Mares de bronce

Mares de bronce

Autor/a : Bernardo Souvirón

Una travesía intelectual y marítima por uno de los grandes enigmas de la cultura occidental: cuánto hay de historia, memoria y geografía real bajo los versos de Homero.

Inscripción en el casco de Milcíades

Hola, buenos días. Ayer os envié la inscripción que puede leerse en el casco consagrado por Milcíades a Zeus Olímpico. Se me olvidó traducirlo. Os lo envío hoy con la trascripción en minúscula y la traducción al español. Las letras que aparecen entre paréntesis se leen mal, pero pueden restituirse sin dificultad.
Un abrazo. Y, como siempre, salud.

Yelmo de Milcíades

ΜΙΛΤΙΑΔΕΣΑΝΕ(Θ)ΕΚΕΝ(Τ)ΩΙΔΙ
Μιλτίαδες  ἀνε(θ)εκεν  (τ)ῷ  Δί.
Milcíades lo dedicó a Zeus.

¿De qué color era la Grecia Clásica?

Nunca vi el color de la Prehistoria, pero sí el color de sus pinturas. Este documental es una reflexión sobre cómo percibimos la Historia y en qué medida esta percepción se corresponde con la realidad. ¿De qué color era la Grecia Clásica? ¿Y el Antiguo Egipto? ¿Y la Edad Media?

DIBUJOS

Aitor M. Correcher
Margarita Oliver Farner
Ana Awad Navarro
Daniel Alonso Martínez
Fernando Granda García-Argüelles
Patricia Oliver Farner
Fernando Granda Pardo de Santayana
Jorge Villasante
Narciso Velver
Susana Oliver Farner

ENTREVISTAS

Bernardo Souvirón 
Javier González Solas 
Juan Carlos Alfeo

CÁMARA-SONIDO

Aitor M. Correcher

TEXTO. INTRODUCCIÓN

Leonardo Ricci ‘Anonymous (20th Century)’

VOZ 

Daniel Alonso Martínez

IMÁGENES

Cueva de las Manos. Archivo fotográfico de la Coordinación del Sitio Cueva de las Manos. Río Pinturas, Argentina
Templo de Ramsés III, Medinet Habu, Egipto
Sarcófago romano con el mito de Endimión y Selene, siglo III a.C. 
Ermita Visigoda de Santa María, Quintanilla de las Viñas, España
La huida a Egipto. Adam Elsheimer, 1609 
La agonía en el jardín, Jan Gossaert (Mabuse), 1510 
Experimento con un pájaro en una bomba de aire, Joseph Wright de Derby, 1768
La luna de la cosecha, George Mason, 1872 
La gitana dormida, Henri Rousseau, 1897 
La noche estrellada, Vincent van Gogh, 1889 
Guerreros de Riace, siglo V a.C.
Discóbolo, Mirón de Eleuteras, siglo V a.C.
Restauración del Partenón, Alexis Paccard, siglo XIX 
Vista del Partenón, Edward Dodwell, 1821 
Partenón de Atenas, Grabado de W. Miller de un dibujo de H. W. Williams, 1829

MÚSICA

‘Snowflakes in the air’
Pete Calandra 
Scott P. Schreer

‘Berceuse’ 
Shiqi Geng

Piano Composición, Op. 26 
Nicholas Ruaimi

‘Rêverie’
Claude Debussy interpretado por Evi Kourtbouyanni

LOCALIZACIONES

Madrid 
Mallorca

AGRADECIMIENTO ESPECIAL

A todos los que han colaborado con sus dibujos e ideas

A Salvador Oliver Farner, por echarme una mano
A Narciso Velver y Luis Fernández
A la Universidad Complutense de Madrid
Y a la Coordinación Ejecutiva Cueva de las Manos de la municipalidad de Perito Moreno en Argentina

DIRECCIÓN - PRODUCCIÓN - MONTAJE

Victoria Oliver Farner

2013

¿Qué es para ti la Humanidad?


El 8 de mayo celebramos el nacimiento de Henri Dunant, fundador de la Cruz Roja. Aquel 24 de junio de 1859, cuando él y la vecindad de Castiglioni dello Stiviere atendieron a los 40.000 heridos que yacían abandonados en el campo de batalla de Solferino, no lo hicieron pensando en quiénes eran amigos o enemigos. Lo hicieron por humanidad. Lo hicieron porque descubrieron su amor al prójimo por el solo hecho de serlo.
A menudo olvidamos lo obvio, por eso nunca está de más recordar qué todos los 8 de mayo se celebra el Día Mundial de la Cruz Roja, para conmemorar el nacimiento del hombre que supo despertar nuestro sentimiento de humanidad.
Hoy, opinamos sobre la humanidad pero, ¿sabemos qué es la Humanidad?

