Mares de bronce

Mares de bronce

Autor/a : Bernardo Souvirón

Una travesía intelectual y marítima por uno de los grandes enigmas de la cultura occidental: cuánto hay de historia, memoria y geografía real bajo los versos de Homero.

Homero, Ilíada, 6.440 y ss.

HOMERO: GUERRA Y CIVILIZACIÓN PATRIARCAL
Homero: el gran transmisor.

  • John Chadwick y Homero. En un capítulo de El mundo micénico dice literalmente:
Lo que merece la pena recordar respecto a Homero, es que se trataba de un poeta, no de un historiador. La verdad poética y la verdad histórica son dos cosas bastante distintas... Buscar un hecho histórico en Homero es tan vano como medir las tablillas micénicas en búsqueda de poesía; pertenecen a universos diferentes.[1]


DESPEDIDA DE HÉCTOR Y ANDRÓMACA  

Y a ella el gran Héctor, el yelmirisado, habló de su boca:
“a fe, que eso todo me cuida mujer; pero mal me sonroja
que crean de mí los Troes y Tróades manto-de-cola
que como vil de la guerra quizá me aleje y esconda;
ni el corazón me lo manda: que a ser de pro y de honra
siempre aprendí, y a luchar entre los primeros de Troya,
guardando la gloria del padre y también ganando la propia.
Pues bien lo sé yo de mi seso y en mis entrañas más hondas:
día vendrá que se hunda la santa Ilio y su gloria,
y Príamo, y gentes del fortilancero Príamo todas.
Mas no tanto el mal de los Troes tras mí que queden me importa
ni de Hécuba ni de Príamo rey la suerte que corran
ni de mis hermanos los muchos y bravos que bajo la horda
de los enemigos caigan al polvo en tal mala hora
cuanto de tí, cuando venga un Aqueo brónciga-cota,
que lagrimeando te arrastra y de libertad te despoja;
y aun puede que en Argos tejiendo el telar te veas de otra
y agua trayendo de fuente tal vez tesalia o laconia,
bien mal de tu grado; mas ley pesará sobre tí poderosa;
y alguno habrá quizá que te diga al verte toda llorosa:
“De Héctor he ahí la mujer, el que era primero en la tropa
de Troes potridomantes, cuando era la guerra de Troya”.
Así dirá alguno, y a ti te entrará una nueva congoja
por falta del hombre que a salvo de vida de esclava te ponga.
mas a mí ¡bien muerto me cubra la tierra en mi fosa,
antes que a ti arrastrada te vea y tus gritos que oiga!
6.466 y ss.
Tal en diciendo , al niño fue a hacerle una carantoña
Héctor preclaro; y al aya belcinta el niño chillando
atrás se le echó asustado a la facha del padre
y la sombra, temiendo del bronce y la cresta corcelifosca
al verla terrible del alto del yelmo agitándose en ondas;
y el padre se echó a reír, y con él la madre y señora.
Al punto quitó el bravo Héctor de su cabeza briosa
el yelmo, y en tierra lo puso fulgiendo en toda su gloria;
y ya que a su hijo besó y le hizo hacer en sus manos cabriolas,
a Zeus y a los otros dioses en rezo habló de su boca:
“Zeus y los dioses demás, otorgad que a mis votos responda
este hijo mío, en ser como yo y de los Troes corona
y tal de bravos en sus bríos, y sea rey sobre Troya,
y alguna vez uno diga: ‘mejor que el padre y con sobra’,
al verlo de guerra volver, y armas traiga en sangre aún rojas
de un hombre que haya matado, y se goce la madre en su gloria”.
6. 490 y ss.
Mas ¡ea, véte a la casa, y allí tu atiende a tus obras,
al huso y la rueca y telar, y ordena a las servidoras
que hagan la jera avanzar!; que a los hombres guerra les toca,
a todos, y a mí el que más, los que son nacidos en Troya”.
Tal en hablando tomó el claro Héctor el yelmo de torna
el corcelicrespo; y camino a su casa iba yendo la esposa,
los ojos a trechos volviendo, en florido llanto llorosa.


[1] J. Chadwick, El mundo micénico, pp. 235 y 236.

Homero, Ilíada, 5.330 y ss.

Afrodita hesiódica


En cuanto a los genitales de Urano, desde el momento en que los cercenó Cronos con el acero y los arrojó lejos de la tierra, en el tempestuoso ponto, fueron luego llevados por el piélago durante mucho tiempo. A su alrededor surgía del miembro inmortal una blanca espuma y en medio de ella nació una doncella... Afrodita la llaman los dioses y hombres, porque nació en medio de la espuma. (Hesíodo, Teogonía, 187 y ss.)


Afrodita homérica


En el comienzo del canto V de la Ilíada, Atenea enaltece el valor de Diomedes, que se lanza a la batalla provocando una gran mortandad entre los troyanos. La diosa ha convencido nada menos que a Ares, el dios masculino de la guerra, para que se retire del campo de batalla y deje que los combatientes se batan limpiamente. En ese momento Diomedes es herido por una flecha, pero consigue que Esténelo, un compañero, se la saque; entonces se pone a rezar a Atenea. La diosa le hace recuperar las fuerzas y le dirige unas palabras muy reveladoras, conminándolo a no enfrentarse con ningún dios de los que pudieran intervenir en la contienda. Mas no se trata de una advertencia absoluta pues, increíblemente, hay una significativa excepción:
“¡Ánimo ya, Dïomedes, a entrar con los Troes en brega!:
pues he destilado en tu pecho el paterno brío y la fuerza
[...] y, lo que tus ojos velaba, les he descorrido la niebla,
a fin de que reconozcas a dios o a hombre que veas;
así que ahora, si un dios aquí a tentarte se llega,
¡no muevas tú con los dioses inmoribundos contienda!
salvo una no más: si la hija-de-Zeus Afrodita a la guerra
viene tal vez, ¡a ésa de bronce agudo la hieras!”[1]
Diomedes se lanza al combate, donde, en medio de la refriega, se topa con Eneas[2], el hijo de Afrodita. Salta éste del carro de guerra dispuesto a terminar con Diomedes, pero el griego coge un peñasco descomunal, de esos cuyo peso sólo pueden aguantar los grandes héroes, lo blande y lo arroja contra el troyano. La piedra da en la cadera de Eneas que, con la vista nublada y la pierna prácticamente descoyuntada, cae de rodillas en tierra. Afrodita lo ayuda, lo cubre y lo intenta sacar del campo de batalla. Pero Diomedes no ceja, la persigue y se enfrenta a ella:
Pues de que ya por espeso tropel la iba alcanzando,
allí, arrojándose el hijo del gran Tudeo esforzado,
tirándole aguda azcona, la hirió somero en el brazo,
tierno de piel; [...]
[...] y quedó la divina sangre manando, 
llamada icor, que les mana a los dioses bienaventurados:
[...]
Conque ella, alzando gran grita, al hijo soltó de sus brazos.[3]
Afrodita no tiene el valor de defender a su hijo. Lo abandona, y lo salva Apolo, que detiene a Diomedes. Éste se dirige a la diosa:
“¡Retírate, hija de Zeus, de guerra y fieros asaltos!
¿No basta ya que a endebles mujeres andes burlando?
Pero, si tú en ésta te metes, cuenta me hago
que vas de guerra a temblar [...]”
Tal dijo; y ella turbada se fué, sufriendo gran daño.[4]
Pero Homero da un paso más al cerrar esta escena con la intervención de Zeus que, como corresponde a su jerarquía, coloca definitivamente a su hija en el lugar que le corresponde. En efecto, cuando la diosa, humillada, logra salir de la escena del combate corre al encuentro de su padre, confiada en que conseguirá su apoyo para la venganza. Mas, al llegar al Olimpo se echa primero en el regazo de su madre, Dione, que intenta consolarla recordándole otras afrentas de mortales a otros dioses. 
Durante todo el pasaje Afrodita aparece como hija de Zeus y Dione; no hay rastro de su nacimiento en el mar ni de la espuma de los cercenados genitales de Urano. Para Homero Afrodita no es, como lo era para Hesíodo, la diosa primigenia, anterior al propio Zeus, sino una de sus muchas hijas; una más, simplemente. El mito que nos ha transmitido Hesíodo en su Teogonía, no tiene sitio en los versos homéricos.
Zeus le responde:
“A ti, pequeña mía, no te son dados los trabajos de la guerra.
Ocúpate tú de los placenteros trabajos de boda
que de esto otro se ocuparán Ares impetuoso y Atenea”.[5]


