado. Caminó con Apolo por los lugares que siempre habían sido su hogar desde los lejanos tiempos en que Gea, la Tierra, había alumbrado el mundo en medio de terribles convulsiones, y se rindió al poder de aquel dios joven, henchido de energía. Sin temor, sin angustia, con la sensación de que liberaba su mente de un peso que ya era insoportable, comunicó al hermoso Apolo los secretos del futuro.
Cuando se fue, no miró hacia atrás. El paisaje que poblaba sus ojos era todo el horizonte.

El oráculo de Apolo


Apolo era ya el dueño de la tierra délfica. Sobre las quebradas de las Fedríades, rodeado por cientos de cornejas que graznaban a su alrededor, intentó contemplar el futuro, penetrar en el interior del templo que habría de alzarse sobre una terraza, encima del valle.

Delfos. Templo de Apolo. Entrada principal
Delfos. Templo de Apolo. Entrada principal
Entrada principal al templo de Apolo, corazón del oráculo. La niebla y la nieve cubren en invierno el santuario de Delfos, quizá el lugar religioso más importante de toda la Antigüedad.
Cierra los ojos. Ve entonces el dios su templo, y se fija en la inscripción que resalta sobre su entrada: γνωθι σεαυτόν “Conócete a ti mismo”. Arruga su tersa frente, preguntándose por el significado de aquellas palabras que serían en el futuro uno de sus símbolos. Camina hacia el interior del edificio cargado de un olor dulce y penetrante, y en el ádyton, la parte más recóndita, el lugar más sagrado, consagra un trípode al lado de un laurel cuajado de hojas, recuerdo de su infortunado amor por Dafne [6]. Coloca el trípode sobre una grieta de la tierra; una grieta de la que mana un soplo imperceptible para los mortales. El soplo que hará posible a los hombres el conocimiento del futuro.
Ve entonces a la pitia [7], una mujer sentada sobre el trípode sagrado: parece sumida en un trance, poseída por el deseo de penetrar en el futuro. Es una anciana de gesto inexpresivo, está pálida y tiene el cuerpo agarrotado, los ojos en blanco, y no deja de masticar hojas de laurel mientras respira profundamente el soplo que surge de la grieta de la tierra [8].
Cuando su trance parece llegar al punto culminante, su rostro se crispa, sus labios se entreabren dejando al descubierto el verde espumarajo en que se ha convertido el laurel, fermentado en su boca. Entonces, rígida como una columna, deja escapar del interior de su boca un rugido que no parece surgido de las entrañas de su cuerpo, sino de alguna sima de la tierra. Es la voz del futuro, la respuesta de Apolo a los enigmas que los hombres le plantean. Sólo unos pocos sacerdotes, servidores del templo igual que ella, tienen el privilegio de escuchar aquella voz. Todavía son menos los que alcanzan a entenderla.

2.- HISTORIA
Siglos de olvido


Sobre las ruinas de lo que fue el antiguo santuario oracular, se alzó un pueblo llamado Castri. Utilizando material de los antiguos edificios, la gente construyó sus casas, sus establos y sus corrales. Durante mucho tiempo los ecos de la historia de este lugar apenas resonaron en este grandioso paisaje, junto a la sagrada fuente Castalia, cuyo manantial discurre entre las impresionantes Fedríades, los dos salientes rocosos del Parnaso que dominan el valle sobre el que se asentó el santuario de Delfos.
Mas en el siglo XIX, con el auge de la arqueología, se crearon en Grecia una serie de instituciones extranjeras cuyo objetivo era promover la investigación arqueológica. Entonces el santuario de Apolo, enterrado por la acción combinada del tiempo, los terremotos y la actividad humana, comenzó a ser rescatado del olvido: la Escuela Francesa de Atenas obtuvo un permiso del gobierno griego para poder realizar una excavación completa en Delfos.
La hora de confrontar el mito con la historia había llegado.

Una excavación titánica


El primer problema que planteaba la excavación arqueológica de Delfos era verdaderamente difícil: había que destruir por completo la aldea de Castri para poder tener acceso a los niveles arqueológicos. Sólo la intervención del gobierno francés hizo posible que el proyecto siguiera adelante. En 1891, la Cámara aprobó un crédito de 400.000 francos (una cantidad de dinero muy importante para la época) para poder cubrir las indemnizaciones que debían cobrar los habitantes de Castri.
En 1893 comenzó a escribirse una de las páginas más impresionantes de la historia de la arqueología. La aldea fue borrada del mapa y el lugar cubierto con una red de vías de ferrocarril que sirvió para evacuar miles de metros cúbicos de escombros. Numerosas cuadrillas de obreros se turnaron casi sin descanso a las órdenes de E. Bourget, P. Pedrizet y otros miembros de la Escuela Francesa. En el lugar había la tensión que late en los momentos previos a los grandes descubrimientos. En realidad, los hechos confirmaron (y aun rebasaron) muy pronto todas las expectativas.
La excavación siguió más o menos el curso de la llamada Vía Sacra, el camino que seguían los peregrinos que llegaban a Delfos. Muy pronto se descubrió un pequeño edificio (el tesoro de los atenienses) que llenó de esperanza a todos los que participaban de los trabajos. A este descubrimiento siguieron otros todavía más importantes: el tesoro de los sifnios, el teatro y el templo de Apolo, además de un número importante de estatuas, entre las que se encuentra el famoso Auriga de Delfos, una obra en bronce que es considerada hoy día como una de las piezas maestras de la estatuaria griega.

Auriga de Delfos
El rostro enigmático y melancólico del Auriga de Delfos

Por todas partes, en los muros que flanquean la Vía Sacra, en las bases de las estatuas y en cualquiera de las muchas piedras talladas que yacen desperdigadas por todo el recinto, aparecieron inscripciones de todo tipo. Muchas son frases de agradecimiento al dios, escritas por toda suerte de fieles a los que Apolo había ayudado de alguna manera. Otras tienen notaciones musicales que, todavía hoy, siguen sin ser definitivamente interpretadas. Delfos es un verdadero libro cuyas hojas de piedra guardan secretos que están todavía por contar.
Finalmente, fueron sacados a la luz otros dos recintos: uno de ellos es un estadio, ubicado en la parte más alta del área de excavación del santuario; el otro es un santuario, situado más abajo que el de Apolo, al otro lado del camino. Se trata de un espacio dedicado a la diosa Atenea, que es conocido hoy día con el nombre de Atenea Pronaía. En su interior se encuentra una thólos, edificio circular que forma parte de las imágenes más conocidas de Delfos.
Por fin, en el año 1903 el lugar fue entregado solemnemente a las autoridades griegas. Se había construido un museo para albergar los tesoros descubiertos. A pesar de que la Escuela Francesa dio por concluida la “gran excavación”, los trabajos nunca han cesado hasta nuestros días.