Míasma

No siempre nuestros sentidos pueden advertir la contaminación; algunas veces se desliza entre nosotros como un reptil invisible, sin generar olor, ni dolor, ni ningún otro síntoma físico que nos delate su presencia. Algunos tipos de contaminación sólo dejan huella. Una huella que aparece claramente con el transcurso del tiempo. Los antiguos griegos creían que ciertos actos, ciertos comportamientos de las personas, producen una suerte de contaminación invisible a la que llamaron míasma. El míasma, siempre asociado a conductas que se deslizan por el abismo de la mentira, la codicia o simplemente la estupidez, penetra en nosotros mismos o en nuestra sociedad sin que nos demos cuenta, sin que detectemos su presencia, como una epidemia, como un virus invisible que duerme al lado de nuestros sueños esperando la oportunidad de convertirlos en pesadillas.
Un míasma, en efecto, puede extenderse rápidamente y convertirse en una epidemia dañina que es susceptible de heredarse e, incluso, de propagarse a grupos enteros o, incluso, a una ciudad. Ese es el caso de la leyenda que encarna Edipo y su amada ciudad de Tebas, presa de una enfermedad colectiva generada por él mismo, por el hombre al que los tebanos, agradecidos, habían convertido en rey. Edipo, sin saberlo, es portador de un míasma fraguado por delitos que nunca fue consciente de haber cometido.
Hoy estamos rodeados de personas que generan miasma. La semejanza esencial de algunas de ellas con Edipo (de cuya existencia y ejemplo quizá lo ignoren casi todo) es que tampoco son conscientes del mal que propagan y no son capaces de prever las consecuencias que sus palabras pueden tener en la sociedad a la que pertenecen. Casi siempre se presentan como lo contrario de lo que son, pues aparecen como sanadores, como médicos de una enfermedad imaginaria que afecta sólo a quienes no comparten sus ideas ni su visión del mundo.
Uno de estos supuestos sanadores es D. Antonio Algora, obispo de Ciudad Real, que ha comparado al Presidente del Gobierno de España con el emperador romano Calígula. "Sin duda alguna", dijo, "la gente tendrá que aprender quién era Calígula y las costumbres que impuso en Roma", y añadía que "tras un inicio de mandato prometedor se convirtió en un despiadado y cruel mandatario, de depravadas costumbres y gustos".
Son palabras que contaminan a quien las lee igual que lo haría el invisible virus de una enfermedad. El obispo Algora ensucia con su fatua y vana ignorancia el aire que todos respiramos y añade leña seca al fuego de la intolerancia.

Publicado en La Clave, 24 de marzo de 2006

Míasma

Efímeros

ἐπάμεροι. τί δὲ τις; τί δ' οὔ τις; σκιᾶς ὄναρ ἄνθρωπος. 

Seres de un día. ¿Qué es uno? ¿Qué no es? El hombre es el sueño de una sombra. (Píndaro, Nemea, 8. 95).
Píndaro

Historia de la guerra del Peloponeso

Muchas calamidades se abatieron sobre las ciudades con motivo de la guerra, calamidades que ocurren y que siempre ocurrirán mientras la naturaleza humana sea la misma [...]
En tiempos de paz y prosperidad los Estados y los particulares son magnánimos porque no se ven urgidos por situaciones de imperiosa necesidad. Mas la guerra, que arrebata el bienestar de la vida cotidiana, es un feroz maestro que modela los sentimientos de acuerdo con las circunstancias.
(Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, 3.82.2)