[1] Ilíada 5.124 y ss.
[2] Eneas sobrevivió a la destrucción de Troya. Su destino, fijado para siempre por el poeta romano Virgilio en su Eneida, será fundar en la lejana Italia una nueva Troya. Esa nueva Troya será Roma.
[3] 5.334 y ss.
[4] 5.348 y ss.
[5] 5.428-430. En esta ocasión he preferido traducir yo mismo los versos en lugar de utilizar la traducción de García Calvo, que, sin duda mejor que la mía, me parecía menos clara.

Homero, Ilíada, 1.53 y ss.

Se reúne la asamblea de los guerreros aqueos. Bajo la protección de Aquiles, el adivino Calcante declara que el motivo de la ira de Apolo es que Agamenón retenga cautiva a Criseide; el cual, aunque enojado, se aviene a entregarla, si los aqueos le dan otra presa en compensación.


Nueve los días, los tiros del dios barrían el campo; 
y al décimo hubo a las gentes a junta Aquiles llamado, 
que tal en las mientes le puso ama Hera la cándidos-brazos: 
lástima a ella le daba de ver ir cayendo los Dánaos. 
Conque ellos ya que acudieron y en uno ya se juntaron, 
ante ellos alzándose, así les hablaba Aquiles pie-raudo: 
“… Atreida, ahora nos veo que ya, la mar desandando, 
nos hemos atrás de tornar, si ya es que a muerte escapamos, 
si así a los Aqueos los va guerra al par y peste asolando. 
Mas ¡ea ya, a un adivino o preste en demanda acudamos, 
un sabio-de-sueños también (son de Zeus los sueños recado), 
que diga qué es que airado se ha Febo Apóline tanto!”
[…]
En hablando así, se sentaba; y húbose alzado
Calcante de Téstor, entre agoradores cierto el más sabio,
que bien lo que pasa sabía y lo por pasar y pasado,
que había en las naves aqueas hasta Ílïo ido guiando
por don que le había de adivinación Febo Apóline dado;
el cual ante ellos habló, y les dijo en juicio bien sano:
“Me mandas, Aquiles, amado de Zeus, aquí declararos
el enojo de Apolo, señor del-tiro-lejano:
bien, pues yo lo diré; pero tú ¡pónte y jura a mi lado
que a defenderme de firme serás con voces y brazo!:
pues cuido que habrá de enojarse señor que en la gente de Argos 
tiene supremo poder y le acatan todos los Dánaos. 
Rey es el potente en cuanto se aíra con hombre más bajo: 
Que aunque el enojo por hoy se lo guarde y se trague el agravio, 
mas para luego mantiene rencor, dispuesto a vengarlo,
en su corazón. Pero tú ¡dí sí vas a darme tu amparo!” 
Al cual así respondiendo le dijo Aquiles pie-raudo: 
“¡Animo, y dí lo que sepas de voz del cielo o dictado!: 
que no, ¡voto a Apolo amado de Zeus, a quien invocando
tú, Calcante, revelas la voz del cielo a los Dánaos!, 
no hay quien, estando yo vivo y sobre la tierra alentando, 
a ti so las cuéncavas naves te ponga encima la mano 
de todos los Griegos, así a Agamenón nombrares por caso,  
que hoy se gloría de entre los Aqueos en ser el más alto.
[…]

Calcante acusa a Agamenón de haber afrentado a Apolo al despedir de mala manera al padre de Criseide, sacerdote suyo, del campamento, sin aceptar el rescate que estaba dispuesto a pagar por su hija. Ésa es la causa de la peste que asola a los Dánaos.

 […] y húbose alzado
hombre divino el Atreida, el de vasto poder soberano, 
hondo dolido; y de furia tenía los negros redaños 
henchidos, y tal le ardían los ojos como relámpago; 
que lo primero a Calcante le habló, maltorvo mirando:
“¡Ah, adivino de mal!, nunca cosa me has dicho de agrado:
siempre en tus mientes te gozas los males en anunciamos,    
mas buena jamás has dicho palabra o le has dado cabo; 
y ahora, cantando del cielo la voz, dices ante los Dánaos 
que ya, por lo que el flechero señor les da duelos tantos, 
es porque yo por la niña Cruseide el rescate preclaro 
no quise tomar; y sí, que en verdad es más de mi grado 
tenerla conmigo: que aun antes que a Clutemnestra más alto, 
mi esposa de ley, la estimo; pues no le cede ni palmo
en porte ni condición, ni en seso ni en sus trabajos. 
Pero, aun así, bien la quiero entregar, si es ello más sano:  
Más que las gentes morir, quiero yo que sigan a salvo. 
¡Ah, pero a mí aprestadme otro don!, no quede privado, 
yo solo entre los Argivos, de don; que tampoco es el caso.
¡Mirad todos pues lo que ha de venirme por dádiva a cambio¡”

Aquiles se irrita. Habla de nuevo, y Agamenón le contesta.

Atreida glorioso, el más codicioso de todos y cuantos!: 
pues ¿cómo te van a dar don los Aquivos fortialentados?: 
no hay mucho fondo de presa común por ahí, que sepamos,
que está repartido lo que de saqueo de plazas tomamos, 
ni es bien que otra vez la gente lo junte a cuenta y reparto. 
Pero ora tú a ésa ¡al dios cédela!: ya te haremos los Dánaos 
Triplo y cuádruplo a cambio cobrar, si Zeus quiere darnos 
un día el recinto de Troya arrasar, el bien-torreado.” 
Y a él en respuesta así le habló Agamenón soberano: 
“¡No más, divinal Aquileo, así te lo sigas guardando, 
por bravo que seas!, que no te me escurres ni te he de hacer caso. 
¿Qué?, ¿quieres, para tu presa guardar, que me quede yo falto 
sentado sin más, y me mandas librar la que es mi regalo? 
Sí, si otra presa me dan los Aquivos fortialentados, 
justa que venga a mi gusto, a valerle a la otra por cambio: 
pero, si no me la dan, puede ser que yo por mi mano
vaya y de ti una presa, o de Ayante, o de Ulises acaso,  
tome y me lleve, y aquél a quien vaya quede rabiando. 
[…]

Aquiles va encolerizándose cada vez más.

¡Ah, mía fe, saco de desvergüenzas, ánimo-avaro!, 
¿cómo tu voz va a acatar ningún Aquivo de grado,
sea en ruta que hacer o en salir contra hombres al campo? 
Pues no vine yo por mor de los astienhiestos Troyanos 
aquí a combatir, porque a mí no me deben culpa ni daño
[…]
no, sino a darte a ti gusto acudimos, gran malosado,   
honra a ganarte a ti, ojo-de-perro, y a Menelao 
costa de Troya; que de ello te da poco duelo y cuidado; 
que ya hasta arrancarme mi presa amenazas tú por tu mano, 
por la que mucho bregué y que los hijos de Aqueos me han dado. 
Nunca mi presa a la tuya es igual, cada vez que tomamos 
por fuerza una plaza bien-abastada de los Troyanos;
y eso que a fe que lo más de la guerra y sus mil trabajos 
mis manos lo amañan; pero, de que al fin, se viene a reparto,
a ti presa mucho mayor, mas yo lo poco y lo grato
voy a la nave a llevar, cuando ya de guerra me canso. 
Mas ora a Ftía me iré, porque mucho es más aguisado   
volver con las córvigas naves a casa; y más no me hallo 
para aquí yo sin honra ganarte hacienda y abastos. 