3.- UN LENGUAJE OBLICUO DEL ORÁCULO


El hecho de que Delfos atrajera la atención de los arqueólogos se debe a que es uno de los lugares angulares de la civilización griega. Su presencia es permanente en todas las muestras del espíritu griego: arte, literatura... Su excepcional importancia se debe, sobre todo, al oráculo, que funcionaba en el lugar mucho antes de la época en que fue asociado con el dios Apolo. La posibilidad de penetrar en el futuro debió de ser un poderoso imán que atrajo a gente de todo tipo, deseosa de conocer lo que el porvenir habría de depararlos en un mundo presidido por la violencia.
La importancia política del santuario fue tal que toda decisión que afectara a cualquiera de las ciudades-estado griegas se tomaba tras haber consultado antes el oráculo. Los reyes persas y los faraones egipcios llevaron ofrendas al templo e, incluso, se procuraron su benevolencia en no pocos conflictos con los griegos. Desde el punto de vista político, Delfos fue también un lugar de jerarquía internacional.
Mas las respuestas del dios eran siempre ambiguas, enigmáticas y, con frecuencia, difíciles de interpretar correctamente.
Temístocles, estratego ateniense durante los difíciles días de la segunda guerra contra los Persas (480 a. C.), consultó al oráculo de Delfos cuando el ataque persa contra Atenas parecía completamente inevitable. Apolo, a través de la pitia, contestó: “buscad refugio en la ciudad (o en el muro) de madera”. Tal respuesta parecía aludir claramente a la acrópolis, cuyos edificios eran entonces, en su mayoría, de madera. Mas Temístocles, hombre hábil e inteligente que había comprendido desde hacía tiempo que la salvación de Atenas estaba en el poder de su flota de guerra, convenció a la Asamblea de que el dios se refería no a la acrópolis sino a los barcos. La “ciudad de madera” era la flota. Los atenienses abandonaron su ciudad, desembarcaron a las mujeres, ancianos y niños en las playas de la isla de Salamina y esperaron a los persas en los angostos estrechos que separan sus costas del continente. En la batalla de Salamina (septiembre de 480 a. C.) los persas fueron completamente derrotados y la historia de occidente tomó un rumbo que todavía no ha abandonado en nuestros días. Temístocles interpretó bien el oráculo.
Muchos otros no tuvieron tanta suerte.



[1] Himno a Apolo 287 y ss.
[2] Esta fuente fue conocida después con el nombre de Castalia. Desde su manantial, en el que debían purificarse todos los peregrinos, partía la Vía Sacra que conducía hasta el oráculo del dios. Todavía hoy sigue manando.
[3] Himno a Apolo 357 y ss.
[4] El significado exacto de la palabra Pitón se nos escapa. En el texto del Himno a Apolo (versos 372 y ss.) parece que hay un juego de palabras con el verbo pýtho, que significa “pudrirse”. En efecto, quizá la relación entre el nombre de la serpiente y el sobrenombre “Pitio” que adopta Apolo se debe a que fue allí mismo donde el calor del sol hizo que se pudriera el cadáver de la serpiente. Sin embargo, ya en la Antigüedad se proponían otras etimologías, como la que relaciona el nombre de la serpiente con pythésthai ‘informarse’, significado que cuadra muy bien con la historia oracular del lugar.
[5] Himno a Apolo 363 y ss.
[6] Dafne (palabra que en griego significa “laurel”) es hija de la Tierra y del río tesalio Peneo. Apolo se enamoró perdidamente de ella y la persiguió con el deseo de poseerla. La muchacha, ajena al deseo amoroso, pidió a su padre ayuda antes de caer en los brazos del dios. Entonces, cuando Apolo iba a abrazarla, se transformó en laurel.
[7] Pitia es el nombre con el que era conocida la mujer que entraba en trance para comunicarse con Apolo. El nombre recuerda la época en que Pitón, la serpiente vencida por Apolo, era la guardiana del santuario.
[8] Una antigua tradición refería que en Delfos había un khásma gês, es decir, una “grieta de la tierra” de la que emanaba un gas (pneûma) de efectos más bien inexplicables. Plutarco nos da detalles muy interesantes sobre esta tradición (completamente verídica, a mi juicio) en su obra La desaparición de los oráculos. Personalmente he tratado este asunto en mi libro El rayo y la espada I, Alianza Editorial, Madrid 2008, en cuyas páginas puede encontrar el lector interesado una exposición amplia sobre las causas externas e internas que, a mi juicio, explican el trance adivinatorio de la pitia.

La amenaza de la democracia (III)

Claude Lorrain. Adoración del becerro de oro
Claude Lorrain. Adoración del becerro de oro

En este tercer artículo de la serie dedicada a estudiar las raíces de la crisis que nos atenaza, voy a tratar de explicar alguna más de las causas que, a mi juicio, han hecho entrar a nuestro país en un camino del que nos va a ser muy difícil salir. En el artículo anterior analizaba las amargas consecuencias de la desaparición de los estudios de humanidades de los planes de estudio, y cómo la irrupción en ellos de lo que he llamado “nuevas humanidades” ha asentado las bases de un nuevo tipo de sociedad en la que el ser humano ha sido desplazado del centro del sistema, arrinconado por los criterios que esas nuevas humanidades han considerado prioritarios.