Tucídides

Los griegos y lo irracional

Hola, buenos días. Ayer, durante la clase, cité de pasada un pasaje del profesor Dodds. Cuando, hace tiempo, trataba yo de comparar lo que sucedió en nuestro mundo durante los años 80 con lo sucedido en la Atenas de finales del s. V, este párrafo de Dodds me resultó maravillosamente clarificador.
En los años 80 se produjeron en el mundo movimientos políticos que supusieron, a mi juicio, una inflexión en nuestra historia reciente. Movimientos conservadores que renegaron del camino iniciado tras la Segunda Guerra Mundial (R. Reagan en EEUU, M. Thatcher en Inglaterra, el giro capitalista en China, la destrucción de toda esperanza de paz en Oriente Medio, la revolución de los ayatolas en Irán, el principio del integrismo radical en el mundo musulmán...) terminaron con la esperanza que, como yo, tenían muchos jóvenes en todas partes del mundo.
Se produjo una desesperanza muy profunda entre quienes creíamos que el mundo iba a cambiar para mejor, pues estábamos inmersos en la creencia de que somos un planeta, una especie, y soñábamos con la desaparición de las fronteras.
Fue entonces cuando leí este texto de Dodds, que imaginaba a un jinete (la humanidad) sobre un caballo (la historia); ambos se encaminaban a dar el salto decisivo hacia un mundo nuevo. Pero el salto no se produjo.

“Nosotros hemos experimentado una gran época de racionalismo, marcada por adelantos científicos más allá de todo lo que en épocas anteriores se hubiera creído posible, y que ha enfrentado a la humanidad con la esperanza de una sociedad más abierta que ninguna otra que jamás haya conocido.

Y en los últimos cuarenta años hemos experimentado asimismo algo más: los síntomas inequívocos de un retraimiento ante esta perspectiva. 

¿Qué significan este retraimiento y esta duda? ¿Es la vacilación que precede al salto, o el comienzo del pánico fugitivo? Sobre una cuestión de tal naturaleza un simple profesor de griego no es quién para opinar. Pero puede hacer una cosa. Puede recordar a sus lectores que una vez en la historia un pueblo cabalgó hacia ese mismo salto, cabalgó hacia él y rehusó darlo. Y puede rogar a sus lectores que examinen todas las circunstancias de esa negativa.

¿Fue el caballo el que se negó, o el jinete? Esta es en realidad la cuestión crucial. Personalmente creo que fue el caballo, es decir, los elementos irracionales de la naturaleza humana que gobiernan sin nuestro conocimiento una parte tan grande de nuestra conducta y una parte tan grande de lo que creemos nuestro pensamiento. Y si tengo razón en esto, puedo ver en este hecho razones para esperar.

Los hombres que crearon el primer racionalismo europeo no fueron nunca ‘meros’ racionalistas, es decir, fueron profunda e imaginativamente conscientes del poder, el misterio y el peligro de lo irracional. Pero sólo podían describir lo que acontecía por debajo del umbral de la conciencia en un lenguaje mitológico o simbólico; no tenían instrumento alguno para entenderlo, menos aún para controlarlo, y en la Época Helenística muchos de ellos cometieron el error fatal de creer que podían ignorarlo. 

El hombre moderno, por el contrario, está empezando a adquirir ese instrumento. Está todavía muy lejos de ser perfecto, y no siempre se le maneja con habilidad. En muchos campos, incluso en el de la historia, sus posibilidades y sus limitaciones están aún por probar. No obstante, parece ofrecer esperanzas de que, si lo usamos sabiamente, llegaremos por fin a comprender mejor a nuestro caballo; de que, comprendiéndolo mejor, podremos, mediante un entrenamiento mejor, vencer su miedo, y de que, venciendo el miedo, caballo y jinete darán un día ese salto decisivo, y lo darán con éxito”.

(E.R. DODDS, Los griegos y lo irracional)


Son palabras escritas hace tiempo, cuando la revolución tecnológica que vivimos hoy ni siquiera podía imaginarse. Pero, en mi opinión, son palabras sabias, con las que, una y otra vez, me siento identificado.
Quizá os ayuden también a comprender ese mundo de quienes "crearon el primer racionalismo europeo", en el que vamos a sumergirnos.
Un abrazo. Y salud.
E.R. DODDS, Los griegos y lo irracional

Ulises, Alfred Lord Tennyson (1809-1892)

De nada sirve que viva como un rey inútil
junto a este hogar apagado, entre rocas estériles,
consorte de una anciana,
inventando y decidiendo leyes arbitrarias para un pueblo bárbaro,
que acumula, y duerme, y se alimenta,
y no sabe ya quién soy.
[…]
No encuentro descanso al no viajar; quiero beber
la vida hasta las heces. Siempre he gozado mucho,
he sufrido mucho, con quienes me amaban o en soledad;
en la costa y cuando con veloces corrientes
las constelaciones de la lluvia irritaban el mar oscuro.
Y he llegado a ser famoso, pues siempre en camino,
impulsado por un corazón hambriento
he visto y conocido mucho […]
y he bebido el placer del combate junto a mis iguales,
allá lejos, en las resonantes llanuras de la lluviosa Troya.