Agamenón contesta de nuevo.

¡Huye en buen hora, si gana te da!: lo que es yo, ni por caso
te he de rogar quedarte por mí: otros hay a mi lado
sin tí que honra me den, y ante todos Zeus todo-sabio.  
Y me eres de reyes criados-del-cielo tú el más odiado:
pues siempre porfía y peleas y guerra es todo tu agrado. 
Si eres tan fuerte, un dios el ser tan fuerte te ha dado.   
¡Vuélvete ya a tu patria con tus compañas y barcos,
en los Murrnídones reina!, que duelo a mí ni cuidado 
lo que rabies me da. Pero así es lo que te amenazo: 
como a Cruseide a mí me la está Febo Apolo quitando, 
que la haré partir, y con mi compaña y mi barco;  
Pero a tu tienda, a llevarme a Briseide cara-de-encantos,
yo mismo, a tu presa, he de ir, a fin de que veas bien claro
cuánto estoy por encima de ti, y otros tengan reparo 
de hablarme a la cara así y conmigo andarse igualando.  
Tal dijo; y le entró al Peleida furor, y en su pecho vellasco 
se le quedó el corazón entre dos partidos temblando, 
o sí, la daga buída de al píe del muslo tirando, 
alzar a todos en pie y al Atreida allí degollarlo, 
o si la hiel retener y ponerle freno a su ánimo. 
Mientras que tal en sus mientes y pecho estaba dudando, 
ya de la vaina el gran sable tiraba, allí cielo abajo 
Atena acudió: la enviara ama Hera la cándidos-brazos, 
a ambos queriéndoles bien, por igual cuidosa de ambos. 
Conque ella detrás, de la rubia melena le hubo agarrado, 
mostrándose a solo él: nadie más la veía de tantos. 
Pasmóse Aquíleo, y la vuelta se dio; y conoció de contado
a Pálade la Atenea: en horror sus ojos brillaron. 
[…] que a su vez le dijo la diosa Atena ojos-garzos: 
¡Ea, mas cede en porfía, y no tire espada tu mano!,
mas de palabra ¡insúltale, sí, de tanto y de cuanto! 
Pues desde aquí te lo anuncio, y cumplido habrás de mirarlo: 
aún una vez vendrán a tí dones tres veces tantos 
esta soberbia de hoy. Pero ¡ténte, y haznos tú caso!” 
Que respondiéndole a ella, habló Aquileo pie-raudo: 
“Fuerza es, diosa, guardar el de ambas vuestro mandato, 
por más que se esté airado en el alma: es ello más sano: 
el que a los dioses caso les haga, de él hacen caso.”
Dijo, y retuvo en el pomo de plata grave la mano, 
y atrás a la vaina el gran sable metió; y cedía al recado 
[…]

Entonces, tras el beneplácito de Atenea, Aquiles se dirige de nuevo a Agamenón.

“¡Odre de vino, el de cara de can, corazón de cervato!.
nunca a la lid salir a la par de tus gentes armado 
ni a una avanzada acudir con los Aquívos de rango
te has en tu alma atrevido, y ahí se te atisba el mal hado; 
claro, es mucho mejor por el ancho campo a los Dánaos 
ir arrancando la presa, quienquier que te hable contrario. 
¡Rey comepueblo tú, porque en viles reinas vasallos! 
Bien puede, Atreida, que hoy hayas tu ultraje último osado. 
No, sino aquí te lo digo, y lo habré en gran juro jurado: 
a fe de este cetro que nunca echará ni hoja ni ramo, 
[…] que una vez de Aquiles vendrá añoranza a los Dánaos 
todos; y entonces por nada podrás, por más que amargado, 
cura hallar, de que muchos ante Héctor plaga-de-humanos 
caigan muriendo; y a ti te remorderán los redaños, 
rabiando de haber al mejor de los Griegos mal estimado.”
Tal dijo el Peleida, y a tierra arrojó su cetro, de clavos 
todo guarnido de oro; y ya él se quedaba sentado; 
mas de su lado el Atreida rugía. […]

El amanecer de la Europa moderna: el mundo micénico


El modelo minoico fue barrido por otro que penetró en toda Europa con fuerza incontenible. En efecto, unos años después de sacar a la luz los restos de Troya, H. Schliemann decidió dirigirse a Micenas, la ciudad de la que había sido rey Agamenón, el jefe de las fuerzas atacantes de Troya. Enseguida encontró seis tumbas excavadas en la roca: contenían los cuerpos de nueve hombres, ocho mujeres y dos niños. Asombrado, contempló que los rostros de cinco de esos hombres estaban cubiertos por máscaras de oro, como si hubiesen querido perpetuar los rasgos de sus rostros. A su alrededor había multitud de objetos valiosos, especialmente armas: puñales y espadas de bronce, señas de identidad de estos hombres cuya vida y cuya gloria estaba basada en la práctica de la guerra.
Schliemann, en efecto, había descubierto tumbas de guerreros, excavadas en una fortaleza rodeada por murallas imponentes, colosales, que los antiguos llamaban “ciclópeas”, pues el enorme tamaño de sus sillares parecía que sólo podía haber sido movido por los gigantescos cíclopes monóculos. ¡Qué diferencia con los palacios minoicos, donde ni murallas ni armas tienen sitio!
La importancia de Micenas es tan grande que ha dado nombre a todo un período de la historia conocido como “micénico”: una civilización de guerreros indoeuropeos, que aparecen en la Península Balcánica en torno al año 1700 / 1600 a. C [2]. Homero los llamó aqueos (Achaioí), y sus nombres siguen resonando en nuestros recuerdos: Aquiles, Ulises, Agamenón, Áyax...
Cuando los aqueos o micénicos consiguieron asentarse en territorio balcánico, pusieron en marcha un modelo de sociedad que ha tenido un éxito verdaderamente extraordinario. En realidad, las bases que establecieron en su sistema de convivencia perduran hasta el día de hoy, vigentes y pujantes. Estas bases tenían como objeto demoler la antigua sociedad minoica, matriarcal y pacífica, y establecer un modelo de estado y de sociedad basado en:
  • La preponderancia del varón.
  • La práctica sistemática de la guerra.
  • La conquista de territorios y la consiguiente esclavización de sus habitantes.
  • Y, especialmente, la desaparición social y política de la mujer, que quedó confinada, como Penélope, al estrecho mundo de la vida doméstica.
En virtud de los datos que poseemos [3], sabemos que la sociedad micénica se organizó para conseguir estos objetivos. Podemos afirmar que las ciudades-estado micénicas eran gobernadas por reyes (basileîs) que llegaban al trono por herencia, aunque no hay una línea hereditaria constante; unas veces el rey es el más venerado de los ancianos, como ocurre con Néstor, rey de Pilo, otras veces el rey es el jefe del clan familiar más poderoso, como Agamenón en Micenas o Menelao en Esparta.
El poder de estos basileîs abarca tres ámbitos:
  • Son jueces, depositarios de una autoridad que viene de los dioses, cuya voluntad deben interpretar en ausencia de leyes escritas.
  • Son sacerdotes o jefes supremos del culto debido al dios o dioses que protegen la ciudad. En este campo tienen ayudantes a los que solemos llamar sacerdotes, aunque se trata más bien de magos o adivinos, bendecidos por el don adivinatorio.
  • Finalmente, son también jefes militares y caudillos del ejército.
Mas estos reyes están lejos de ser monarcas absolutos. Cuando deben tomar una decisión importante, especialmente en relación con la guerra, escuchan a los ancianos y a los jefes de las familias más importantes y, con frecuencia, convocan y consultan a la asamblea de los ciudadanos en armas, vasallos obligados a servir en el ejército pero, también, hombres libres que ejercen su derecho a opinar con libertad. Sin duda se trata del embrión de lo que después habría de ser la asamblea popular de un estado democrático como el ateniense.
Mas de este mundo hay dos grupos excluidos: los esclavos y las mujeres. En el caso de los esclavos, no tengo ninguna duda de que son una de las consecuencias más notables de la guerra. Heráclito lo vio con claridad cuando, ya en el siglo VI a. C. afirmaba:
La guerra es el padre de todos, el rey de todos. A unos los hace dioses, a otros hombres. A unos los hace libres, a otros esclavos. [4]
En relación con las mujeres la sociedad micénica fue verdaderamente diligente, pues la clave del éxito del modelo patriarcal que pretendía perpetuar estaba en la desaparición social de las mujeres. En mi libro Hijos de Homero (Alianza Editorial, Madrid, 2006, 2008) he tratado con calma este asunto decisivo, a mi juicio, por lo que remito a sus páginas al lector interesado. Sólo diré aquí que si los griegos micénicos y los griegos posteriores no hubieran logrado este objetivo, su modelo de sociedad se hubiera visto seriamente comprometido y, probablemente, hubiera fracasado.
El hecho relevante es que hoy nuestra globalizada sociedad sigue siendo igual que era la de ellos: explota los frutos de la guerra, excluye a verdaderas multitudes de los beneficios de la riqueza, esclaviza sin piedad a quienes están destinados a producir bienes de consumo y, a pesar de algunos indicios aparentemente optimistas, sigue excluyendo a las mujeres de los ámbitos decisorios.
Ciertamente, la progresiva incorporación de la mujer a la vida social, política, empresarial e, incluso, militar, es a mi juicio un dato objetivo, aunque engañoso, pues se está produciendo sólo cuando las propias mujeres parecen haber aceptado el modelo masculino de éxito social, lo que supone que ninguna de ellas, en disposición de tomar decisiones políticas de alto nivel, podría hacerlo si, por ejemplo, cuestionara la guerra como mecanismo de resolución de conflictos.
El éxito del modelo micénico de sociedad patriarcal ha ido probablemente mucho más allá de lo que sus propios inventores imaginaron pues, tres mil seiscientos años después, muchas mujeres (a cuya costa se construyó tal sociedad) han asumido e interiorizado ese modelo incluso cuando creen oponerse a él.