El oro del becerro


La Biblia cuenta (Éxodo, 32) que los hebreos, poco después de salir de Egipto conducidos por Moisés, cometieron un acto de idolatría que irritó profundamente a Moisés y a su dios, Yahvé. Mientras Moisés permanecía en el monte Sinaí, a cuya cumbre había subido para hablar con Yahvé, los hebreos se sintieron solos, desamparados ante la ausencia del hombre que les había conducido hasta allí. Los días pasaban y el sentimiento de soledad se acentuó hasta tal punto que, reunidos ante Aarón, el hermano de Moisés, le pidieron que les construyera la imagen de un nuevo dios, pues Yahvé los había abandonado.
Aarón pidió que le entregasen el oro que llevaban (pendientes, anillos…), lo fundió y construyó con él la imagen de un becerro, al que los hebreos adoraron y en cuyo honor hicieron sacrificios.
Supongo que mis lectores saben cómo sigue este relato bíblico, vinculado con la aparición de los diez mandamientos. No es mi intención centrarme en él sino, como suelo hacer con cualquier otra narración mítica, en el fondo, en el sustrato que hace posible su misma existencia. La imagen, en efecto, del pueblo hebreo sintiéndose abandonado por su líder (Moisés) y por su dios (Yahvé) es, a mi juicio, muy ilustrativa, y evoca muy vívidamente la situación en la que nos encontramos hoy día.
En su maravilloso libro El miedo a la libertad, el humanista Erich Fromm explica con extraordinaria brillantez los riesgos a los que el ser humano se enfrenta cuando se siente solo (sin líderes ni dioses que lo tutelen y lo guíen), y se ve abocado a gestionar por sí mismo su propia libertad. Los hebreos, recién salidos de Egipto, se sintieron solos cuando Moisés se retiró para hablar con Yahvé, y, ante la perspectiva de marchar sin su líder hacia el futuro, sintieron tanto miedo que, inmediatamente, se procuraron un dios al que adorar, un nuevo dios que justificara su miedo y su desesperanza, como si la inexistencia de un líder en la tierra y un dios en el cielo les hubiera inundado de un sentimiento de insoportable orfandad.
En estos momentos, la sociedad occidental se encuentra en un momento difícil. Los valores que la han hecho prosperar en todos los sentidos, han sido puestos en cuestión y, en cierta medida, abandonados. Países de larga historia parecen haber olvidado de repente las razones que los hicieron grandes. Por otra parte, las creencias religiosas han perdido fuerza y ha prosperado un tipo de persona, religiosa sólo en apariencia, “no practicante” ni comprometida con los ritos o con las obligaciones impuestas por la religión.
La experiencia, el conocimiento, el rigor y, en suma, el humanismo (tal como lo habíamos entendido hasta la etapa final del siglo XX), han sido desplazados o situados en un segundo término. El criterio de lo útil, de lo práctico, se ha impuesto al amparo de una nueva tecnología, la informática, que ha cambiado radicalmente nuestra forma de vida y ha transformado el universo de las relaciones humanas.
En una palabra, hemos demolido la casa en la que habíamos vivido durante buena parte de nuestra historia. Y lo hemos hecho antes de construir otra nueva, antes de tener un sitio en el que, al menos, refugiarnos. Llevamos años viviendo al raso, sin poder protegernos del sol y de las heladas, mirando hacia un horizonte que no sabemos dónde está. En una situación así los bandidos prosperan.
Mas, poco a poco, el nuevo mundo, la nueva casa en la que habrán de vivir nuestros hijos y nuestros nietos, parece que empieza a vislumbrarse. Como los hebreos expulsados de Egipto, hemos comenzado a moldear un único dios al que adorar, al que seguir. Y, si se me permite el juego de palabras que da título a este artículo, nuestro nuevo y todopoderoso dios no es el becerro de oro, sino el oro del becerro. El dinero ha pasado de ser el poderoso caballero de Quevedo a ser la omnipotente divinidad en cuyo nombre todo es posible, todo es plausible, todo es legal.
Los nuevos sacerdotes de ese dios no tienen rostro ni viven en templos; habitan en las bolsas de Nueva York, Londres, Pekín…, en los locales de las agencias de calificación (Standard & Poor’s, Fitch, Moody’s), en los despachos de los bancos, en las cloacas de los edificios gubernamentales, en las redacciones de los periódicos, en las emisoras de televisión y en el lado oscuro de cada uno de nosotros. No entienden de sufrimiento ni de justicia, y no conocen otra obligación que acumular dinero, aunque a su alrededor el resto del mundo se desmorone poco a poco.
Estos son los sacerdotes que nos gobiernan,  los prelados adoradores del oro del becerro: los bancos, los “mercados” y quienes obedecen sus dictados como si se tratara de preceptos y mandatos de una nueva religión cuyo dios supremo, el dinero, no tiene rostro humano, pues el hombre ya no presta su semblante, como antaño, para forjar la imagen de los dioses.
En España, y en Europa, ese nuevo dios tiene nombre: Euro. Está prohibido abandonarlo, volverle la espalda, abdicar de su fe. Si alguno de los países europeos se atreve a plantearse abandonarlo, los sacerdotes, sus adoradores, amenazan con castigos terribles: el infierno de la pobreza, el calvario de la marginación, la condena a una eterna indigencia. Cualquier cosa antes que abandonar al dios Euro, pues sin él pronto declinaría el negocio de sus poderosos servidores.
En nuestro país, la religión del dios Euro parece haber calado hondo, pues, bajo la teatral mirada de quienes nos dirigen (que hablan de tragedia sin verter una sola lágrima) la cifra del paro aumenta cada día. El drama de familias enteras que no ingresan ya ni un solo euro para poder subsistir es claramente secundario frente al equilibrio de las cifras, frente a la austeridad en los presupuestos. Ninguno de los dirigentes de los grandes bancos ni, por supuesto, ninguno de los dirigentes políticos, sus monaguillos, está dispuesto a poner en cuestión la raíz de la desigualdad, la raíz de la injusticia de una religión que asume sin pestañear que los dirigentes de las grandes empresas ganen ¡mil veces más que sus empleados!, disfruten de pensiones de retiro propias de magnates y ni siquiera se planteen asumir ni una mínima parte del coste de una situación que, en grandísima medida, han provocado ellos mismos.
Predican la austeridad, como los Papas, desde los balcones de sus palacios. Congelan el salario mínimo, reducen el sueldo de los empleados públicos, cierran guarderías, suprimen subvenciones a centros de ancianos, a dependientes impedidos, y, poco a poco, van haciendo que el desánimo se adueñe de toda la sociedad y que la mayor parte de la gente acepte que la única manera de salir de la crisis es volver a una especie de estado de vasallos, basado en la aceptación de reformas retrógradas, salarios de miseria y trabajo propio de esclavos.
¿Qué hacer para frenar a estos nuevos reyes-sacerdotes? ¿Cómo puede pararse ésta lenta e inexorable muerte de la sociedad de los derechos que nuestros abuelos y padres forjaron a base de sangre y sudor? ¿Cómo sacar del poder a los adoradores del oro del becerro? ¿Hay esperanza?
La respuesta es, a mi juicio, una sola: democracia y educación. Mas ¿qué clase de democracia? ¿Qué clase de educación? ¿Una democracia como la que tenemos? ¿Un sistema educativo como el que tenemos?
Intentaré contestar a estas preguntas en el próximo artículo de esta serie.