Formo parte de todo lo que he visto;
y, sin embargo, toda experiencia es un arco a través del cual
un mundo ignoto se vislumbra,
un horizonte que huye
una y otra vez mientras avanzo.
¡Qué cansancio es detenerse, terminar,
oxidarse sin brillo, no resplandecer con el ejercicio!
Como si respirar fuera la vida.
Una vida sobre otra
sería del todo insuficiente,
y de la única que tengo poco ya me resta.
Pero cada hora me rescata del silencio eterno,
añade algo, trae algo nuevo;
y sería despreciable […]
refrenar este espíritu ya viejo, pero que arde en el deseo
de seguir aprendiendo como se sigue a una estrella que cae
más allá del límite más recóndito del pensamiento humano.
[…]
Allí está el puerto; el barco extiende sus velas;
allí llama el amplio y oscuro mar.
Vosotros, mis marineros, almas que habéis trabajado
y sufrido y pensado junto a mí,
y que siempre recibisteis con alegre bienvenida
al trueno o al día despejado,
recibiéndolos con corazones libres
e inteligencias libres,
vosotros y yo hemos envejecido.
Mas la ancianidad tiene todavía su honra y su trabajo.
La muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin,
alguna labor excelente y notable, todavía puede realizarse,
no indigna de quienes compartieron el campo de batalla con los dioses.

Las estrellas comienzan a brillar sobre las rocas:
el largo día avanza hacia su fin; la lenta luna asciende;
los hondos lamentos son ya de muchas voces.
Venid, amigos míos, no es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo.
Zarpemos, y sentados en perfecto orden
hiramos los resonantes surcos, pues me propongo
navegar más allá del poniente y el lugar en que se bañan
todos los astros del occidente,
hasta que muera.
Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan;
es posible que demos con las Islas Venturosas,
y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos.

A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho;
y, a pesar de que no tenemos ahora el vigor
que antaño movía la tierra y los cielos, lo que somos, eso somos:
un espíritu ecuánime de corazones heroicos,
debilitados por el tiempo y el destino,
pero con una voluntad decidida
a combatir, buscar, encontrar y no ceder.
(A. TENNYSON, Ulises, 1833).

Alfred Lord Tennyson
Alfred Lord Tennyson (1809-1892)


Solón de Atenas

Cada cual a su modo se afana. Uno recorre el mar rico en peces deseando llevar en sus naves riqueza a su casa. Azotado por terribles vientos no busca abrigo ninguno para su vida. Otro [...] en cambio, ara la tierra llena de árboles y trabaja a jornal todo un año. Otro [...] se gana el sustento con sus manos, otro conociendo las normas del arte poética. A otro lo hizo adivino el rey Apolo, el flechador, y ve la desgracia que desde lejos a un hombre lo acecha [...] Otros, los médicos [...]
(SOLÓN, Fr. 1 D v. 43 y ss.)

Y vosotros, los que siempre hasta hartaros tuvisteis riquezas, sosegando el violento corazón dentro del pecho, contened vuestra arrogancia. Pues son ricos muchos malvados y hay muchos buenos que de todo carecen. Mas nosotros no cambiaremos la virtud por la riqueza, pues aquella está firme, mientras que la riqueza ora uno, ora otro la posee.
(SOLÓN, Fragmento 5D)
Kaspar von Zumbusch
Representación alegórica de la fuerza. Kaspar von Zumbusch, Munich 1875. Memorial, Maximiliano II de Baviera

Arranqué de la negra tierra los mojones hincados por todos los lugares; de una tierra que antes era esclava y ahora libre. A Atenas, nuestra patria [...] devolví a muchos hombres que habían sido vendidos con razón o sin ella y a otros que, obligados a exiliarse por su extrema pobreza, habían olvidado ya la lengua de Atenas. A otros que aquí mismo sufrían vergonzosa esclavitud, temblando ante el humor de sus amos, los hice libres. Todas estas cosas las hice poniendo en armonía la fuerza y la justicia [...] También escribí leyes igual para el plebeyo que para el noble, aplicando a ambos una justicia recta [...] Si yo hubiera hecho un día lo que a unos agradaba, y lo que a los contrarios al día siguiente, de muchos hombres esta ciudad hubiera quedado viuda. Así que, buscando ayuda en todas partes, me revolví como un lobo en medio de los perros.
(SOLÓN, Fragmento 24D)
Constitución de Solón