[1] Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, 1.4.
[2] Los primeros indoeuropeos aparecen en Asia, especialmente en la península de Anatolia sobre el año 2300 a. C. Su integración, pacífica o no, con las poblaciones preindoeuropeas es, como en Europa, una de las claves más importantes de la historia antigua.
[3] Proporcionados esencialmente por los poemas homéricos y por las tablillas escritas en el llamado silabario minoico lineal B, un sistema de escritura minoico que los griegos micénicos adoptaron para escribir por primera vez su lengua, es decir, el griego.
[4] Fragmento 761 de Los filósofos presocráticos (I), Gredos, Madrid, 1978.

Micenas

El origen del Estado


Sólo faltaba una cosa: la introducción de una institución que no sólo asegurara esas riquezas recientemente adquiridas por los individuos contra las tradiciones del comunismo primitivo...; una institución que no sólo consagrara la propiedad privada, tan poco apreciada anteriormente, y que hiciera de tal santificación la finalidad superior de toda la sociedad humana, sino que, además, aplicara el sello del reconocimiento social general a las nuevas formas de adquisición de propiedades que fueron desarrollándose sucesivamente, es decir, el crecimiento de la acumulación de riquezas con ritmo acelerado. En una palabra, una institución que no sólo perpetuase la naciente división de la sociedad en clases, sino también el derecho de la clase poseedora de explotar a la de los desposeídos, y el dominio de la primera sobre la segunda. Y tal institución apareció. Fue inventado el Estado.
(Friedrich Engels. Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Fundamentos. Madrid 1970, p. 135.)

Hijos de Homero

ΜΗΝΙΝ ΑΕΙΔΕ ΘΕΑ, ΠΗΛΗΙΑΔΕΩ ΑΧΙΛΗΟΣ
ΟΥΛΟΜΕΝΗΝ, Η ΜΥΡΙ’ ΑΧΑΙΟΙΣ ΑΛΓΕ’ ΕΘΕΚΕ
ΠΟΛΛΑΣ Δ’ ΙΦΘΙΜΟΥΣ ΨΥΧΑΣ ΑΙΔΙ ΠΡΟΙΑΨΕΝ
ΗΡΩΩΝ, ΑΥΤΥΣ ΔΕ ΕΛΩΡΙΑ ΤΕΥΧΕ ΚΥΝΕΣΣΙΝ
ΟΙΩΝΟΙΣΙ ΤΕ ΠΑΣΙ, ΔΙΟΣ Δ’ ΕΤΕΛΕΙΕΤΟ ΒΟΥΛΗ,
ΕΞ ΟΥ ΔΗ ΤΑ ΠΡΩΤΑ ΔΙΑΣΤΗΤΗΝ ΕΡΙΣΑΝΤΕ
ΑΤΡΕΙΔΗΣ ΤΕ ΑΝΑΞ ΑΝΔΡΩΝ ΚΑΙ ΔΙΟΣ ΑΧΙΛΕΥΣ.

Música: DIMITRI PSONIS
Lectura: BERNARDO SOUVIRÓN


¡Canta, diosa, la ira de Aquiles el de Peleo!, 
ira maldita, que echó en los Aquivos tanto de duelos, 
y almas muchas valientes allá arrojó a los infiernos 
de hombres de pro, a los que dejó por presa a los perros 
y pájaros todos; y se cumplía de Zeus el acuerdo, 
desde la vez que primera discordes se despartieron 
señor-de-mesnada el Atreida y Aquiles hijo-del-cielo.
(Homero, Ilíada, 1 y ss.)

Homero. Ilíada. Agustín García Calvo

Afrodisias


Afrodisias. Estadio. Bernardo Souvirón
Afrodisias. Estadio.
Sentado sobre una de las gradas, dejando que la imaginación recreara las escenas que debieron de ocurrir en aquel estadio de una ciudad perdida en el oriente, sentí una calma muy especial que, con frecuencia, se apodera de cualquiera que contempla bien dispuesto los restos dejados por Grecia y Roma. La calma y la melancolía gobiernan los sentimientos del viajero que intenta penetrar en el tiempo pasado.
Afrodisias era la capital de la región de Caria (situada al sur de la costa egea de la actual Turquía). Toda su fama se debe al culto de la diosa Afrodita. Floreció en los tres 1ºs siglos posteriores a Cristo. Fue protegida por M. Antonio y Tiberio y acabó por cimentar su fama en la célebre escuela de escultura que, empezando como copistas de modelos clásicos, acabó por tener su propio estilo, muy difundido en Roma.
El cristianismo penetró difícilmente. Para eliminar el recuerdo de la antigua diosa, las autoridades bizantinas nombraron a la ciudad Stavropolis “ciudad de la cruz” en el siglo V. La ciudad declina ya en el s VII y es totalmente abandonada después del paso de Tamerlán (1402).