Ejército

Hoy han llegado al campamento los cuerpos de los soldados caídos en el frente. Fueron sorprendidos en una emboscada perpetrada por ese enemigo invisible que no tiene cara, que golpea y se va, igual que una riada o un terremoto. Sobre la explanada donde se ofició la ceremonia religiosa, se escenificaron todos los gestos de dolor, toda la panoplia de frases hechas, de ritos funerarios previstos para cantar a los héroes muertos. Algunos ojos pugnaban con esfuerzo por alumbrar alguna lágrima, muestra física y explícita del dolor adecuado.
Todos contemplábamos la escena con la calma propia de soldados acostumbrados a los campos de batalla, a los escenarios en que la sangre se derrama a diario en un ciclo incesante, perenne, casi natural. Entre quienes fuimos sus compañeros el dolor apenas emite señales, no aparece poco a poco, sino que revienta de repente o, por el contrario, permanece oculto, apostado como una fiera entre la enmarañada maleza de nuestros sentimientos. Habituados a la muerte, contemplados siempre por quienes no saben muy bien si somos benefactores o enemigos, nuestro dolor está fondeado muy profundamente en la rada de nuestras emociones.
Entre las autoridades, los oficiales, los amigos y, quizá, los familiares, el dolor siempre parece más visible, como si les sorprendiera la muerte, como si acabaran de comprender que guerra y muerte, sangre y ejército, dolor y venganza son parejas estables, caras idénticas que identifican con la precisión de un retratista el aspecto sombrío de nuestra civilización.
Los muertos eran jóvenes, apenas unos niños. Se alistaron creyendo que su juventud les hacía inmortales, que la muerte se ceba con los otros, con los desesperados habitantes de estos mundos que nosotros mismos arrasamos. Algunos de ellos, extranjeros desesperados en busca del derecho de ciudadanía romana, deslumbrados por una soldada que en sus lugares de origen ni siquiera pueden imaginar, se alistaron en nuestro ejército, convencidos de que no tenían alternativa: el ejército y la guerra o la pobreza. La nada.
No puedo evitar un escalofrío de indignación cuando oigo los discursos de las autoridades expresando las opiniones oficiales que serán difundidas finalmente entre la gente. Hablan de atentado, de asesinato, de soldados muertos cuando desempeñaban una misión de paz. Nadie parece querer analizar por qué estamos aquí. Nadie parece preguntarse las razones por las que muchos de nosotros, nacidos en partes lejanas del mundo, nos alistamos en el ejército romano. Nadie parece estar dispuesto a aceptar que la razón no es el patriotismo, sino la desesperación.
Mañana seguiremos aquí, cuando el eco de lo que ha sucedido comience a debilitarse. En los rostros de los habitantes de este país seguiré viendo los mismos rasgos, las mismas señales que veía en los rostros de mis compatriotas en la lejana tierra en que nací: el olor de la pobreza; las huellas de la injusticia; el veneno de la desigualdad. El hambre.
Estos son los sentimientos artífices de todos los ejércitos. El patriotismo es sólo un lujo de los poderosos.

Virgilio: el humilde recuerdo de un genio

Neoptólemo, hijo de Aquiles, mata al anciano Príamo.
Vaso ateniense de figuras negras del siglo VI a. C., conservado en el museo del Louvre. Neoptólemo ataca a Príamo llevando de un tobillo al hijo de Héctor, Astianacte.
Con frecuencia siento que toda traducción es casi imposible, pues la traición al sonido de la lengua que uno pretende traducir es completamente inevitable. Podemos reproducir el significado de los textos que intentamos comprender, pero, inevitablemente, hacemos saltar por los aires el significante. Esta sensación es particularmente intensa cuando uno se enfrenta con la traducción de textos latinos.
No hay lengua más concisa que el latín. A veces sus palabras (cada una de sus palabras), hermosas en su extrema desnudez, expresan con la más deslumbrante nitidez lo que una frase entera en la lengua que pretende traducirlas. El latín es la lengua de un pueblo duro, austero, acostumbrado a resistir, a levantarse después de cada golpe.
Un poeta nacido muy cerca de Mantua elevó la proverbial concisión y austeridad del latín a esa cima, inalcanzable para la mayoría de los mortales, a la que sólo logran llegar los verdaderos genios. Y lo hizo casi de puntillas, sin ser consciente de que en cada uno de sus versos late, inimitable, el corazón de una lengua que hizo de la concisión, de la claridad, su razón de ser. Su nombre es Virgilio, y nació en el año 70 a. C.
Tenía ya cuarenta años cuando inició la tarea de componer su Eneida, una obra en la que no dejó de trabajar hasta el momento de su muerte. Tal como ha llegado hasta nosotros, la Eneida no pudo ser revisada por su autor, y tal como sabemos por los testimonios de Servio y Donato (comentaristas de Virgilio), en el momento de su muerte (acaecida en el año 19 a. C., a la edad de 51 años), Virgilio tenía el proyecto de invertir tres años en la corrección de la obra.
Instantes antes de morir, el poeta dio instrucciones para que su obra, a la que consideraba poco más que un boceto, fuera quemada. Afortunadamente para todos nosotros, Octavio Augusto, quien se la había encargado, lo impidió. Así pues, conservamos la Eneida contra la voluntad de su autor.
Virgilio fue enterrado en Nápoles, la ciudad en la que había vivido la mayor parte de su vida. La tradición nos dice que él mismo compuso el epitafio que fue grabado sobre su tumba, aunque es muy improbable que lo hiciera. Aun así,  sorprende por su sencillez y su modestia:
Mantua me genuit, Calabria rapuere, tenet nunc
Parthenope: cecini pascua, rura, duces. 
‘Mantua me dio la vida, Calabria me la arrebató. Ahora me posee
Parténope; canté a los prados, los campos, los héroes’.
Un epitafio escueto, austero y simple, de una extrema concisión. Sólo doce palabras en las que quedan reflejados los hechos más significativos de su vida: su nacimiento en Mantua; su muerte en Calabria y su sepultura en Parténope, el mítico nombre de la ciudad de Nápoles. La parte final alude a su obra: tres palabras que esconden las Geórgicas (‘prados’), las Bucólicas (‘campos’) y la Eneida (‘héroes’).
En sucesivos artículos mostraré a mis lectores algunos fragmentos de Virgilio y de otros poetas romanos (Ovidio, Horacio, Lucrecio, Catulo…) Basten como muestra del arte de Virgilio estos versos que relatan el final de Príamo, el poderoso rey de Troya.
Después de ser asesinado por Pirro (o Neoptólemo), el hijo de Aquiles, que lo arranca del altar para matarlo, Virgilio escribe:
Haec finis Priami fatorum, hic exitus illum
sorte tulit Troiam incensam et prolapsa uidentem
Pergama, tot quondam populis terrisque superbum
regnatorem Asiae. Iacet ingens litore truncus,
auulsumque umeris caput et sine nomine corpus. 
‘Éste fue el fin de Príamo, su destino; éste desenlace
le tocó en suerte: contemplar Troya en llamas,
ver Pérgamo derrumbada. Él, en otro tiempo señor
de tantas tierras y pueblos, monarca de Asia.
Un enorme cuerpo yace en la ribera,
la cabeza arrancada de los hombros.
Un cadáver sin nombre’.
(Eneida 2. 554 y ss.)
Quizá esta sencillez es la que cautiva a Antonio Colinas cuando en un poema de su obra Noche más allá de la noche escribe:
Al fin cae la cabeza hacia un lado y sus ojos
se clavan en los ojos de otro herido que escucha:
“grabad sobre mi tumba un verso de Virgilio”.