Constitución de Solón

Cavafis

Sin miramientos, sin pudor, sin lástima
altas y sólidas murallas me han levantado en torno.
Y ahora, aquí estoy, quieto y desesperándome.
No pienso en otra cosa: este destino me devora el alma;
porque yo muchas cosas tenía que hacer fuera.
¡Ay, cuando levantaban las murallas, cómo no me di cuenta!
Pero nunca oí ruido ni voces de albañiles.
Imperceptiblemente me encerraron fuera del mundo.
(C. Cavafis).


La Grecia clásica

Presentación: 
CURSO - HISTORIA DE GRECIA (Febrero-mayo 22)
LA GRECIA CLÁSICA
Bernardo Souvirón le está invitando a una reunión de Zoom programada.
Unirse a la reunión Zoom:

Martes, 1/Febrero 2022, a las 18.00

Bernardo Souvirón Guijo
bsouvironguijo@gmail.com

Bernardo Souvirón

Los hijos de Ulises

En cuanto la oscuridad se espesaba, una multitud de historias y leyendas que nos contaban nuestros padres y nuestros abuelos se arremolinaba en nuestra mente; ante nuestros maravillados ojos, resucitaban épocas y civilizaciones muy antiguas; en torno nuestro se perfilaban mundos inmateriales y fabulosos… Y de repente, mientras los mirábamos fascinados, se encendían soles invisibles y los bañaban de luz como si formaran los decorados de un gigantesco teatro al aire libre, y entonces distinguíamos una multitud de héroes clásicos, de ilustres guerreros y de reyes mitológicos seguidos por sus ejércitos, sus pueblos, semidioses legendarios que para placer nuestro regresaban a habitar su palacio y su tierra, y repetían sus hazañas.

Su presencia nos encantaba, nos hechizaba, no nos aterraba nunca: estábamos acostumbrados desde nuestra más tierna infancia a vivir entre los monumentos dejados a su paso, las columnas de sus templos salpicaban nuestro país. En algunos rincones, al trabajar viñas y campos, los cultivadores descubrían trozos de estatua, jarrones, estelas funerarias, jarras llenas de monedas. No pasaba un solo año sin que se supiera que un campesino había desenterrado con su pico o su arado un esqueleto intacto en su tumba, y que había reunido piadosamente los objetos mortuorios y los presentes ofrecidos al difunto por sus allegados. En la escuela, los maestros nos decían que, a pesar de los milenios transcurridos, hablábamos la misma lengua que hablaban nuestros antepasados, nos llevaban a los museos para hacernos leer en los mármoles los decretos de la Asamblea del pueblo y las diferentes inscripciones, y comprobábamos que después de tantísimos siglos ni una sola letra de nuestro alfabeto había cambiado.

Los Antiguos no nos soltaban, por así decirlo, jamás; encontraban mil maneras de inmiscuirse en nuestra vida, de recordarnos su existencia. Al atardecer, en casa, cuando llegaba el momento de hacer los deberes para el día siguiente, su mitología y su historia nos daban mucho quehacer; nos ocupábamos de los grandes hombres políticos que habían gobernado sus ciudades, nos enredábamos en las querellas, las rivalidades y las maquinaciones de sus dioses. Mi padre cogía de una estantería a Esopo, Heródoto o Hesíodo, y comenzaba el control, la lectura o la recitación. Cuando me olvidaba de un nombre o me saltaba una línea, mi padre, para refrescarme la memoria, levantaba la vara de olivo que reservaba para este uso: delgada, flexible, cimbreante. Casi al mismo tiempo, desde las casas vecinas llegaban, consolándome un poco, los gritos y lloros de mis camaradas que sufrían tormentos semejantes a los míos, oía los pescozones y las broncas que acompañaban la descripción de la batalla de Maratón, el relato de la expedición de los Argonautas, los versos de la Ilíada.