Afrodisias. Teatro
Afrodisias. Teatro


El teatro de Afrodisias es del siglo I a. C. Se construyó sobre el flanco de la ciudad alta y tenía una capacidad para 10000 espectadores. En el siglo II la orchestra fue vaciada para permitir los combates de gladiadores (un signo de los nuevos tiempos). En 1966 fue reconstruido. Hoy las gradas están casi íntegras, incluido el proedrio, reservado a las autoridades. El proscenio está restaurado. Una inscripción atribuye la construcción a Zoilo, esclavo manumitido de Augusto.

Afrodisias. Paisaje desde el teatro
Afrodisias. Paisaje desde el teatro

Ésta es una característica de casi todos los teatros griegos y romanos: desde las gradas no sólo puede verse el espectáculo teatral, sino el del paisaje.

Afrodisias

En el lado oriental de la ciudad había una puerta de dos pisos, construida a la manera de un muro de escena de teatro. El centro de la plaza lo ocupaba un gran estanque rectangular que terminaba a cada lado con un semicírculo. Se ha sacado a la luz buena parte de su decoración, especialmente un extraordinario friso expuesto en el exterior del museo. El destino de este espacio arquitectónico no está claro pero, en cualquier caso, resulta reconfortante pasear al lado del estanque rectangular, con agua todavía hoy.

Afrodisias. El estadio
Afrodisias. El estadio

Uno de los mejor conservados, con sus 22 filas de gradas que acogían a 30000 espectadores. Se conservan muy bien las galerías abovedadas de acceso , aunque invadidas por la vegetación y los restos arruinados. Situado en el extremo norte de la ciudad, sus contrafuertes fueron integrados en el recinto defensivo.


Afrodisias. Tetrápilo


Afrodisias. Tetrápilo

Esta puerta monumental, que se abre a los cuatro puntos cardinales, estaba al lado del témenos del templo de Afrodita y del cardo maximus. Destruida por un terremoto en el siglo IV ha sido completamente levantada por los arqueólogos con toda su decoración original. Son 4 grupos de 4 columnas que sostienen dos frontones: el del este contenía un dintel semicircular, mientras que el que mira al témenos estaba adornado con relieves de Amores y Victorias entre hojas de acanto. Tras la puerta han sido descubiertos los vestigios de una casa con atrio, de época bizantina.



En muchas partes de la ciudad se conserva el enlosado original, normalmente de época romana. A pesar de estar situada en una zona inestable del mundo antiguo, Afrodisias transmite paz. Quizá el hecho de que no se encuentre dentro de los circuitos que suelen preparar las agencias de viajes haya contribuido a su soledad actual. Lejos de las multitudes, la magia intenta perdurar.

Heroínas en un mundo de héroes

Biblioteca Pública des Mercadal, Menorca, otoño 2022

En la literatura antigua abundan los héroes. Hombres que, sin ser dioses, han sido capaces de llevar a cabo gestas que los demás mortales sólo pueden soñar. Desde Homero hasta los poetas latinos, figuras como Aquiles, Ulises, Áyax, Eneas… y tantos otros, siguen mostrándose como ejemplos eternos del comportamiento humano, llegando a ser paradigmas, símbolos, espejos en los que intentamos mirarnos con frecuencia.
Todos ellos son hombres, pues el mundo en el que nacieron, estaba regido por hombres; por guerreros. Junto a ellos, escondidas entre los ecos de sus hazañas, las mujeres parecen caminar de puntillas, sin apenas hacer ruido, sobre ese mundo en el que sólo los héroes tienen cabida. Sufren, se convierten en botín de guerra, en esclavas de los vencedores, y, como en las Troyanas de Eurípides, esperan con resignación sobre la llanura de Troya a que el heraldo aqueo les comunique en qué nave han de partir, como esclavas, hacia las costas de Grecia.
En esta conferencia vamos a hablar no de héroes, sino de heroínas. Algunas son famosas; otras, en cambio, desconocidas. Sus gestas tienen poco que ver con la guerra, con la política, con las leyes, y, sin embargo, contienen, en mi opinión, el germen de una esperanza.
A estas gestas femeninas, a la esperanza que contienen, está dedicada esta conferencia. 

Bernardo Souvirón Guijo
bsouvironguijo@gmail.com


Nota de agradecimiento

Gracias a Ana y a Vivi. Gracias a los alumnos de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, para quienes se grabó esta sesión el día 19 de mayo de 2022 a las 09.00 hrs. México 16.00 hrs. España 17.00 Grecia

La persistencia de la palabra

ΜΗΝΙΝ ΑΕΙΔΕ ΘΕΑ, ΠΗΛΗΙΑΔΕΩ ΑΧΙΛΗΟΣ
ΟΥΛΟΜΕΝΗΝ, Η ΜΥΡΙ’ ΑΧΑΙΟΙΣ ΑΛΓΕ’ ΕΘΕΚΕ
ΠΟΛΛΑΣ Δ’ ΙΦΘΙΜΟΥΣ ΨΥΧΑΣ ΑΙΔΙ ΠΡΟΙΑΨΕΝ
ΗΡΩΩΝ, ΑΥΤΥΣ ΔΕ ΕΛΩΡΙΑ ΤΕΥΧΕ ΚΥΝΕΣΣΙΝ
ΟΙΩΝΟΙΣΙ ΤΕ ΠΑΣΙ, ΔΙΟΣ Δ’ ΕΤΕΛΕΙΕΤΟ ΒΟΥΛΗ,
ΕΞ ΟΥ ΔΗ ΤΑ ΠΡΩΤΑ ΔΙΑΣΤΗΤΗΝ ΕΡΙΣΑΝΤΕ
ΑΤΡΕΙΔΗΣ ΤΕ ΑΝΑΞ ΑΝΔΡΩΝ ΚΑΙ ΔΙΟΣ ΑΧΙΛΕΥΣ.


¡Canta, diosa, la ira de Aquiles el de Peleo!, 
ira maldita, que echó en los Aquivos tanto de duelos, 
y almas muchas valientes allá arrojó a los infiernos 
de hombres de pro, a los que dejó por presa a los perros 
y pájaros todos; y se cumplía de Zeus el acuerdo, 
desde la vez que primera discordes se despartieron 
señor-de-mesnada el Atreida y Aquiles hijo-del-cielo.
(Homero, Ilíada, 1 y ss. Versión rítmica de Agustín García Calvo)

Día del Libro
Encuentro músico-literario de la Delegación de Madrid de la SEEC
23 ABRIL 2022, 12.00h
MUSEO DE SAN ISIDRO
Pl. de San Andrés, 2 Madrid

Voz: BERNARDO SOUVIRÓN
Música: DIMITRI PSONIS

Textos de Tucídides

1.- Declaración de intenciones.
Sin embargo, no se equivocará quien, de acuerdo con los indicios expuestos, crea que los hechos a los que me he referido sucedieron poco más o menos como he dicho, y no de más crédito a lo que sobre tales hechos han cantado los poetas o han compuesto otros escritores. Con frecuencia muchos autores escriben sobre cosas de las que no tienen pruebas y sobre hechos que, debido al paso del tiempo, resultan en su mayor parte increíbles, inmersos en el mito.
Quizá la falta de un elemento mítico en mi narración reste encanto a mi obra. Pero si cuantos quieren tener un conocimiento exacto de los hechos del pasado (y de los que, de acuerdo con las leyes de la naturaleza humana, habrán de ser iguales o semejantes en el futuro) consideran que mi obra es útil, entonces será suficiente. Mi obra ha sido compuesta como una adquisición para siempre, no como una pieza de concurso para deleite de un momento. (1.21-22)

Imperialismo y democracia. De Atenas a los EEUU. Bernardo Souvirón
Alayor, Menorca. Primavera 2013
Talleres Islados:

2.- Pericles reconoce la tiranía exterior de Atenas.
No penséis que lucháis por una sola cosa, impedir que vuestra libertad se convierta en esclavitud, sino también por evitar la pérdida de vuestro imperio y el peligro resultante de los odios que os atrajisteis en el mando. Ni siquiera os es posible deponerlo, si es que alguno en la hora presente, temeroso, lo propone por pacifismo, dándoselas de hombre de bien, pues lo habéis convertido ya en una tiranía, cosa cuya consecución se considera injusta, pero el renunciar a ella, peligroso. 