Los cimientos del Humanismo

teatro Mileto
Vista parcial del teatro de Mileto. La ciudad de Mileto languidece hoy, rodeada de marismas por todas partes, hacen muy difícil visitarla.

El nacimiento del pensamiento racional


Los antiguos griegos utilizaban una palabra cuando querían referirse a lo que nosotros llamamos ‘pensamiento racional’. La palabra era λόγος (lógos). De esta palabra deriva nuestra lógica y toda esa caterva de términos más o menos técnicos que acaban en –logía, -lógico, –logo, etc. En realidad, con el uso de lógos en el sentido de ‘pensamiento racional’, ‘razón’, los griegos nos dieron una muestra realmente extraordinaria de su pensamiento interno, pues la palabra λόγος proviene del verbo λέγω, cuyo significado es literalmente ‘decir’. Así pues, la primera y más literal traducción de λόγος es ‘palabra’, lo que nos autoriza a deducir que para quienes inventaron tal término, la razón, el pensamiento racional, estaba profundamente unido a la palabra.
Ciertamente, siempre he creído que la palabra es el alma del pensamiento y, en ese sentido, he repetido muchas veces a mis alumnos la certera frase de L. Wittgenstein (Tractatus, 5.6): “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Pensamiento y palabra caminan de la mano a lo largo de la historia, especialmente en Grecia, pues la lengua griega se adapta a las necesidades del pensamiento quizá como ninguna otra.
Pero ¿por qué en Grecia? ¿Por qué allí?
Creo que hay varias razones que pueden explicar este hecho. La primera de ellas es la ausencia de libros sagrados y, en general, de sacerdotes que velaran por el acatamiento y cumplimiento de un cuerpo doctrinal único y fijo. Este hecho permitió muy pronto la libre circulación de las ideas, sin el ceñidor de una religión y un clero oficiales como en Egipto, por ejemplo.
La colonización, especialmente del Mediterráneo oriental, explica también este proceso. Por necesidades de distinto tipo, los antiguos griegos entraron en contacto desde el siglo VIII a. C. con multitud de pueblos diferentes, lo que les obligó (y les enseñó) a contrastar costumbres, religiones, teorías…, y, de paso, propició la aparición de conflictos sociales. En aparente paradoja, los conflictos sociales hicieron posible la intervención de los ciudadanos en la vida pública y favorecieron un ambiente creciente de libertad. En este ambiente se inició por primera vez la actividad política.
Finalmente, en una sociedad cada vez más compleja (como ocurre con la nuestra), en un mundo cuya cotidianeidad había cambiado para siempre, se hizo necesario un tipo de conocimiento que permitiera hacer ciertos cálculos (de navegación, por ejemplo) para los que ya no servían los antiguos adivinos. El pensamiento racional surgió por la necesidad de resolver problemas cotidianos de naturaleza muy diversa, y en todos los ámbitos: sociales (el Estado); políticos (la pólis); ciéntíficos (navegación, física…).
La ciencia y la libertad nacieron del mismo vientre, en el mismo suelo y en la misma época. Y, sin ruido, casi de puntillas, una expresión se abrió paso hasta aparecer con asiduidad en los textos de Heródoto, Platón o Jenofonte: τα ανθρώπινα (tà anthrópina) ‘las cosas humanas’ o, mejor, ‘lo humano’. Es un nuevo concepto que rápidamente se introduce, desde el ámbito religioso, en todos los contextos.