(ARIS FAKINOS, Los hijos de Ulises)
Céfiro

Estrella de la tarde

᾿Έσπερε πάντα φέρων ἴοσα φαίνολις ἐσκέδασ' Αὔως,
φέρεις ὄιν,
φέρεις αἶγα,
φέρεις ἄπυ μάτερι παῖδα,

Estrella de la tarde que a casa llevas cuanto dispersó la Aurora clara,
llevas la oveja,
llevas la cabra,
y de su madre a la niña separas.
(Safo, 104a LP).
Safo de Militenes

Un poco más

Λίγω ἀκόμα
θά ιδοῦμε τίς αμυγδαλιές ν’ ἀνθίσουν,
τά μάρμαρα νά λάμπουν στόν ἥλιο
τή θάλασσα νά κυματίζει.
Λίγω ἀκόμα
νά σηκωθοῦμε λίγο ψηλότερα.

Un poco más
y veremos florecer los almendros,
los mármoles brillar al sol
y mecerse las olas del mar.
Un poco más
elevémonos todavía un poco más.

(G. Seferis)
La insoportable levedad del ser

Memoria

Durante más de cien años, el espectro de la guerra civil se deslizó por todos los rincones de Roma. Atraídos por una u otra causa, alistados en las filas de uno u otro contendiente o reducidos en sus pueblos y ciudades a la condición de sujetos pasivos de la historia de su patria, hombres y mujeres romanos sufrieron en sus carnes la furia desencadenada por quienes creen que la historia debe escribirse con la sangre de sus compatriotas.
Las calles de Roma, las paredes de sus templos y el mármol de sus edificios públicos se tiñeron de sangre romana. Invocando el recuerdo, la memoria de afrentas recibidas en otro tiempo o de crímenes cometidos por una u otra facción, los ciudadanos se convirtieron en delatores, torturadores o asesinos de otros ciudadanos. En cada calle, en cada casa, la memoria del horror fue invocada como coartada de actos sin nombre.
Mario convirtió Roma en un escenario de caza. Las cabezas de sus enemigos políticos fueron clavadas en picas y expuestas en medio del foro romano, para que la evocación de aquel acto propio de bárbaros, perdurará en la memoria de las generaciones venideras.
Sila ultrajó el cadáver de Mario, su enemigo, invocando el recuerdo de afrentas pasadas y, una vez ubicado en un poder casi absoluto, promulgó leyes que convirtieron a los ciudadanos que se habían opuesto a su política en reos de una justicia sumarísima. Por todas partes se utilizó el recuerdo y se esgrimió la memoria como armas arrojadizas forjadas en los rescoldos de sucesos antiguos, de pasadas ofensas. Los partidarios de Mario fueron declarados enemigos de Roma y sus bienes fueron confiscados o adjudicados a otros ciudadanos cuando el calor todavía no se había extinguido en sus cuerpos destrozados.
El paso del tiempo no ha ocultado los ecos de aquellos sucesos. En realidad, cualquier ciudadano, partidario de Sila o de Mario, noble o plebeyo, tuvo durante varias generaciones algún familiar por el que llorar, alguna muerte injusta que recordar o alguna historia de ejecuciones sumarias, sin juicio ni piedad, que guardar en su memoria.
Todos los pueblos, no sólo Roma, han dejado atrás sucesos dolorosos. Ninguna ley resuelve ni restaña las heridas que su recuerdo sigue produciendo. La memoria de los pueblos necesita de una gran dosis de generosidad por parte de todos los que sufrieron la desgracia y la injusticia, compañeras siempre inseparables de las contiendas civiles. Sin esa generosidad, sin el ejercicio del perdón y de la indulgencia, algunas páginas del libro de la historia nunca dejan de escribirse, y los acontecimientos que llenaron de luto las casas de tantos ciudadanos parecen estar siempre dispuestos a emerger de nuevo.
La memoria debe servirnos para comprender los sucesos del pasado, para evitar que en el futuro se repitan y para entender que, pasado el tiempo, nadie vence en una guerra civil. La memoria nos abrirá las puertas del futuro si no nos detenemos demasiado en ajustar las cuentas con un pasado que ya se ha perdido para siempre.