3.- Estragos morales producidos por las guerras civiles.
  • 3. 82. 2. 
Muchas calamidades se abatieron sobre las ciudades con motivo de las luchas civiles, calamidades que ocurren y que siempre ocurrirán mientras la naturaleza humana sea la misma [...] En tiempos de paz y prosperidad los Estados y los particulares son magnánimos porque no se ven urgidos por situaciones de imperiosa necesidad. Mas la guerra, que arrebata el bienestar de la vida cotidiana, es un feroz maestro que modela los sentimientos de acuerdo con las circunstancias.
  • 3. 82. 4. 
Cambió el significado normal de las palabras, y se distanció de los hechos [...] La audacia irreflexiva pasó a ser considerada un valor fundado en la lealtad al partido; la vacilación prudente se consideró cobardía disfrazada; la moderación, una máscara para encubrir la falta de hombría, y la inteligencia [...] incapacidad total para la acción. La precipitación irreflexiva se tomó como cualidad viril y la precaución con vistas a la seguridad se consideró un pretexto para eludir el peligro. 
  • 3. 82.6. 
Los vínculos de sangre llegaron a ser más débiles que los del partido, [...] porque estas asociaciones no se constituían de acuerdo con las leyes establecidas para el bien público, sino al margen de la ley y al servicio de la codicia. Las garantías recíprocas no se basaban tanto en juramentos de fidelidad como en la trasgresión de la ley perpetrada en común. Las propuestas de los adversarios, especialmente si detentaban el poder, eran aceptadas por precaución realista, no por nobleza de espíritu. 
  • 3. 82.7-8. 
Quien triunfaba basándose en el engaño conseguía como trofeo la fama de inteligencia, pues la mayor parte de los hombres aceptan mejor el calificativo de inteligentes cuando son unos canallas que el de cándidos cuando son hombres de bien: de esto se avergüenzan, mientras que de aquello se enorgullecen. En realidad, la causa de todos estos males era el deseo de poder inspirado por la codicia y la ambición.

4.- Palabras de Alcibíades en relación con la democracia.
En cuanto a la democracia, todos los que somos personas sabemos lo que vale, y yo mismo mejor que ningún podría denigrarla, en cuanto que he recibido de ella el peor trato. Pero nada nuevo podría decir sobre lo que todo el mundo reconoce que es una insensatez. En cambio, nos parecía una empresa algo arriesgada fomentar el cambio político estando vosotros, enemigos nuestros, o nuestras puertas.

5.- Diálogo de los melios. Expresión de una de las leyes históricas: la del más fuerte.
  • 5. 86
Melios: “La oportunidad de explicarnos mutuamente nuestros puntos de vista no merece ningún reproche. Sin embargo, la realidad de la guerra [...] parece estar en desacuerdo con una propuesta como ésta. En efecto, vemos que vosotros habéis venido como jueces de lo que aquí vaya a tratarse, y vemos también que a nosotros el fin del debate nos traerá con toda probabilidad el siguiente resultado: si logramos imponernos en el campo de la ley y por ello no cedemos, la guerra; y si nos dejamos convencer, la esclavitud”.
  • 5. 89. 
Atenienses: “Se trata de alcanzar un acuerdo que sea posible de acuerdo con lo que unos y otros sentimos, porque vosotros habéis aprendido, igual que lo sabemos nosotros, que en relación con los asuntos humanos (ἐν tῷ ἀνθωπείῳ λόγῳ) sólo cabe juzgar (κρίνεται) lo que es justo (δίκαια) cuando se parte de una igualdad de fuerzas. En caso contrario, los poderosos determinan (πράσσουσι) lo que es posible (δυνατά) y los más débiles lo aceptan”.
  • 5. 91-93. 
Atenienses: “No son los que ejercen el poder sobre otros quienes son temibles para los que han sido vencidos, [...] son temibles los súbditos (ὑπηκοοί) si un día llegan a atacar y vencer a sus dominadores. [...] Nosotros queremos someteros sin daño y que vuestra salvación sea útil para ambas partes”.
Melios: “Y ¿cómo ha de resultar útil para nosotros convertirnos en esclavos en la misma medida que para vosotros esclavizarnos?”.
Atenienses: “Porque vosotros, al ser nuestros súbditos (ὑπακοῦσαι), no sufriríais los males más terribles, y nosotros, al no destruiros, obtendríamos beneficio”.

(En relación con estos textos de Tucídides cabe relacionar esta cita de Th. Hobbes -De Cive, 8.1-: Está escrita unos dos mil años después que la obra de Tucídides, pero va en la misma línea. En realidad, también cabe preguntarse si hoy hemos superado esta concepción. La cita es la siguiente: 
El bien que recibe el vencido o el más débil es la vida que, por el derecho de guerra y en el estado natural de los hombres, podía serle quitada; y la ventaja que promete al vencedor es su servicio o su obediencia.)
  • 5. 116. 
Los melios [...] se rindieron a los atenienses. Estos mataron a todos los melios adultos que apresaron y redujeron a la esclavitud a niños y mujeres. Y ellos mismos, con el posterior envío de quinientos colonos, poblaron el lugar.

Discurso de Pericles

Discurso pronunciado por Pericles en honor de los primeros caídos en la guerra del Peloponeso