Una nueva forma de pensar


Así pues, en Grecia, especialmente en la costa de Asia Menor (actual Turquía) vio la luz una nueva manera de pensar basada en la razón y en el lenguaje (lógos), no en la imaginación (mýthos). Poco a poco se fue abriendo paso el concepto de individuo, que puso a los hombres en el camino de aceptar su propia responsabilidad, prescindiendo de la tutela de unos dioses que hasta entonces, habían estado omnipresentes.
No fue fácil, pues la responsabilidad individual y la libertad todavía hoy nos siguen produciendo un cierto miedo. Mas, a pesar de todo, a pesar de las enormes dificultades que entrañaba un mundo completamente desconocido y, repentinamente, vaciado de las explicaciones religiosas que habían dado sentido a todas las preguntas, algunos griegos fueron comprendiendo primero y acuñando después las palabras que habrían de alumbrar un mundo nuevo. Entre todas ellas, dos brillan, y siguen brillando, con una fuerza cada vez más poderosa.
La primera es φύσις (phýsis), una palabra muy compleja, que solemos traducir por ‘naturaleza’. Por primera vez se buscan y estudian las leyes de la naturaleza; comienza a percibirse que el mundo cambia constantemente y se entiende tal cambio como una generación: todo nace, surge, se desarrolla y muere, para volver a surgir de nuevo. La phýsis es todo aquello que se genera ante nuestros ojos, lo que las cosas son, independientemente de las apariencias y de los cambios. En muy poco tiempo, apenas un suspiro en términos históricos, la palabra phýsis designa todo aquello que permanece a través de los cambios.
Y en este momento, cuando el estudio de la naturaleza y sus leyes ocupa una parte principal de las preocupaciones y los anhelos de algunos griegos, esos mismos hombres, habitantes casi todos ellos de la Jonia asiática, de la costa de Asia menor, entienden que debe de haber también una ἀνθρωπίνη φύσις, una ‘naturaleza humana’, con sus propias leyes, sus propios cambios y su propia esencia. A partir de entonces comienza de verdad, en un sentido profundo, el humanismo, la corriente de pensamiento que habrá de impregnar hasta nuestros días buena parte de la esencia de nuestro pensamiento. ¿Hay una naturaleza humana? ¿Existe tal naturaleza a pesar de los cambios políticos, sociales y personales que el ser humano experimenta permanentemente? ¿Puede identificarse esa ἀνθρωπίνη φύσις, definir sus características, su comportamiento? ¿Puede preverse la naturaleza humana? Estas preguntas resonaron con frecuencia en las conversaciones, en los mercados, en las escuelas.
La otra gran palabra es ἀλήθεια (alétheia), ‘la verdad’. La verdad que antes era revelada por los dioses, parece ahora que puede conocerse sin ellos. La alétheia puede ser revelada al hombre a través no de los oráculos, sino del estudio y la razón, y puede hacer que conozcamos un mundo oculto desde siempre. El papel que en el mito juegan los dioses y los adivinos, lo juega ahora el σοφός, ‘el sabio’, esa clase especial de persona a quien se revela lo que permanece oculto a los demás. El sabio es el hombre que no se queda en la diversidad de las cosas o de los fenómenos, sino que es capaz de descubrir el principio (ἀρχή) que los constituye.
En este sentido, la palabra alétheia es muy expresiva pues, relacionada con el verbo λανθάνω ‘pasar desapercibido’ (igual que λόγος con el verbo λέγω), significa literalmente ‘lo que no pasa desapercibido’.
Así pues, en Grecia se produjo, sobre todo a partir del siglo VII a. C., un intento de sustitución del mýthos por el lógos, es decir, la voluntad de sustituir las narraciones mítico-poéticas por otras de naturaleza racional que intentaban explicar el mundo y al hombre no como fruto de los caprichos de los dioses sino como fruto de un orden, de un kósmos regido por leyes que se pueden descubrir y entender.
Éste es, a mi juicio, el origen del humanismo. Y por eso los primeros sabios son también los primeros humanistas.

Primeros sabios. Primeros humanistas


Los primeros sabios nacieron, sobre todo, en ciudades prósperas, transformadas por el comercio y habituadas a enfrentarse con los nuevos problemas: Éfeso y Mileto. No eran sólo filósofos, como los conoce la tradición, sino sabios, los primeros hijos del lógos, hombres preocupados por conocer la phýsis (no en vano Aristóteles los llama φυσικοί, es decir ‘físicos’), para quienes es posible acceder a la verdad (alétheia).
El primero de esos sabios fue Tales, de la ciudad de Mileto. Sabemos relativamente poco de él, a parte de algunos tópicos que se han transmitido desde antiguo. Uno de esos tópicos hace de él un típico sabio despistado, ensimismado en sus asuntos:
Igual que se dice también de Tales, que mientras estudiaba los astros y miraba hacia arriba, cayó en un pozo, y que una hermosa y graciosa esclava tracia se burló de que quisiera conocer las cosas del cielo y no advirtiera las que tenía al lado de sus pies. (Transmitido por Platón, Teeteto 174 a).
Sin embargo, el hecho que asentó su fama entre sus coetáneos fue la predicción de un eclipse de sol. Según parece, utilizó su conocimiento del eclipse para evitar el enfrentamiento entre los ejércitos medo y lidio, a punto de entrar en batalla, y logró que se retiraran asustados. Hoy sabemos que el único eclipse de sol ocurrido en Asia Menor en época de Tales tuvo lugar en el año 585 a.C., por lo que aquella batalla (¡abortada por un sabio!) es el primer acontecimiento histórico fechado con absoluta certeza.
Tales también mantuvo que la luz de la luna provenía del hecho de reflejar la luz del sol, y explicó correctamente las fases de la luna y los eclipses de ésta y el sol basándose en el movimiento de ambos. Los dioses no tienen sitio en su explicación de la φύσις.
Otro de los primeros sabios fue Anaximandro, también de la ciudad de Mileto, que vivió entre los siglos VII y VI a. C. Algunos de los escasos fragmentos que conservamos de sus obras me han resultado siempre asombrosos. En uno de ellos trata de dar una explicación de los terremotos sin acudir a Poseidón y sus caballos que, en su galopar permanente, agitan la tierra bajo sus cascos.
Anaximandro dice que la tierra, al disecarse por una excesiva sequedad o después de la humedad de las lluvias, se abre en grandes hendiduras por las que penetra desde arriba un viento muy fuerte y constante que, a través de ellas, produce un estremecimiento de los propios cimientos de la tierra. Esta es la razón por la que se producen terremotos en tiempo de evaporaciones o de excesivas lluvias. (Transmitido por Amiano Marcelino 17.7.12)
En otro texto, transmitido esta vez por Cicerón, se nos dice que predijo un terremoto:
Los lacedemonios fueron advertidos por el físico Anaximandro de que abandonaran la ciudad y las casas, y pasaran la noche preparados en el campo, porque era inminente un terremoto. En aquella ocasión la ciudad entera se derrumbó y la cumbre del monte Taigeto se desgajó como la popa de un navío. (Transmitido por Cicerón, Sobre la adivinación 1. 50. 112)
En la introducción a esta sección he incluido otro texto de Anaximandro en el que intenta dar una explicación del origen del hombre de una manera que me parece casi inaudita, teniendo en cuenta la época en que la formuló. No resisto la tentación de repetir tal texto:
Anaximandro dice que el hombre se generó de animales de otras especies deduciéndolo de que las demás especies se alimentan pronto por sí mismas, mientras que el hombre necesita de un largo tiempo de amamantamiento. Por ello, si el hombre hubiera sido al principio tal como es ahora, no habría sobrevivido. (Transmitido por Ps. Plutarco 2 (12 A 10).
La aparición de hombres como Tales y Anaximandro nos puso a todos nosotros en una senda que, desgraciadamente, hemos empezado a abandonar desde hace algún tiempo. Deslumbrados por el esplendor de la tecnología, seducidos por el poder del dinero y del bienestar material, hemos tomado otro camino, más llano, aparentemente más fácil.
La historia de los hombres que inventaron el humanismo (Tales, Anaximandro y otros de los que seguiré hablándoles) es la historia de una aventura épica, más deslumbrante aun que la aventura de los héroes homéricos, de quienes sabios como Heráclito de Éfeso se sentían muy alejados.
Ojalá su recuerdo pueda seguir alimentando la esperanza de un resurgimiento de las ideas basadas en la preponderancia del hombre y de la anthropíne phýsis frente al poder de los mercados, las cifras de la economía y las calificaciones de las Agencias de rating. Si no es así, el futuro será tan irreconocible como el rostro de un fantasma.