La fragilidad de la memoria

En estos días de relativo descanso, oyendo a los comentaristas políticos y a los propios políticos, representantes del pueblo, no he podido evitar pensar, de nuevo, en el último tercio del siglo II a. C., una época enormemente parecida a la nuestra, y en uno de sus protagonistas, el tribuno de la plebe Tiberio Graco.
Tiberio, como su hermano Gayo, más joven, era hijo de Cornelia, hija, a su vez, de Publio Cornelio Escipión, “El Africano”, vencedor de Aníbal. Creció viendo cómo se transformaba Roma, convertida en una potencia mundial, y cómo el éxito económico aniquilaba por completo la economía tradicional, basada en la pequeña propiedad de la tierra, detentada por ciudadanos libres, y convertía el suelo de Italia en una sucesión de grandes latifundios, propiedad de unos cuantos grandes propietarios que cultivaban sus tierras con mano de obra esclava.
Tiberio pudo comprobar esta realidad cuando, camino de Hispania, vio los campos de Etruria abandonados o atestados de esclavos que trabajaban para los grandes propietarios.
Corría el año 133 a. C. cuando fue elegido tribuno de la plebe, el sagrado representante de la plebe romana, obligado a defenderla y auxiliarla ante los abusos de los poderosos patricios. Decidido a detener el drama social que estaba produciendo el éxito económico, presentó ante el pueblo romano un proyecto de ley que pretendía repartir la tierra, en pequeños lotes, entre todos los ciudadanos necesitados.
El día de la votación, Roma se llenó de campesinos pobres, de aliados itálicos y de esa masa de plebe urbana inmigrante, desclasada, que veía en aquel proyecto de ley una oportunidad de supervivencia. Las palabras con que Tiberio presentó la ley, afortunadamente conservadas, siguen emocionándome todavía hoy:
“Las fieras que discurren por los bosques de Italia tienen cada una su guarida y su cueva. Mas aquellos que luchan y mueren por Italia sólo participan del aire y de la luz, y de ninguna otra cosa más, puesto que, sin techo y sin casas, andan errantes con sus hijos y sus mujeres.
Mienten los caudillos cuando en las batallas exhortan a sus soldados a combatir contra el enemigo por sus aras y sus sepulcros, porque, de un gran número de romanos, ninguno tiene ara, patria, ni sepulcro de sus antepasados, sino que por la codicia y la riqueza de otros luchan y mueren. Y cuando se dice que son señores de todo el mundo, ni siquiera tienen un puñado de tierra propio”.
La ley iba a aprobarse, pero uno de sus colegas, el tribuno Octavio, al servicio de los intereses del senado, levantó el brazo y utilizó el sagrado derecho de veto, propio del tribuno. La ley no se discutió. La asamblea se disolvió.
Días después, fracasados todos los intentos de acuerdo, Tiberio recurrió de nuevo a la asamblea, pronunciando un discurso de eterna vigencia, emocionante, profundo, que debería ser leído en todos los parlamentos del mundo hoy día. Fue un discurso contra su colega Octavio, que había impedido con su veto la aprobación de su ley agraria:
“Un tribuno es sacrosanto e inviolable, a causa de que se consagra al pueblo y es del pueblo defensor. Mas, si cambiando de conducta, ofende al pueblo, ese tribuno disminuye su poder; él mismo es quien se despoja de su dignidad, no haciendo aquello para lo que fue elegido. ¿Y no sería cosa repugnante que el pueblo no pueda despojar de su autoridad al tribuno cuando éste abusa de ella contra el mismo de quien la recibió? No es, pues, conforme a justicia que el tribuno que comete injusticia contra el pueblo conserve la inviolabilidad que en favor del pueblo le es dada, porque él mismo destruye la autoridad que le hace poderoso”.
¡Cuánto pienso en estos días en Tiberio Graco! ¡Cómo me gustaría poder viajar en el tiempo y escuchar esas palabras, pronunciadas hace más de dos mil cien años ante los comicios! ¡Qué frágil nuestra memoria al olvidar lecciones como ésta!
Tiberio fue reelegido y, en medio de grandes dificultades, puso en marcha la comisión que habría de hacer el reparto de las tierras. Pero el senado consideró que su reelección era inconstitucional y, con todos sus recursos, se dispuso a combatir lo que consideraba un movimiento sedicioso. Hubo tumultos. Hubo acusaciones falsas. Hubo rumores y, finalmente, Tiberio fue arrollado por la multitud que huía de la turba que, al mando de Escipión Nasica, atacó a los partidarios del tribuno.
Se le negó el derecho de un entierro digno. Su cuerpo, maltrecho, y el de muchos de sus partidarios, fue arrojado de noche a las aguas del Tíber.
Hoy recuerdo con emoción a Tiberio Graco. Hoy cuento un poco de su historia, con la esperanza de que nuestra memoria no sea tan frágil, no dure tan poco.
Bernardo Souvirón

Claves del pasado para entender el presente. 
Organizado por Andrea Souvirón M. y Gabriel Lucas B.