“Tenemos un régimen de gobierno que no envidia las leyes de otras ciudades, sino que más bien somos ejemplo para otros que imitadores de los demás. Su nombre es democracia, por no depender el gobierno de pocos, sino de un número mayor; de acuerdo con nuestras leyes, cada ciudadano está en situación de igualdad de derechos en las disensiones privadas, mientras que según el renombre cada uno, a juicio de la estimación publica, así es honrado cada cual en los asuntos públicos. Y no tanto por la clase social a que pertenece, como por su mérito, ni tampoco, en caso de pobreza, se le impide actuar en beneficio de la ciudad por la oscuridad de su fama.
[…]
Nos hemos procurado además muchos recreos del espíritu, pues tenemos juegos y sacrificios anuales, y hermosas casas particulares, cosas cuyo disfrute diario aleja las preocupaciones; ya causa del gran número de habitantes de la ciudad, entran en ella las riquezas de toda la tierra. Y así sucede que la utilidad que obtenemos de los bienes que se producen en nuestro país no es menos real que la que obtenemos de los demás pueblos. 
[…]
Amamos la belleza con poco gasto y la sabiduría sin relajación; y utilizamos la riqueza como el medio para la acción más que como motivo de jactancia, y no es vergonzoso entre nosotros confesar la pobreza, sino que lo es más el no huir de ella. Por otra parte, nos preocupamos de los asuntos privados y de los públicos, y gentes de diferentes oficios conocen suficientemente los asuntos públicos; pues somos los únicos que consideramos a quien nada participa en ellos no un hombre pacífico, sino inútil. 
[…]
Afirmo que Atenas es la escuela de Grecia, y creo que cualquier ateniense puede lograr una personalidad completa, y dotada de la mayor flexibilidad, en los más distintos aspectos de la vida.
[…]
Ninguno de éstos flaqueó poniendo delante el goce de la riqueza que le estaba reservado ni retardó el peligro por la esperanza de poder enriquecerse todavía si quedaba indemne, sino que considerando más deseable que estas cosas el castigo del enemigo, y juzgando además que éste era el más hermoso de los peligros, decidieron, arriesgándose a él, castigar al enemigo y privarse de aquellos bienes, confiando a la esperanza la incertidumbre del éxito y atreviéndose, en cambio, al obrar, a confiar en sí mismos.
Consideraron, pues, en el trance mismo de la lucha, que debían sufrir la muerte antes de salvarse huyendo, y evitaron una fama vergonzosa. Sostuvieron la lucha al precio de la vida y, en un breve instante del azar, en la culminación de su gloria, no de su miedo, murieron. […] Y dando sus vidas por el interés común reciben para sí mismos una alabanza inmortal y la más gloriosa tumba: no el lugar en el que yacen; su tumba es otra; otra en la que queda para siempre su gloria, hecha inmortal en el corazón de todos los hombres. Pues la tierra entera es la tumba de los hombres buenos. Es una tumba que no está indicada sólo por la inscripción de las columnas sepulcrales en el país propio, sino que, aun en el extraño, vive en cada hombre como un recuerdo no escrito, grabado en el corazón, no en algo material.
[…]
Por ello ni os compadezco ahora a vosotros, sus padres, cuantos estáis presentes; pues, criados en medio de toda clase de adversidades, sabéis que la buena fortuna pertenece a quienes reciben, como vuestros hijos ahora, la muerte más hermosa. […] Y los que habéis traspasado ya el umbral de la juventud, pensad que la parte de vuestra vida en que fuisteis felices es vuestra mayor ganancia, y que esta otra parte de vuestra vida será breve. Encontrad el consuelo en la gloria de vuestros hijos, porque el deseo de honores es lo único ajeno a la vejez, y en la parte inútil de la vida no es, como algunos dicen, el deseo de lucrarse lo que predomina, sino recibir honores.
[…]
Y si debo también hacer una mención en relación con la virtud de las mujeres que desde ahora serán viudas, con una breve indicación lo diré todo. Vuestra gloria consistirá en no ser inferiores a vuestra condición natural y, por tanto, en que entre los hombres haya sobre vosotras las menores conversaciones posibles, sea para alabaros o para criticaros”.
(TUCÍDIDES, Historia de la guerra del Peloponeso, 37 y ss.)
Pericles, hijo de Xantipo, ateniense
Busto de Pericles con la inscripción “Pericles, hijo de Xantipo, ateniense”. Mármol, copia romana de un original griego de ca. 430 a.C.

Cuando uno contempla un mapa de Grecia

Cuando uno contempla un mapa de Grecia toda su tierra parece estar desperdigada, rota, esparcida como las esquirlas de una roca barrenada por la historia. Cuando uno camina por las tierras de Grecia, descubre con asombro cómo mar y tierra se confunden, como amantes, en un abrazo eterno en el que la naturaleza de ambos se disuelve, fundida por un calor hondo y húmedo, como el de los miembros humanos en invierno.
En realidad, el mapa y las tierras de Grecia son como una alegoría de su propia historia y, como si un minúsculo big bang hubiera hecho estallar el núcleo de su alma, sus pedazos están esparcidos por todos los lugares del planeta, por lejanos que parezcan. Llevada por el mismo afán de proseguir que hizo a Alejandro alcanzar las costas del océano Índico, Grecia también está presente en otros planetas, en otras tierras, mares, o cielos y en las innumerables estrellas que cada noche iluminan desde la bóveda del cielo nuestro efímero afán de conocimiento. El Universo está enclavado sobre un mapa insólito en el que cada pueblo, cada aldea, tiene un nombre griego.
Los retazos de Grecia adornan los Museos de lugares que no existían cuando los artistas griegos escribían sus obras, esculpían sus estatuas o dibujaban sobre los vasos de cerámica el alma de sus mitos; en todas las bibliotecas hay libros escritos en griego o traducidos del griego. En todas partes hay obras de arte (libros, documentos, estatuas, cerámica...) que fueron robados, expoliados, arrancados de Grecia por hombres fascinados y valientes y, también, por taimados ladrones sedientos de fortuna.
En Londres, en el British Museum, están expuestas las estatuas que Fidias hizo para los frontones del Partenón. A principios del siglo XIX, Thomas Bruce, conde de Elgin, cuando Grecia estaba bajo el dominio turco, sacó de Atenas doscientos cajones llenos del tesoro del Partenón y los envió a Londres. Pagó por ellos 74.240 libras. Durante años se discutió el derecho de posesión de estas obras maravillosas, de estas estatuas que al escultor italiano Antonio Canova le parecieron “de carne y hueso”; hasta que en el año 1816, tras una resolución del Parlamento, fueron compradas por un total de 35.000 libras; ni siquiera la mitad de lo que habían costado.
¿Deben devolverse tales obras a los griegos? ¿Deben volver a Atenas, al lugar en que nacieron, a la patria de su autor, muerto hace más de dos mil quinientos años? ¿Deben volver a Grecia todos los fragmentos que el big bang de su historia ha esparcido por todo el mundo, aun siendo ya parte del patrimonio de todos los seres humanos de la Tierra?
En el cielo nocturno de estos días contemplo a Orión, a Andrómeda, a las Pléyades... a toda Grecia, expoliada, inmortal.

El mundo egeo en vísperas de la Guerra del Peloponeso (431 a.C.)
El mundo egeo en vísperas de la Guerra del Peloponeso (431 a.C.)

    Hola de nuevo:
    Os envío este artículo, escrito hace ya algún tiempo. A veces viajar a Grecia no es sólo viajar en busca de monumentos, de recuerdos de otros tiempos. También es viajar con la intención de contemplar el paisaje que vieron los antiguos, aunque en él no estén ahora los antiguos templos, las antiguas estatuas. Yo creo que, de alguna manera, todos los que venís a este viaje lo sabéis.
    En fin. 
    Os mando la lista con la distribución de habitaciones de nuevo, con los cambios que ha habido. Si hay algún error decídmelo por favor, porque los hoteles nos piden ya la distribución. Es importante que lo tengan con tiempo pues, dada la diligencia (un tanto improbable) de los griegos, nos evitaremos así esperas innecesarias cuando lleguemos a los hoteles. 
    Hay que hacer el segundo pago. Os lo recuerdo, aunque sé que no hace falta. Seguid las mismas instrucciones que ya os mandé hace algún tiempo, por favor.
    Un abrazo fuerte. Ya queda menos.
    Bernardo Souvirón Guijo
    4 de marzo de 2014