La circunnavegación de África (I)

mapa mundo eratostenes
El mundo, tal como Eratóstenes creía que era. Eudoxo de Cícico debía de tener este mapa en la cabeza (quizá no sólo en la cabeza) cuando planeó su viaje a la India.

La historia de Eudoxo de Cícico


Son muchas las hazañas que los antiguos realizaron en el mar. Cualquiera que haya navegado en alta mar a bordo de un velero sabe lo difícil que resulta avanzar en un medio en el que sólo hay un dueño y señor: el viento. Mi admiración por los hombres que se embarcaban hacia rumbos desconocidos, sin saber lo que les esperaba a lo largo de su ruta o al final de ella, con el principal afán de conocer el mundo en que vivían, sigue siendo infinita. Y no sólo la admiración, también la envidia.
En efecto, en un mundo como el que habitamos, en que todo parece estar a nuestro alcance, accesible, en el que la tecnología nos guía, nos marca el rumbo y nos indica nuestra posición con una precisión casi milagrosa, la fantasía del viaje, la inquietud por saber dónde estamos y si nuestra ruta ha sido alguna vez transitada, ha desaparecido en buena medida. Por eso los viajes de nuestros antecesores siguen ejerciendo sobre nosotros una atracción irresistible, como si supiésemos que el mundo que aquellos viajeros contemplaron se ha desvanecido para siempre.
Mas hay un lugar en el que las cosas sólo han cambiado superficialmente: el mar. Si alguno de nosotros desea experimentar sensaciones parecidas a las que debieron de sentir nuestros antepasados, el mar es el único lugar del planeta en que puede hacerlo, pues no se ha transformado, como lo ha hecho la tierra, irreconocible hoy para cualquiera de nuestros abuelos. En el mar no hay indicaciones, no hay “caminos”: sólo agua, viento, olas y estrellas en el cielo de la noche. Navegar contra el viento sigue siendo tan trabajoso como hace miles de años. Soportar las encalmadas, capear o correr los temporales, tan peligroso o tan estimulante como ha sido desde siempre.
Uno de los intentos viajeros más fascinantes de la Antigüedad es la circunnavegación de África. Desde muy antiguo, la necesidad de averiguar si África era una isla formó parte de los sueños de algunos hombres que, con suerte dispar, se empeñaron en intentar circunnavegar lo que, ciertamente, podía ser una isla gigantesca. Este deseo se tradujo en una serie de expediciones; tenemos noticias de algunas de ellas, de otras apenas sabemos nada.
Conocemos, por ejemplo, la historia de un tal Eudoxo, natural de Cícico, una ciudad situada en la Propóntide (actual mar de Mármara). Eudoxo vivió en el siglo II a. C., y su historia fue transmitida por Posidonio (contemporáneo de Eudoxo) y recogida por el geógrafo Estrabón, en el libro segundo de su Geografía. Según ese relato, Eudoxo llegó a Egipto en calidad de embajador durante el reinado de Ptolomeo VIII, que estuvo en el trono desde el año 146 hasta el 117 a. C. Bien admitido en la corte, procuró informarse con detalle de las navegaciones que tenían lugar a lo largo del Nilo y, seguramente, de otros muchos detalles relacionados con la navegación, pues, según dice Estrabón, “era admirador de las particularidades locales y no carecía de educación” (todas las citas que van entrecomilladas pertenecen a Estrabón, Geografía 2.3.4) .
Pues bien, estando Eudoxo en la corte egipcia sucedió que un hombre fue llevado ante la presencia del rey. Los guardias declararon que lo habían encontrado medio muerto en una playa como único superviviente de un barco que había naufragado, y añadieron que no sabían quién era ni de dónde venía, “pues no entendían su lengua”. Intrigado por la presencia de aquel desconocido procedente de tierras extrañas, Ptolomeo ordenó que le fuera enseñada la lengua griega, y lo puso en manos de los maestros más expertos.
Al cabo de un cierto tiempo, el desconocido relató que procedía de la India, desde donde había llegado navegando, que se había extraviado y que se he había salvado tras perder a sus compañeros por causa del hambre. Sin embargo, se mostró tan agradecido por el trato que le habían dispensado, que se declaró dispuesto a guiar hasta la India una expedición integrada por las personas que el rey tuviera a bien designar. Entre esas personas se encontraba nuestro Eudoxo, deseoso de participar en una expedición en la que estaba empeñado desde hacía tiempo.
Por lo demás, el empeño que Eudoxo demostró por intentar la circunnavegación de África y llegar directamente a la India estaba basado en el esquema geográfico elaborado por Eratóstenes de Cirene, el extraordinario director de la biblioteca de Alejandría que calculó con precisión extraordinaria el diámetro de la tierra en el siglo III a. C. En el mapa de Eratóstenes, que fue aceptado por muchos de los geógrafos de la época, el continente africano estaba representado en forma de un trapecio cuya base unía dos puntos situados al sur del río Lixo y del Cuerno del Sur, término éste que Estrabón emplea para designar el actual cabo Guardafuí, es decir, el vértice del llamado Cuerno de África.
Partió, pues, Eudoxo hacia la India. Nada dice Estrabón acerca del viaje, ni de la ruta seguida ni de las dificultades a las que, sin duda, debieron de enfrentarse sus miembros. Pero sí nos dice que a su regreso, Eudoxo traía una rica carga de perfumes y piedras preciosas, “algunas de las cuales son arrastradas por los ríos, mezcladas con guijarros, y otras permanecen enterradas, igual que líquidos solidificados parecidos a los cristales que se encuentran en nuestra tierra”. No pudo disfrutar de esta riqueza, sin embargo, pues toda ella le fue arrebatada por el rey, que se quedó con todo el cargamento.
Ahora bien, desde mi punto de vista, lo más interesante del relato que nos hace Estrabón sobre los viajes de Eudoxo, está en lo que ocurrió a continuación. En efecto, muerto el rey, fue sucedido por su esposa, Cleopatra III, quien envió de nuevo a Eudoxo con recursos aún mayores. Sin embargo, a su viaje de regreso “fue desviado por los vientos más allá de Etiopía”. Deambuló por tierras desconocidas ganándose a sus habitantes con habilidad, pues les daba frutos secos y pan a cambio de provisiones de agua y, sobre todo, guías que pudieran reconducir la expedición hacia la ruta de regreso a Egipto. Entonces, Estrabón escribe:
