κτῆμά τε ἐς αἰεὶ μᾶλλον ἢ ἀγώνισμα ἐς τὸ παραχρῆμα ἀκούειν ξύγκειται
Poesía lírica coral
Coro de ancianos persas
Historia de Grecia II. La Grecia Clásica
| Tucídides |
Alcmán de Esparta
Inscripción en el casco de Milcíades
ΜΙΛΤΙΑΔΕΣΑΝΕ(Θ)ΕΚΕΝ(Τ)ΩΙΔΙΜιλτίαδες ἀνε(θ)εκεν (τ)ῷ Δί.Milcíades lo dedicó a Zeus.
¿De qué color era la Grecia Clásica?
¿Qué es para ti la Humanidad?
Míasma
Efímeros
ἐπάμεροι. τί δὲ τις; τί δ' οὔ τις; σκιᾶς ὄναρ ἄνθρωπος.
Historia de la guerra del Peloponeso
Los griegos y lo irracional
“Nosotros hemos experimentado una gran época de racionalismo, marcada por adelantos científicos más allá de todo lo que en épocas anteriores se hubiera creído posible, y que ha enfrentado a la humanidad con la esperanza de una sociedad más abierta que ninguna otra que jamás haya conocido.Y en los últimos cuarenta años hemos experimentado asimismo algo más: los síntomas inequívocos de un retraimiento ante esta perspectiva.¿Qué significan este retraimiento y esta duda? ¿Es la vacilación que precede al salto, o el comienzo del pánico fugitivo? Sobre una cuestión de tal naturaleza un simple profesor de griego no es quién para opinar. Pero puede hacer una cosa. Puede recordar a sus lectores que una vez en la historia un pueblo cabalgó hacia ese mismo salto, cabalgó hacia él y rehusó darlo. Y puede rogar a sus lectores que examinen todas las circunstancias de esa negativa.¿Fue el caballo el que se negó, o el jinete? Esta es en realidad la cuestión crucial. Personalmente creo que fue el caballo, es decir, los elementos irracionales de la naturaleza humana que gobiernan sin nuestro conocimiento una parte tan grande de nuestra conducta y una parte tan grande de lo que creemos nuestro pensamiento. Y si tengo razón en esto, puedo ver en este hecho razones para esperar.Los hombres que crearon el primer racionalismo europeo no fueron nunca ‘meros’ racionalistas, es decir, fueron profunda e imaginativamente conscientes del poder, el misterio y el peligro de lo irracional. Pero sólo podían describir lo que acontecía por debajo del umbral de la conciencia en un lenguaje mitológico o simbólico; no tenían instrumento alguno para entenderlo, menos aún para controlarlo, y en la Época Helenística muchos de ellos cometieron el error fatal de creer que podían ignorarlo.El hombre moderno, por el contrario, está empezando a adquirir ese instrumento. Está todavía muy lejos de ser perfecto, y no siempre se le maneja con habilidad. En muchos campos, incluso en el de la historia, sus posibilidades y sus limitaciones están aún por probar. No obstante, parece ofrecer esperanzas de que, si lo usamos sabiamente, llegaremos por fin a comprender mejor a nuestro caballo; de que, comprendiéndolo mejor, podremos, mediante un entrenamiento mejor, vencer su miedo, y de que, venciendo el miedo, caballo y jinete darán un día ese salto decisivo, y lo darán con éxito”.
Ulises, Alfred Lord Tennyson (1809-1892)
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| Alfred Lord Tennyson (1809-1892) |
Solón de Atenas
Constitución de Solón
Cavafis
altas y sólidas murallas me han levantado en torno.
Y ahora, aquí estoy, quieto y desesperándome.
No pienso en otra cosa: este destino me devora el alma;
porque yo muchas cosas tenía que hacer fuera.
¡Ay, cuando levantaban las murallas, cómo no me di cuenta!
Pero nunca oí ruido ni voces de albañiles.
Imperceptiblemente me encerraron fuera del mundo.
(C. Cavafis).
La Grecia clásica
Los hijos de Ulises
En cuanto la oscuridad se espesaba, una multitud de historias y leyendas que nos contaban nuestros padres y nuestros abuelos se arremolinaba en nuestra mente; ante nuestros maravillados ojos, resucitaban épocas y civilizaciones muy antiguas; en torno nuestro se perfilaban mundos inmateriales y fabulosos… Y de repente, mientras los mirábamos fascinados, se encendían soles invisibles y los bañaban de luz como si formaran los decorados de un gigantesco teatro al aire libre, y entonces distinguíamos una multitud de héroes clásicos, de ilustres guerreros y de reyes mitológicos seguidos por sus ejércitos, sus pueblos, semidioses legendarios que para placer nuestro regresaban a habitar su palacio y su tierra, y repetían sus hazañas.
Su presencia nos encantaba, nos hechizaba, no nos aterraba nunca: estábamos acostumbrados desde nuestra más tierna infancia a vivir entre los monumentos dejados a su paso, las columnas de sus templos salpicaban nuestro país. En algunos rincones, al trabajar viñas y campos, los cultivadores descubrían trozos de estatua, jarrones, estelas funerarias, jarras llenas de monedas. No pasaba un solo año sin que se supiera que un campesino había desenterrado con su pico o su arado un esqueleto intacto en su tumba, y que había reunido piadosamente los objetos mortuorios y los presentes ofrecidos al difunto por sus allegados. En la escuela, los maestros nos decían que, a pesar de los milenios transcurridos, hablábamos la misma lengua que hablaban nuestros antepasados, nos llevaban a los museos para hacernos leer en los mármoles los decretos de la Asamblea del pueblo y las diferentes inscripciones, y comprobábamos que después de tantísimos siglos ni una sola letra de nuestro alfabeto había cambiado.
Los Antiguos no nos soltaban, por así decirlo, jamás; encontraban mil maneras de inmiscuirse en nuestra vida, de recordarnos su existencia. Al atardecer, en casa, cuando llegaba el momento de hacer los deberes para el día siguiente, su mitología y su historia nos daban mucho quehacer; nos ocupábamos de los grandes hombres políticos que habían gobernado sus ciudades, nos enredábamos en las querellas, las rivalidades y las maquinaciones de sus dioses. Mi padre cogía de una estantería a Esopo, Heródoto o Hesíodo, y comenzaba el control, la lectura o la recitación. Cuando me olvidaba de un nombre o me saltaba una línea, mi padre, para refrescarme la memoria, levantaba la vara de olivo que reservaba para este uso: delgada, flexible, cimbreante. Casi al mismo tiempo, desde las casas vecinas llegaban, consolándome un poco, los gritos y lloros de mis camaradas que sufrían tormentos semejantes a los míos, oía los pescozones y las broncas que acompañaban la descripción de la batalla de Maratón, el relato de la expedición de los Argonautas, los versos de la Ilíada.