De rerum natura


Lucrecio. De rerum natura

Habiéndote demostrado que las cosas no pueden nacer de la nada ni, una vez nacidas, ser devueltas de nuevo a la nada, no fuera a hacerte recelar de mis palabras la incapacidad de tus ojos para distinguir los elementos primeros, déjame citarte otros cuerpos cuya existencia material deberás admitir aun siendo invisibles.
La enfurecida fuerza del viento azota las olas, derriba naves enormes y dispersa las nubes; o bien, en arrebatado torbellino recorriendo los llanos, los siembra de grandes troncos arrancados de cuajo y sacude las cimas de los montes con su soplo, flagelo de las selvas: tal es su furor cuando silba estridente, de tal modo se ensaña con amenazante murmullo. Son pues, sin duda, los vientos cuerpos invisibles, que barren el mar, las tierras y, en fin, las nubes del cielo, llevándoselas a jirones en súbito remolino. Su curso, sembrador de ruina, no es distinto al de la muelle substancia del agua cuando irrumpe en desbordada corriente, y de lo alto de los montes se despeña, engrosado por las lluvias, un poderoso torrente arrastrando en confusión despojos de las selvas y troncos enteros, sin que los robustos puentes puedan aguantar el empuje del agua que baja: así, turbulento por los aguaceros échase el río contra los diques con fuerza irresistible, todo lo derriba con estruendo y bajo sus olas revuelve piedras enormes; arrolla cuanto a su curso se opone. De este modo deben también moverse los soplos del viento; donde se arrojan, cual poderoso río, todo lo trastornan y derriban ante sí con embate incesante; o bien, en revuelto remolino lo arrebatan raudos, se lo llevan en tromba. Por tanto, una vez más lo repito, los vientos son cuerpos invisibles, ya que por su carácter y efectos emulan a los grandes ríos, cuyo cuerpo es manifiesto.
Sentimos además los diversos olores de las cosas, sin que jamás los veamos venir a nuestra nariz, ni vemos la ardencia del calor, ni podemos con los ojos captar el frío, ni nuestra vista percibe las voces; y no obstante, todos estos objetos fuerza es que sean de substancia corpórea, dado que pueden impeler los sentido, pues nada puede tocar y ser tocado, si no es cuerpo.   
Se humedecen las ropas tendidas en la ribera donde rompen las olas, y se secan expuestas al sol. Mas, ni hemos visto de qué modo las empapó la humedad, tampoco cómo la ha ahuyentado el calor. Así pues, el agua se pulveriza en partículas que de ningún modo pueden captar nuestros ojos. Más todavía: al cabo de muchas revoluciones anuales del sol, la sortija con el uso adelgaza por dentro; gota que cae excava una roca; aunque de hierro, la corva del arado mengua imperceptiblemente en los surcos, Y en las calles vemos el enlosado de piedra gastado por los pies de la turba; asimismo, junto a las puertas, las estatuas de bronce dejan ver cómo adelgazan sus diestras por el tacto de tanta gente que las besa al pasar. Todas estas cosas disminuyen, pues, ya que las vemos gastarse; pero, qué partículas las dejan en cada momento, es una visión que nuestra mezquina naturaleza nos veda.
Por último, todo lo que el tiempo y la naturaleza aportan poco a poco a las cosas, forzándolas a crecer dentro de límites, no alcanzamos a verlo por más que agucemos los ojos; ni tampoco lo que los cuerpos pierden al envejecer y agostarse; ni lo que las rocas suspendidas sobre el mar, roídas por la mordedura de la sal, van perdiendo a cada momento. 
Invisibles son, pues, los cuerpos con que obra la Naturaleza.  
(Lucrecio, De rerum natura, 1.265-328)

******/

Texto nº 2
Cuando a los ojos hundida en vileza la vida humana
yacía por tierra, abrumada bajo el peso de la religión,
cuya cabeza asomaba desde las regiones celestes
amenazando a los mortales con su horrible mueca, 
un hombre griego osó rebelarse y alzar hacia ella sus ojos mortales.
No lo detuvieron ni la fama de los dioses, ni los rayos
ni el cielo con su amenazante bramido.
Al contrario, más excitaron el penetrante valor de su ánimo
y su deseo de forzar los apretados cerrojos 
que cierran las puertas de la naturaleza.
Su vigoroso espíritu triunfó y lejos
avanzó, más allá del llameante recinto del mundo.
Y el todo infinito recorrió con mente y ánimo.
De allí nos trae, victorioso, el conocimiento de lo que puede nacer, 
de lo que no, las leyes, en fin, que a cada cosa delimitan su poder,
y sus jalones, hondamente hincados.
La religión, por ello, sometida yace a nuestros pies 
y a nosotros la victoria al cielo nos iguala.
(De rerum natura, 1.62 y ss.)

******/

Texto nº 3
[...] Es necesario que los miedos del alma y sus tinieblas
los disipen no los rayos del sol ni los luminosos dardos del día
non radii solis neque lucida tela diei / discutiant
sino la observación de la naturaleza y la razón
sed naturae species ratioque.
De aquí nuestro primer principio parte:
Jamás cosa alguna se engendró de la nada por obra divina.
(1.146 y ss.)

La persistencia de la palabra

Encuentro músico-literario de la Delegación de Madrid de la SEEC
23 ABRIL 2022, 12.00h
MUSEO DE SAN ISIDRO
Pl. de San Andrés, 2 Madrid

Voz: BERNARDO SOUVIRÓN
Música: DIMITRI PSONIS
Bernardo Souvirón. Dimitri Psonis
*Entrada libre hasta completar aforo.

Dimitri Psonis tocando el Santur Persa y la Lira Bizantina (Kemanche clásica)


Museo de San Isidro los orígenes de Madrid
MUSEOS MUNICIPALES
SOCIEDAD ASICOS

Θάλασσα, θάλασσα

Odysséas Elýtis


Una oración transfigura sus alturas
Cambia de cauce el tiempo
Y desnudos de cuita terrenal
A otras nociones nos conduce

¿Dónde está el pulso del suelo
La sangre en la memoria de nuestros rostros
El auténtico viaje de ida?

[...]

Dentro de nosotros se desgajó el silencio
Su arcángel tocó lo más hondo
A un caos inhóspito hizo rodar la memoria
Cuando nos ofrecimos a una increíble orilla

Orilla de las leves sombras
Soñada en otro tiempo por lágrimas
Los dorados estigmas nos miraron
Tanto que nos desprendimos de nuestro peso
¡Cómo nos despedimos de nuestro pecado!

[...]

Día concha reluciente de la voz que me creaste
Desnudo para andar en mis diarios domingos
Entre las bienvenidas de las riberas
Suelta el viento conocido por vez primera
Extiende un verde arriate de ternura
Para que deslice el sol su cabeza
Encienda con sus labios las amapolas
Las amapolas que segarán los orgullosos hombres
Para que no haya otra señal en su pecho desnudo
Que la sangre del desdén que borró la tristeza
Llegando hasta la memoria de la libertad.

Pronuncié el amor la salud el rayo de la rosa
Que solo encuentra en derechura el corazón
La Grecia que con firmeza pisa la mar
La Grecia que me transporta siempre viajero
A desnudas montañas gloriosas de nieve.

Doy la mano a la justicia
Transparente surtidor cimera fuente
Mi cielo es profundo e inmutable
Lo que amo nace sin cesar
Lo que amo se encuentra siempre en su principio.

[...]

Con qué piedras qué sangre y qué hierro
Y qué fuego estamos hechos
Cuando parecemos de simple nube
Y nos lapidan y nos llaman
Ilusos
El cómo pasamos nuestros días y nuestras noches
Un Dios lo sabe

Amigo mío cuando enciende la noche tu eléctrico dolor
Ves el árbol del corazón que se extiende 
Tus manos abiertas bajo una Idea toda blanca
Que insistes en rogar
Que insiste en no bajar
Años y años
Aquélla allí en lo alto tú aquí al lado.

Y sin embargo la visión del anhelo despierta un día hecha carne
Y allí en donde antes no resplandecía sino desierto desnudo
Ahora ríe una hermosa ciudad como la deseaste
A punto estás de verla te espera
Trae tu mano y vamos antes de que el Alba
La lustre de gritos de triunfo.

Trae tu mano — antes de que se reúnan pájaros 
En los brazos de los hombres y lo trinen 
Que por fin se mostró viniendo de lejos 
¡La virgen que los caminos de la mar mira la Esperanza!

Vamos juntos y que nos lapiden
Y que nos llamen ilusos
Amigo mío cuántos no sintieron nunca con qué
Hierro con qué piedras qué sangre qué fuego
¡Construímos soñamos y cantamos!
(Odysséas Elýtis, Antología; Akal bolsillo, 77; Traducción: Alfonso S. Rodríguez)