Descubrió Eudoxo un mascarón de proa hecho de madera, pecio de un naufragio. Tenía esculpido un caballo y averiguó que procedía de gentes que habían navegado desde el oeste. Lo cogió y, al embarcarse para la travesía de regreso, lo llevó con él. Cuando llegó de nuevo, sano y salvo a Egipto, […] llevó el mascarón al mercado, lo mostró a diferentes armadores y averiguó que procedía de Gadira. Ciertamente, mientras que los comerciantes de aquella ciudad fletaban grandes barcos, los pobres fletaban unos mucho más pequeños a los que llamaban ἵπποι (‘caballos’) justamente por el distintivo que llevaban en sus proas. Con estos barcos navegaban hasta el río Lixo, en Marusia, para pescar. Algunos de los armadores reconocieron el mascarón como perteneciente a un barco que, al navegar más allá del río Lixo, no regresó jamás. (Estrabón Geografía 2.3.4).
Este texto de Estrabón es extremadamente interesante, pues nos habla de una navegación que va mucho más allá de las necesidades de pesca. Los híppoi o ‘caballos’ faenaban en la costa atlántica de Marruecos (Marusia), junto a la desembocadura del Lixos (actual Lucas). Justamente aquí, los fenicios habían fundado una colonia llamada Lixus (otras veces llamada Lixa o, incluso, Lyns), al lado de la actual Larache. El propio Estrabón nos cuenta en otro lugar de su obra (Geografía, 17.3.8) que allí se encontraba la legendaria tumba que guardaba el gigantesco esqueleto de Anteo, el gigante que fundó en el estrecho de Gibraltar una ciudad a la que puso el nombre de su esposa, Tingis (actual Tánger).
Así pues, barcos de pequeño calado, llamados “caballos” navegaban desde Cádiz (Gadira) hasta la costa atlántica de Marruecos con intención de pescar ‘caballas’ entre otras especies de peces. Muy probablemente, algunos de ellos debían de continuar su navegación hasta el sur, probablemente con la intención de pescar en la zona del actual golfo de Guinea. Esta práctica explicaría que uno de esos barcos, el citado por Estrabón, se aventurara a navegar todavía más al sur, bien impelido por el viento, bien por cualquier otra razón, librando el cabo de Buena Esperanza para internarse en el océano Índico.
El texto de Estrabón nos muestra la aparición del pecio de un barco de Cádiz en el Índico, en una época anterior al siglo II a. C., aunque no podemos concretar la fecha del naufragio del ‘caballo’ gaditano. El hecho es que esta noticia hizo que Eudoxo imaginara, tal como cuenta Estrabón, que era posible hacer el periplo de África, así que volvió a su patria y, como tantos otros hombres prácticos y valientes de todas las épocas, después de invertir toda su fortuna en preparar la expedición, se hizo a la mar.
Partió de Cícico. Hizo escala en Dicearquia (la latina Puteoli, hoy Pozzuoli, al lado de Nápoles), Masalia (Marsella) y Cádiz, desde donde partió con “un gran navío y dos chalupas parecidas a las que utilizan los piratas, embarcó a jóvenes cantantes, médicos y artesanos y zarpó rumbo a la India impulsado por un viento constante del oeste”. Como suele suceder en este tipo de expediciones, el mar, el viento, el sol y el cansancio hicieron que la tripulación claudicase, pidiendo a Eudoxo tocar tierra. El barco embarrancó en una costa desconocida.
Refractario al desaliento, Eudoxo construyó una nueva chalupa (“semejante a un barco de cincuenta remeros”), con la que navegó hasta un lugar en que “los hombres eran de la misma raza que los etíopes y vivían en la frontera del reino de Bogo” (Geografía, 2.3.4). Muy probablemente Estrabón se refiere a Bocco I, rey de Mauritania, el rey que ayudó a los romanos en la guerra contra Yugurta.
En este punto, Eudoxo abandonó la idea de llegar hasta la India, dio media vuelta y “encontró una isla muy rica en agua y árboles, tomando nota de su posición”. Llegó, por fin sano y salvo de nuevo a Marusia, vendió la chalupa y fue por tierra al encuentro del rey Bogo, al que intentó convencer de que se hiciera cargo de  su expedición. Como tantos otros navegantes de todas las épocas, no tuvo éxito en esta ocasión, pues algunos consejeros del rey le inspiraron el temor de que el país podía ser fácil de atacar si se enseñaba el camino a extranjeros.
Según cuenta Estrabón, Eudoxo se pasó a territorio romano para terminar en Iberia donde, mostrando de nuevo su determinación, armó dos naves, una para navegar en alta mar y otra para navegar costeando, con la intención de llegar hasta la India. Cargó en las naves herramientas agrícolas y semillas, pues tenía la idea, si la navegación se alargaba, de invernar en la isla que había anotado en su anterior viaje.
En este punto Estrabón nos dice que Posidonio interrumpe su relato, de manera que no sabemos si los planes de Eudoxo llegaron o no a cumplirse. Lo que sí sabemos es que Posidonio, tal como nos dice Estrabón más adelante, creyó en la veracidad de este relato, y que (como creen algunos autores) el propio Posidonio podría haberse encontrado en Gadira en el momento en el que todavía no se sabía el resultado final del segundo viaje de Eudoxo. También consideraron veraz el relato Pomponio Mela (3. 90-92), el geógrafo romano oriundo de Algeciras y contemporáneo del emperador Claudio, y el propio Plinio (Historia Natural, 2. 169).
El hecho es que estos textos nos hablan de un mundo en el que la navegación formaba parte ya de las gestas de los hombres. Parece que Eudoxo no logró circunnavegar África, pero su fracaso, si es que puede llamarse así, no empequeñece en lo más mínimo su inquebrantable voluntad ni su valentía.
Ciertamente, muchos estudiosos creen (y lo expresan en sus escritos, algunos de ellos muy recientes) que la circunnavegación de África es un acontecimiento protagonizado por los navegantes portugueses del siglo XV, y que el mundo antiguo no pudo conocer tal gesta.
En el siguiente artículo intentaré demostrar que se equivocan y que, mucho antes que Eudoxo, algunas naves fenicias circunnavegaron el continente africano.